«Aquella noche se sintió como el inicio de algo que no podía explicar, como si las estrellas hubieran conspirado para que lo encontrara allí.»
El fin de semana había llegado finalmente, trayendo consigo el bullicio que inevitablemente seguía a mi padre y a mis hermanos. La casa, que durante la semana se había sentido extrañamente silenciosa, ahora estaba llena de voces y risas. Aunque era agradable tenerlos de vuelta, había algo en ese ruido familiar que me hacía querer escapar por un rato.
Mi padre siempre llegaba los viernes por la noche con mis hermanos, cargando bolsas con comida rápida, películas viejas y suficiente energía como para llenar el vacío de los días entre semana. Él era el tipo de persona que entraba a un lugar y lo transformaba, como si todo girara a su alrededor. Aunque lo amaba, a veces su presencia me resultaba un poco abrumadora.
Esa noche, mientras mis hermanos peleaban por el control remoto en la sala, me encontré mirando por la ventana de mi habitación. El cielo estaba despejado, y las estrellas brillaban con una intensidad que casi me resultaba familiar. Cada vez que las veía, recordaba esa noche en el cementerio. Aún podía visualizarlo: el chico sentado junto a la lápida, el libro en sus manos, la calma casi inquietante de su presencia. No había vuelto desde entonces, pero no porque no quisiera. Simplemente no había encontrado el momento adecuado, o tal vez no había reunido el coraje necesario.
—¿Bajas a cenar? —La voz de mi madre me sacó de mis pensamientos.
—Voy en un minuto —respondí, aunque no tenía hambre.
Mis pensamientos volvieron a él. ¿Qué estaría haciendo ahora? ¿Leería otro libro raro bajo la luz de la luna? ¿Volvería a verlo si me animaba a regresar? Parte de mí pensaba que todo había sido solo una casualidad, una escena extraña que no tenía por qué quedarse pegada en mi mente. Pero la otra parte... bueno, esa no podía dejar de pensarlo. Había algo en él. No sabía qué, pero ahí estaba.
Cuando bajé, mi familia ya estaba reunida en la mesa. Mis hermanos discutían por enésima vez sobre quién jugaba mejor fútbol, mientras papá se reía como si fuera el mejor programa de televisión. Todo era tan normal, tan ruidoso, que debería haberme hecho sentir en casa. Pero en lugar de eso, me sentía un poco desconectada, como si una parte de mí siguiera allá afuera, bajo las estrellas.
Intenté concentrarme, de verdad. Quise reírme con ellos, meterme en la conversación, incluso fingí que me interesaba en quién había marcado más goles. Pero cada tanto, mi mente se iba sola, como si estuviera viendo todo desde afuera.
Y sí, sabía que tarde o temprano iba a volver al cementerio, aunque solo fuera para satisfacer mi propia curiosidad.
La cena seguía con su ritmo caótico y familiar cuando, de repente, papá dejó un sobre junto a mi plato, como si fuera parte del postre. Tenía esa sonrisa suya de «esto te va a gustar», lo que solo logró que me pusiera más nerviosa.
—Tus horarios, señorita —anunció. Su tono era ligero, pero sus palabras tenían peso.
Miré el sobre como si contuviera un secreto que no quería desvelar. La idea de empezar en un nuevo instituto no me emocionaba en lo más mínimo. Sabía que sería un reto, encajar en un lugar donde nadie me conocía, donde mi presencia sería tan invisible como mi voz en medio de esta mesa ruidosa.
—Gracias, pa —respondí, tratando de disimular mi indiferencia.
—No tienes que agradecerme, Ellie. Solo hazme el favor de intentar disfrutarlo, ¿sí? —Sus ojos se suavizaron un poco, como si pudiera leer lo que pasaba por mi mente.
Asentí con una sonrisa fingida y volví a concentrarme en mi plato, aunque mi apetito había desaparecido por completo.
Cuando por fin se apagaron las luces de la casa y el silencio de la noche se adueñó de todo, supe que era mi oportunidad. Salí de mi habitación casi de puntillas, esquivando los rincones que más crujían, escuchando los ronquidos de mi padre y los murmullos soñolientos de mis hermanos. Cada escalón que no sonaba era como pasar un nivel de un videojuego.
El aire fresco me golpeó en la cara cuando abrí la puerta del porche. La calle estaba tranquila, pero mi cabeza no. No podía dejar de pensar en el cementerio. Era como si algo me estuviera empujando a volver, aunque no tuviera mucho sentido. Caminé rápido, con las manos en los bolsillos y los ojos fijos en el suelo, como si así pudiera pasar desapercibida.
Al llegar, me quedé un segundo en la entrada. Esta vez, el cementerio parecía todavía más antiguo. Todo estaba en silencio, excepto el sonido del viento que movía las ramas.
Seguí el mismo camino de la otra vez hasta el árbol. Mi corazón iba un poco más rápido de lo normal, no sabía si por los nervios o porque estaba a punto de hacer algo que parecía una tontería.
Estaba allí, exactamente igual que la primera vez: sentado junto a la lápida, con un libro abierto. La luz plateada de la luna caía sobre él, iluminando su cabello despeinado. Pasaba las páginas con una calma que me ponía nerviosa, como si el tiempo no le importara en lo más mínimo.
Me senté en el mismo sitio que antes, intentando no hacer ruido. No podía ver qué estaba leyendo, pero eso era lo de menos. Lo que quería era entenderlo a él. ¿Qué tipo de chico se pasa las noches leyendo en un cementerio?