Donde mueren las estrellas

05 | La habitación de Gavin

«La mayoría de las cosas importantes ocurren en silencio.»

El ruido seguía abajo, como una ola constante de risas, voces y música suave que se colaba por las escaleras. Yo había subido con la excusa de ir al baño, pero en realidad solo necesitaba poner algo de distancia. Conocer gente cansa. Fingir que estás cómoda, más.

El segundo piso era más silencioso, como si la casa supiera separar el ruido del descanso. Caminé despacio, sin rumbo fijo, dejando que mis pasos me llevaran mientras mis ojos se detenían en los detalles. Todo se sentía... cuidado. No perfecto, pero sí pensado. Desde las fotos familiares enmarcadas —infancias capturadas en luz natural y ropa bien planchada— hasta los cuadros colgados con exactitud. Era el tipo de lugar que no solo tiene dinero, sino también tiempo. Y eso decía mucho.

Pasé junto a varias puertas cerradas hasta que una, al fondo del pasillo, llamó mi atención. Estaba apenas entreabierta, como si invitara a mirar sin querer hacerlo del todo. Me detuve un segundo. No había luces encendidas, pero la luz del pasillo se filtraba lo suficiente como para revelar un espacio que parecía ser un refugio privado. Empujé la puerta y entré.

La habitación era distinta. Más caótica, menos pulida. Pero no de ese desorden sucio, sino uno que tenía sentido para quien vivía ahí. Libros por todas partes, en estanterías, en el suelo, incluso apilados sobre una silla, cámaras viejas alineadas junto a una colección de vinilos y un tocadiscos que parecía haber sido usado recientemente.

Ahí fue cuando lo supe. Esta era suya. Del fastidioso ese.

Era el tipo de habitación que no necesitaba cartel. El tipo de lugar que hablaba solo. Y lo que decía me molestaba. Porque era interesante. Porque era complejo. Porque era todo lo que él trataba de ocultar con bromas absurdas y comentarios cínicos.

Quise irme, volver con los demás, seguir ahí significaba admitir que, por un segundo, quería entenderlo.

Y eso ya era más de lo que estaba dispuesta a concederle.

Pero entonces, mis ojos se posaron en un libro que descansaba solo sobre la cama, como si alguien lo hubiera dejado allí hace apenas unos minutos. La portada era sencilla, sin título visible. En la contraportada, una cita escrita a mano con tinta negra:

«Somos el resultado de los libros que leímos, los sueños que perseguimos y las palabras que no dijimos.»

Un escalofrío me recorrió. La frase me sonaba extrañamente familiar, como si ya la hubiera leído alguna vez, aunque no podía recordar dónde. Sostuve el libro entre las manos, dudando. El papel era áspero, las esquinas algo dobladas. Era un objeto usado, querido. Tenía ese peso que tienen las cosas importantes para alguien, incluso si no lo dicen en voz alta.

El piso crujió a mi espalda.

Di un respingo, girándome con torpeza. Ahí estaba él. Apoyado en el marco de la puerta, con esa calma suya.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó. Su voz era baja, sin apuro, más curiosa que molesta. No sonaba como alguien que te está reclamando por husmear. Más bien... como alguien que te está dejando hacerlo.

—Ah... lo siento, yo solo... —balbuceé, sintiéndome como si me hubieran atrapado robando galletas. Dejé el libro de vuelta sobre la cama, fingiendo compostura.

—No tienes que disculparte —dijo mientras entraba en la habitación. Cerró la puerta detrás de él con ese gesto tranquilo suyo, como si no pasara nada. Como si esto no fuera rarísimo.

La única luz provenía de una lámpara en la esquina. Su sombra se alargaba contra la pared, llenando el espacio. Por alguna razón, sentí que el aire era un poco más denso.

—Esta habitación... es interesante —murmuré, porque decir «me da miedo estar aquí contigo a solas» sonaba un poco extremo.

—Es mía —respondió—. La única parte de la casa que lo es, en realidad.

Me arriesgué a mirar. Él no me miraba. Estaba viendo un punto indeterminado del techo.

—Aquí no tengo que fingir que me interesa lo que pasa abajo —añadió, bajando la vista hacia mí por fin.

Asentí, aunque no estaba segura de haber entendido del todo lo que quería decir. O quizá sí, pero me rehusaba a aceptarlo. Había algo en su tono, en su forma de estar allí, que me resultaba distinta. Más real. Más él, supongo. Aunque no sabía qué significaba eso todavía.

Este no era el Gavin del cementerio. Ni el de la calle. Ni siquiera el del sarcasmo y la sonrisa medio ladina.

Este era otro.

—La cita en el libro... —murmuré, sin saber por qué estaba hablando en primer lugar—. Me suena. ¿Es tuya?

Él se encogió de hombros, como si no le diera demasiada importancia.

—Sí. O eso creo. A veces uno escribe cosas que no sabe de dónde salieron. Como si ya estuvieran ahí, esperando a que las pongas en papel.

No supe qué contestar a eso. La respuesta me pareció honesta, pero dicha con tanta tranquilidad que no sabía si estaba hablando en serio o solo posando para una entrevista imaginaria.

Me acerqué un poco a la mesa, con el pretexto de mirar otro libro. Solo para tener algo que hacer con las manos.

—Parece que lees mucho.



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En el texto hay: juvenil, cliche, romance

Editado: 06.01.2026

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