Dónde muere el paraíso, nace la muerte

Capítulo 13: Ta-sheere

El aeropuerto internacional de Miami siempre olía a una mezcla de café cubano y humedad estancada, pero esa noche el aire se sentía como agujas de hielo. Cloe salió de la terminal mezclada entre los turistas, arrastrando una frustración que pesaba más que cualquier equipaje. Sin su auto, el trayecto hasta su departamento en un taxi conducido por un mortal que escuchaba radio AM a todo volumen se sintió como una penitencia eterna.

Miró por la ventanilla empañada las luces de la ciudad. "Especial", había dicho Camael. En la boca de un arcángel, esa palabra era una sentencia. Si Astrid era un error de Dios, Cloe era la única que estaba dispuesta a leer las tachaduras del Creador.

Su departamento se sentía frío, sin vida. Había dejado a Vanta con Caín. Necesitaba un tiempo para ella, para seguir con su investigación. Todo estaba limpio y en orden.

FEBRERO 8, 2013, 2:11 AM - DEPARTAMENTO DE CLOE, TIERRA

Al entrar, lo primero que hizo fue sacarse el calzado e ir a recostarse en el sillón. Sus pensamientos la agotaban, pensar en lo que le dijeron Uriel y Camael la dejó pensativa, apagó su mente por un momento, cerró sus ojos y lentamente cayó en un sueño profundo.

Su sueño es interrumpido cuando su celular empieza a sonar en su bolsillo, lentamente abre sus ojos, los siente pesados pero más ligeros que antes de dormirse. El celular dejó de sonar. Observa la pantalla de su teléfono encendido; tenía una llamada perdida de Astrid.

¿Y si le había pasado algo? ¿Si la había llamado para discutir? ¿O para hablar de lo que pasó la otra vez? o peor aún ¿Y si estaba en peligro? pero, más importante ¿Cómo había conseguido su número?

Observó la pantalla por unos segundos más, podría devolverle la llamada, pero ¿Y si no responde?

Cloe busca coraje y toca el botón de llamar, pone el teléfono en su oreja, segundos después, Astrid contesta.

—¿Qué suced…?—Intenta preguntar Cloe pero es interrumpida por Astrid al otro lado de la línea.

—Cloe… ¿Cuánto tiempo, no? ¿Por qué desapareciste de un día para el otro?—Dijo Astrid, un poco desconsolada, arrastra las palabras, parece que estuvo bebiendo mucho.—Tú no sabes... No tú... Tú no sabes lo que… Tú lo que…

—¿Estás borracha?—Interrumpe Cloe, su voz es seria pero se nota a leguas que está preocupada por su bienestar.

—¿Puedes venir a buscarme…?—Su voz en un susurro apenas audible.

A Cloe se le escapa una sonrisa de ternura. «No puede ser. La detective parece una adolescente rebelde llamando a su mamá porque tomó mucho y se siente mal»

—Cloe... por favor...—El susurro de Astrid se cortó con un sollozo ahogado.

Cloe se puso de pie de un salto, olvidando por completo el cansancio de Italia. Buscó las llaves en la mesa de entrada por puro instinto, hasta que sus dedos tocaron el vacío y recordó la sonrisa de Camael alejándose en su vehículo. Un insulto en una lengua muerta escapó de sus labios.

—Astrid, dime dónde estás.—Ordenó, mientras ya se ponía el calzado con una mano—. Astrid, escúchame bien: no te muevas de ahí. Estaré contigo cuanto antes.

Cloe llegó al lugar tras un trayecto que le pareció una eternidad sin su motor habitual, donde la detective le había dicho que estaba; un bar nocturno, lleno de luces neón y música muy fuerte que hacía temblar las paredes. La cara de disgusto de la joven lo dice todo, las luces que intentan simular el brillo de los seres celestiales y la música tan fuerte que intenta parecerse al rugido de una divinidad es típico de los humanos.

Ella entró al bar, la gente amontonada y bailando con sus cuerpos juntos y transpirados la llevó a detenerse un momento a escuchar los sollozos de Astrid. Cloe se dirige a la barra y allí estaba ella, sentada con la cabeza apoyada en la barra y con un trago en una mano. Al llegar a la barra, el olor a alcohol barato que emanaba de Astrid le apretó el corazón. No era solo ginebra o vodka; era desesperación destilada.

Puso una mano sobre el hombro de la detective. Su tacto, usualmente gélido, parecía buscar el calor que Astrid estaba perdiendo.

La detective alza la mirada al sentir una mano en su hombro.—¡Cloe!—Exclama, levantándose de un salto y tirándose encima de la muchacha para abrazarla.

Cloe la sostuvo con firmeza entre sus brazos por un momento. La agarra con fuerza para que no se caiga por culpa de la borrachera.—Salgamos de aquí, necesitas tomar aire.

Cloe pasó un brazo por la cintura de Astrid, sintiendo cómo la detective se abandonaba totalmente a su fuerza. El olor a sudor y neón fue reemplazado por la brisa salada de Miami en cuanto cruzaron la puerta. Astrid enterró la cara en el cuello de Cloe, dejando escapar un suspiro que fue mitad alivio y mitad confesión.

—Viniste...—Susurró Astrid contra su piel, su aliento cálido quemando el frío eterno de la Muerte.—Pensé que... que eras solo un sueño de los que no vuelven a ver dos veces.

Cloe no respondió. No podía. Solo la apretó más contra sí mientras buscaba con la mirada un taxi vacío, maldiciendo internamente a Camael, a Dios y a cada una de las cien páginas bloqueadas que le impedían entender por qué su corazón, que no debería latir, dolía tanto en ese momento.

Astrid se separó de golpe, tambaleando sobre su sombra.—¡¿Por qué te… por qué… tu… por qué te fuiste?!—Grita enojada, y el esfuerzo la hizo perder el equilibrio por un segundo.

—Astrid…

—No digas… no… nada… está bien… yo me las puedo… arreglar sola…—Su humor cambia de enojada a triste de golpe.

Cloe la sujetó del brazo antes de que el asfalto la reclamara. La detective era un caos de reproches y tristeza, una tormenta que Cloe no podía calmar con palabras. Un taxi amarillo finalmente se detuvo junto al cordón, iluminándolas con un resplandor artificial que hacía que la piel de Astrid pareciera de porcelana rota.

La Muerte guió a la detective al taxi. Al abrir la puerta del vehículo, el conductor con una mirada fría preguntó.—¿Está borracha?



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En el texto hay: misterio, romance, ficcion

Editado: 28.04.2026

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