Donde mueren las estrellas

03 | El juego continúa

«Las coincidencias son solo el universo recordándonos que tiene sentido del humor.» — John Green, "Buscando a Alaska"

La mañana llegó más rápido de lo que me habría gustado. Abrí los ojos con la sensación de no haber dormido lo suficiente y con el recuerdo de anoche dándome vueltas, aunque intentara ignorarlo.

No pensaba obsesionarme. De verdad. Solo era un chico con un libro, en un lugar raro, en una hora aún más rara. Nada del otro mundo.

Pero claro, también había dicho cosas como si viviera dentro de una novela de misterio. Y ahí estaba mi cerebro, dándole vueltas otra vez.

—Elo —la voz de mi madre me sobresaltó desde la puerta—. Necesito que vayas al supermercado. Aquí tienes la lista. ¡Y no tardes!

Nada como la vida real para bajarte de tus propias películas mentales.

Suspiré, resignada, y tomé la lista que mi madre había dejado sobre la mesita de noche. Era más larga de lo que esperaba. ¿Desde cuándo comprar leche incluía tantas anotaciones? Me incorporé lentamente, sintiendo el peso del sueño aún pegado al cuerpo.

En el baño, me lavé la cara, me cepillé los dientes y me recogí el cabello sin mucho esfuerzo. Mientras me ponía una sudadera y unos vaqueros cómodos.

Con la lista doblada en el bolsillo, bajé las escaleras con pasos tranquilos, todavía medio dormida. Abrí la puerta principal con la idea de despejarme un poco con el aire fresco.

Pero, fue imposible no notarlo.

Al otro lado de la calle.

Él.

El chico del cementerio.

Me detuve en seco, sin estar del todo segura de si estaba alucinando o si era una broma de mal gusto del universo.

Salía de la casa frente a la nuestra, con las manos en los bolsillos y una chaqueta oscura que hacía que su cabello desordenado resaltara aún más bajo el sol. Me quedé congelada por un momento, intentando procesar lo que veía.

No parecía sorprendido. Al contrario. En cuanto nuestras miradas se cruzaron, sonrió. No una sonrisa amable, ni tampoco una de esas incómodas de «ups, qué coincidencia». Era una de esas sonrisas que parecía mezclar diversión y burla en partes iguales. Luego, para colmo, me saludó.

—¡Hola, vecina! —dijo, tan tranquilo, como si nos conociéramos de toda la vida.

¿Vecina?

¿Vecina?

Sentí cómo mi cerebro se reiniciaba. ¿Vivía aquí? ¿Enfrente? ¿Cómo no me había dado cuenta antes?

Y lo peor de todo, ¿de verdad estoy cruzando la calle solo para hablar con él?

Sí. Lo estaba haciendo. Y, para colmo, con cero dignidad.

Crucé hasta quedar frente a él, todavía tratando de procesar toda la información al mismo tiempo. Lo único que logré decir fue:

—¿Qué haces aquí?

Él alzó una ceja, claramente entretenido con mi confusión.

—Vivo aquí. ¿Tú qué haces aquí?

Rodé los ojos, sin tener idea de cómo responder a eso sin sonar tonta.

—Obviamente, también vivo aquí.

—Vaya —dijo, como si fuera el descubrimiento del siglo. Me miró de arriba abajo, no de forma rara, pero lo justo como para que me sintiera un poco incómoda. Luego añadió—: Así que no solo espías en cementerios... también acechas a tus vecinos.

—¿Qué? ¡No! —repliqué, sintiendo el rubor subir directo a mis mejillas. Sabía que estaba bromeando, pero su tono me sacaba de quicio.

—Relájate, vecina, es broma —dijo con una sonrisa más amplia, como si no acabara de arruinarme el día. Lamentablemente, era una sonrisa bonita. De esas que se te quedan en la cabeza cuando menos lo esperas. Insoportable.

Lo fulminé con la mirada, intentando parecer más digna de lo que me sentía.

—Tengo que hacer compras, así que... permiso.

—Claro —dijo, dando un paso hacia un lado con una ligera inclinación teatral—. No quiero entorpecer tu importante misión de abastecimiento. Ni tus hábitos de observación.

Rodé los ojos por tercera vez en menos de un minuto. ¿Cómo podía alguien ser tan desesperante? Sin decir nada más, me di la vuelta y empecé a caminar calle abajo, intentando fingir que no me importaba en lo más mínimo.

Sentía su mirada clavada en mi espalda, como si supiera exactamente qué tan rápido me latía el corazón. Aceleré el paso. Quería dejarlo atrás, pero había una parte de mí —una bastante inoportuna— que no dejaba de pensar en él. O más bien, en su sonrisa. Esa maldita sonrisa.

Al llegar a la esquina, no pude evitar mirar hacia atrás. Ahí seguía. Apoyado en la puerta de su casa como si fuera el protagonista de una historia que aún no me habían contado. Me estaba mirando. Todavía sonreía. Esa sonrisa que decía sin palabras: «Nos volveremos a ver.»

Y yo... lo sabía.

Apenas había avanzado unos metros cuando caí en cuenta de algo terrible: no tenía idea de dónde estaba el supermercado. A pesar de que había pasado casi dos semanas aquí, lo único que había explorado era el camino al cementerio, y ahora eso no era de mucha ayuda.



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En el texto hay: juvenil, cliche, romance

Editado: 06.01.2026

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