Donde mueren las estrellas

04 | La reunión

«Era uno de esos momentos incómodos en los que no sabías si reírte o desaparecer.» — Jenny Han, "A todos los chicos de los que me enamoré"

Llegué a casa cargando las bolsas del supermercado como si fueran el castigo final de una misión imposible. El encuentro con mi nuevo y desesperantemente insoportable vecino seguía dando vueltas en mi cabeza.

Abrí la puerta y el olor a comida me golpeó en la cara. Algo se cocinaba, y por el ritmo del tarareo que venía desde la cocina, mi madre estaba de buen humor.

—Aquí están tus cosas —dejé las bolsas sobre la mesa con un suspiro que lo decía todo.

—Gracias, cielo —respondió sin mirarme, aún enfocada en lo que removía en la olla—. ¿Todo bien?

—Ajá —solté, sin ganas de entrar en detalles. No pensaba mencionar al chico del cementerio, ni su sonrisa molesta, ni su «hola vecina», ni nada que pudiera darle pie a una conversación sobre «hacer amigos nuevos».

Subí un escalón, lista para desaparecer en mi cuarto hasta el próximo siglo, pero su voz me frenó.

—Ah, espera un segundo.

Me detuve, un poco en modo «¿qué hice ahora?», y la miré por encima del hombro.

—¿Qué pasa?

—Mientras estabas fuera, vinieron un par de vecinas a tocar la puerta. Estaban organizando una reunión esta noche para dar la bienvenida a las nuevas familias del barrio. Me invitaron... bueno, nos invitaron.

Parpadeé.

—¿Una reunión? —repetí, como si fuera una palabra en otro idioma.

—Nada formal —aclaró, sonriendo—. Solo algo pequeño, para conocernos. Me pareció una buena idea.

Mi estómago se encogió un poco, como siempre que se mencionaba la palabra «gente».

—¿Y en qué casa será?

—No me acuerdo bien del número —se encogió de hombros—. Pero está cerca.

Suspiré y me giré para seguir subiendo.

—¿De verdad tenemos que ir?

—Sí, Ellie. Un ratito no te va a matar. Y quién sabe, capaz conoces a alguien de tu edad. No todo tiene que ser tan terrible.

Claro. Porque si algo había aprendido últimamente era que todo podía ser, efectivamente, mucho más terrible.

Subí las escaleras, dejando que el sonido de mis pasos fuera mi forma silenciosa de protesta.

Ya en mi cuarto, tiré el bolso sobre la cama y me dejé caer junto a él, exhalando como si acabara de regresar de una guerra. Cerré los ojos. Una reunión con desconocidos. Conversaciones superficiales. Preguntas incómodas. Sonrisas falsas.

Y encima, la posibilidad —mínima, pero demasiado real— de que él también estuviera invitado.

Solo pensar en eso me hizo hervir por dentro. No por nervios. Por fastidio.

Abrí los ojos. Su imagen apareció sin que la llamara: esa sonrisa medio burlona, esa risa que soltó cuando me saludó por la mañana. Bajo las estrellas, parecía un personaje salido de un libro. A plena luz del día, era simplemente un experto en sacarme de quicio.

Me incorporé con un suspiro y empecé a buscar qué ponerme. Nada que pareciera que me importaba demasiado, pero lo suficientemente decente para que mi madre no soltara comentarios. Opté por un vestido cómodo y una chaqueta. Básico. Seguro.

—Es solo una reunión —me dije frente al espejo, mientras me acomodaba el cabello—. Un par de horas y ya.

Cuando bajé las escaleras, mi familia ya estaba lista. Mi madre, perfecta como siempre. Mi padre, con esa sonrisa que usaba para eventos sociales. Mis hermanos, medio vestidos y más interesados en sus teléfonos que en el hecho de que estábamos saliendo de casa.

—¿Estás lista, El? —preguntó mi madre, lanzándome una mirada rápida de evaluación.

—Supongo.

Salimos.

La calle estaba tranquila. Las farolas proyectaban sombras sobre las aceras. Todo parecía... normal.

Hasta que no lo fue.

A mitad de camino, mis ojos se clavaron en una casa. No en cualquiera. En esa casa. La de enfrente. La del chico del cementerio.

Y por supuesto, había movimiento. Gente entrando, saliendo, charlando con bandejas en las manos y sonrisas en la cara.

Mi corazón dio un vuelco. Después otro.

—No —susurré, sintiendo cómo una especie de pánico se apoderaba de mí.

Me detuve en seco.

—Vamos, no te quedes atrás —dijo mi madre con total tranquilidad.

—¿Ahí? —pregunté, señalando con un dedo que temblaba ligeramente.

—Sí, claro. Me dijeron que era en casa de Laura y David. Son encantadores —respondió ella con entusiasmo, como si no acabara de lanzarme a un campo minado.

Encantadores. Ajá. Buenísimos vecinos.

—Oh, claro. Lo que siempre soñé —murmuré mientras la seguía, resignada.

Una mujer nos recibió en el porche. Sonriente, hospitalaria, con esa energía de persona que hornea galletas solo porque sí. En cualquier otro contexto, me habría caído bien.



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En el texto hay: juvenil, cliche, romance

Editado: 06.01.2026

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