«Me sentía como un espejo roto, reflejando pedazos de una vida que ya no existía.»
No pensé que mudarme a Granada sería como caer en una dimensión paralela. Las calles eran empinadas, todo olía distinto, y todos parecían conocerse como si yo fuera la única recién llegada... que, efectivamente, lo era.
Nada se sentía como en mi ciudad natal. Aquí no había tráfico constante ni edificios que se alzaran en cada esquina. Todo parecía más lento, más íntimo, y al mismo tiempo ajeno. Después de una semana de cajas, bolsas y promesas de que «nos acostumbraríamos rápido», mi madre y yo por fin habíamos logrado dormir más de una noche en la nueva casa. No era lo que había imaginado, ni de lejos. Las paredes estaban pintadas en un beige que parecía suspirar aburrimiento, y la decoración que ella había elegido gritaba «hogar temporal». Aun así, era un nuevo comienzo. O al menos eso repetía cada vez que me veía fruncir el ceño.
El sol comenzaba a bajar, arrojando algunos rayos a través de las ventanas del comedor. La caja de utensilios todavía estaba allí, esperando ser abierta, junto con muchas otras: un caos medio organizado que mi madre prometió que arreglaría en cuanto pudiera. Pero hoy, después de todo lo que había pasado, yo no quería saber nada de eso. No quería pensar en la mudanza ni en el hecho de que había dejado atrás una vida entera para comenzar otra en un lugar donde no conocía a nadie.
Así que, en vez de desempacar, decidí que iba a hacer algo más. Algo simple. Algo que no requiriera pensar demasiado. Abrí la alacena con desgano y encontré unas galletas de chocolate. No importaba que ya hubiera comido en el almuerzo. El estrés de los últimos días me estaba carcomiendo, y una galleta no me haría daño.
Comencé a comerlas una tras otra, cada bocado más reconfortante que el anterior. No era un banquete, pero me sentía mejor. Las galletas crujían entre mis dientes, y el dulce sabor me llenaba de una pequeña satisfacción. Sabía que estaba procrastinando, pero ¿qué más da? Ya tendría tiempo para ordenar más tarde. Todo parecía tener prisa, menos yo.
Cuando terminé de comer la última galleta, dejé el paquete a un lado y observé la casa vacía. Se sentía... grande. Demasiado grande para cinco personas. Un resoplido salió de mi boca, más por frustración que por cansancio. La mudanza había sido lo peor. Mis amigos, el instituto, hasta el clima, todo era diferente. Pensé que solo podría sobrellevarlo si encontraba algo que me hiciera sentir un poco menos fuera de lugar. Pero las galletas, aunque deliciosas, no iban a resolver nada.
Escuché la puerta abrirse. El sonido de las llaves cayendo sobre la mesa me hizo reaccionar al instante, el corazón acelerándose un poco. Mamá estaba en casa. En un reflejo automático, corrí a recoger el paquete de galletas y lo guardé apresuradamente en el cajón. No quería que me regañara, no hoy. No cuando aún sentía que mi mundo se desmoronaba alrededor mío.
—Ellie —escuché la voz de mi madre, dura, pero preocupada.— ¿Estás comiendo otra vez?
Me giré rápidamente hacia ella. Mamá estaba parada en la puerta del comedor, sus ojos ya entrecerrados mientras me observaba. Llevaba una chaqueta de trabajo, los hombros encorvados por el estrés del día, pero aún así me miraba con sorpresa y desagrado.
—No estoy comiendo —mentí con rapidez. Mi voz salió un poco más alta de lo que quería, pero traté de mantener la calma.— Solo... mirando las cajas.
—¿Mirando las cajas? —Mamá frunció el ceño, y su mirada pasó rápidamente de mí a las cajas que todavía no habíamos tocado.— Eso no es lo que veo en tus manos, Ellie.
Mi estómago se apretó. —Lo siento, es solo que... no tengo ganas de empezar a organizar nada ahora. Ya me siento cansada de todo esto.
Mamá suspiró y se pasó una mano por el cabello. —Lo sé. Yo también. Pero tienes que hacer algo. No podemos quedarnos aquí, esperando que las cosas cambien por sí solas. La mudanza no fue fácil para ninguno de nosotros, pero no vamos a quedarnos estancados.
Pude ver cómo se calmaba un poco. Su tono ya no sonaba tan firme, pero aún había un dejo de frustración. Era como si todos sus esfuerzos por mantenernos juntos y avanzar estuvieran colisionando con mi apatía, que no había logrado entender todavía.
—Solo... no me hagas preocuparme más, ¿de acuerdo? Tienes que empezar a ver esta mudanza como una oportunidad, no como un peso. Y no podemos seguir posponiendo las cosas. Sé que esto no es lo que querías, pero aquí estamos. Así que, ¿puedes al menos terminar de desempacar?
Miré hacia las cajas con pereza. A pesar de lo que mi madre decía, no estaba lista para enfrentarlas. Pero sabía que no podía quedarme aquí, en un rincón, esperando que algo sucediera. Tenía que empezar, aunque fuera por poco.
—Está bien —dije, sin mucha convicción.— Lo haré.
—Gracias, Ellie.
Mientras me dirigía hacia la caja más cercana, mi mente seguía viajando hacia todo lo que había dejado atrás. Todo lo que había perdido. Pero no podía dejar que mis pensamientos me consumieran. No ahora. No si quería encontrar una forma de estar bien aquí, en Granada.
Terminé de acomodar los últimos utensilios de la cocina, dejando los cajones cerrados. No me sentía particularmente mejor por haber hecho algo productivo, pero al menos era un pequeño paso. Lo que me preocupaba más era que, en cuanto terminara de organizar la cocina, tendría que enfrentar el resto de la casa, que parecía esperar pacientemente a ser atendida.