Dónde muere el paraíso, nace la muerte

Capítulo 11: Mil Años en un Minuto

El recuerdo llegó sin avisar, filtrándose por las grietas de su mente mientras el motor del auto vibraba bajo sus manos. Cloe tenía apenas siete años la primera vez que entendió que el cielo de la Tierra no era solo una capa de gas y nubes, sino un cristal frágil que podía romperse en mil pedazos.

Samael se encontraba en la sala del trono, escuchando las quejas de los habitantes del inframundo. Hasta que el olor a azufre y la pesadumbre del ambiente se limpiaron por completo, desaparecieron. Lucifer hizo un gesto para que el habitante del inframundo que hace un momento estaba quejándose del alquiler de su casa guardara silencio.

Las puertas del salón se abrieron lentamente, dejando entrar una luz tan blanca que no hería los ojos, los borraba. Hubo un silencio atroz, interrumpido solo por el sonido de las almas de los pecadores deshaciéndose en cenizas finas, como papel quemado, al no poder soportar la frecuencia de aquella pureza. Samael no se inmutó, pero sus dedos apretaron los apoyabrazos de obsidiana de su trono hasta que el mineral crujió.

—¿Qué haces aquí, Gabriel?—Preguntó Samael, intrigado por la presencia de su hermano en el inframundo.

—Hermanito, cuánto tiempo ¿no me invitarás a pasar, Luci?—Saluda Gabriel, con una mano en el pecho y una sonrisa angelical.

—No es una visita de cortesía, Gabriel.—Respondió Samael, disgustado por la visita inesperada. La oscuridad de la habitación parecía luchar contra la luz que emanaba de su hermano, creando sombras erráticas que danzaban en las paredes.—Habla rápido antes de que mi paciencia se agote y decida que tus alas se verían mejor colgadas en mi pared.

Gabriel soltó una risita dulce pero que ocultaba el desagrado por el comentario de su hermano.—Tú sabes que no puedes hacer eso. Además de que a nuestro Padre no le gustará que uno de sus hijos prodigio pierda su atributo.—Gabriel soltó una risa cristalina para alivianar la conversación, un sonido que en aquel lugar sonaba a profanación.—No vengo por ti, Luci. Necesito hablar con la pequeña que adoptaste últimamente ¿Le pusiste Cloe, verdad?

—Cloe…

Gabriel dio en el clavo.

—Llamala.—Ordena el arcángel.

—No.—Negó Samael con firmeza.

—Hazlo.—Ordena Gabriel, esta vez más lento para que su hermano entienda que va en serio.

Lucifer traga saliva aunque sentía la boca árida. Las palabras no salieron de su boca. Un nudo en la garganta no le dejaba gritarle a su hermano que se largara de su reino. Duda por un momento.

«No puedo dejar que Cloe esté cerca de alguien como Gabriel, pero tampoco puedo desobedecer una orden directa de mi Padre, aunque no sea él quien me la haya dicho»

Samael soltó un suspiro cargado de frustración e impotencia por no poder hacer nada en su propio Reino.

Samael cerró los ojos un instante, una fracción de segundo en la que deseó que el Infierno entero se tragara la luz de su hermano. Con un movimiento de su mano izquierda hizo aparecer a Cloe al lado de su trono. Ella no tardó en entender lo que pasaba: sabía lo que había hecho.

—Se tardaron en darse cuenta de que su códice desapareció.—Sonrió presumiendo de su proeza.

—Sí.—Reconoció forzosamente.—Y también en cómo el hijo humano de mi Padre estaba tocando las puertas del paraíso.—Apretó los dientes, no porque haya acabado con la vida de Jesús, sino por el hecho de que Dios tenga un hijo humano.—Por suerte, mi Padre pudo enviarlo a la Tierra tres días después.

—Felicidades.

—Mira… Cloe, no sabemos cómo fue que hiciste para llegar al Cielo, ni mucho menos cómo hiciste para robar nuestro códice y destruirlo sin que nos demos cuenta. Y mucho más importante, para que no afectara al tiempo y al espacio.

—Sinceramente, yo tampoco sé cómo lo hice. Solo lo hice y ya. Simple.

Gabriel estrechó los ojos. Por un instante, la luz que emanaba de su cuerpo parpadeó, revelando un destello de furia fría. No le molestaba el robo, le molestaba la falta de esfuerzo. Que la niña que fue creada para el entretenimiento de Adán y Eva hubiera desmantelado los cimientos del Paraíso por mero aburrimiento era el insulto final.

—¿Para qué estás aquí, hermano?—Indagó Samael.

—Padre quiere hablar con ella, no sé qué le dirá ni qué castigo le impondrá.

Gabriel extendió una mano, no para tocarla, sino para señalar el camino hacia la salida del Reino. Samael no se movió del trono, pero Cloe pudo sentir cómo el Infierno entero temblaba con el sollozo ahogado de su padre. Gabriel sonrió, una luz fría y victoriosa.

—Vamos, pequeña. El trono blanco te espera.

Llegaron al Cielo en un parpadeo de luz cegadora. Cloe caminó por el salón de la Audiencia, donde el suelo era de oro tan pulido que parecía avanzar sobre un mar de fuego líquido que no quemaba, mientras Gabriel la conducía con paso firme hasta el borde de lo que los ángeles llamaban el Sancta Sanctorum. Arriba, no había techo, solo una extensión de blancura absoluta donde la voz de Dios no se escuchaba, sino que se sentía como un terremoto en la base de su cráneo. Allí, en medio de una pureza que hacía que el Infierno pareciera un refugio acogedor, se erigía el Trono; no era un asiento de monarca, sino una columna de gloria tan intensa que Cloe sintió que su propia sombra intentaba despegarse de ella para huir. Era el Trono Blanco, la fuente de la luz que acababa de calcinar a las almas en el Inframundo, y en su centro, el vacío esperaba su respuesta.

Del centro de la columna de gloria descendió una figura. No bajó escalones, simplemente estuvo allí. Tenía la apariencia de un hombre, pero su presencia era tan vasta que el salón parecía hacerse pequeño. Vestía una túnica del color de las estrellas moribundas y su rostro, aunque sereno, cargaba con el peso de la eternidad. Cloe sintió que sus rodillas cedían; no por respeto, sino porque la realidad misma se arrodillaba ante su arquitecto.

—Cuánto has crecido, pequeña Cloe. Han pasado poco más de 4000 años desde la última vez que te vi.—El señor todopoderoso la observó de arriba para abajo.—Pareces de 7 años.



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En el texto hay: misterio, romance, ficcion

Editado: 20.04.2026

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