Donde mueren las estrellas

06 | Primer día

«Me pregunto si hay un nombre para ese momento en que alguien deja de ser un extraño.»
Lang Leav

El primer día de clases siempre es incómodo. Y no por las películas cliché donde todos te miran como si fueras un bicho raro, sino porque, en la práctica, nadie sabe realmente qué hacer contigo. No eres parte de ningún grupo, no compartes bromas internas ni historias viejas. Eres «la chica nueva».

Caminé por el pasillo con el horario en una mano y la otra hundida en el bolsillo de mi chaqueta. Según el mapa arrugado que había revisado diez veces esa mañana, mi salón estaba en el segundo piso. Lo confirmé en recepción, aunque la señora que me atendió apenas levantó la vista de su computadora antes de decir un seco: «sube por esas escaleras, a la derecha».

Subí. Cada paso sonaba más fuerte de lo que quería.

Encontré la puerta del salón y me quedé ahí un segundo, respirando hondo, como si eso fuera a cambiar algo. Abrí.

No fue tan dramático como imaginé. Algunas cabezas se giraron, otras siguieron en lo suyo. Una mezcla de murmullos, risas, teléfonos escondidos bajo pupitres. Normal.

Avancé buscando un asiento libre. Pero adivinen quién estaba allí.

Al fondo.

Gavin.

Estaba recostado contra la pared, con la capucha de su sudadera medio subida y los auriculares colgando alrededor de su cuello. No hablaba con nadie. Tenía la mirada perdida en el escritorio, como si no estuviera ahí en absoluto, hasta que lo estuvo.

Levantó la vista. Me vio.

Sonrió apenas, esa sonrisa mínima que parece más un pensamiento que un gesto real.

Aparté la mirada y me senté dos filas más adelante, fingiendo que no había pasado nada. Aunque, claro, ya sabía cómo funcionaba esto: fingir nunca engañaba a nadie.

La clase comenzó poco después, pero mi atención estaba en cualquier lado menos en la pizarra. Cada vez que el profesor escribía algo, podía sentir —o imaginar— esa mirada fija en mí. No era descarada, no era molesta... solo estaba ahí. Gavin no era el tipo que buscaba llamar la atención en voz alta, pero aun así tenía esa forma de hacerse notar sin hacer nada.

Cuando el profesor pidió que nos pusiéramos en parejas, supe exactamente lo que iba a pasar. Y, por supuesto, pasó.

Gavin arrastró su silla hasta la mía.

—Parece que el universo insiste.

—O que está aburrido y quiere verme sufrir —repliqué, sin levantar la vista.

Una sonrisa se formó en su rostro. No era burlona, ni siquiera tan divertida como las que le había visto antes. Era más... suave. Como si estuviera ahí por costumbre.

—Podría ser peor. Podrías estar en grupo con Noa.

—Al menos ella parece hablar menos que tú.

—Touché. —Apoyó un codo en la mesa, girando el bolígrafo entre los dedos—. ¿Siempre tienes respuestas listas o solo conmigo?

—Depende. ¿Siempre haces comentarios innecesarios o solo conmigo?

Él soltó una risa breve, baja.

—No sé. Tal vez me inspiras.

Lo miré de reojo. Había algo distinto en él. No era como en la reunión, ni como en el cementerio. Aquí estaba más apagado, menos pendiente de demostrar nada. Se sentía más normal.

—¿Vas a escribir o vas a seguir mirándome como si estuvieras filosofando? —dije, rompiendo ese microsegundo extraño.

—Puedo hacer ambas cosas —respondió sin esfuerzo, inclinándose sobre la hoja y garabateando una respuesta rápida. Su letra era sorprendentemente ordenada, casi meticulosa.

Trabajamos en silencio un rato, con alguna que otra frase suelta. Nada invasivo. Nada que sonara a broma como antes. Por alguna razón, esa calma suya me desconcertaba más que cualquier provocación.

—No eres como afuera —se me escapó sin pensar.

Levantó la vista, ladeando apenas la cabeza.

—¿Cómo afuera?

—No sé... menos hablador. Menos... «Gavin».

Una esquina de su boca se curvó apenas, pero sus ojos se mantuvieron fijos en los míos.

—No me conoces.

No fue burlón. No sonó desafiante. Solo... real. Tan real que me pilló desprevenida. Me quedé mirándolo un segundo de más, sin saber qué responder, hasta que él simplemente volvió a bajar la vista, como si nada hubiera pasado.

Yo, en cambio, no pude sacarme esa frase de la cabeza.

Tenía razón, aunque no estaba segura de por qué eso me incomodaba.

La campana sonó rato después. Recogí mis cosas rápido, decidida a salir antes que él. Pero justo en la puerta, su voz me frenó.

—Elodie.

Me giré apenas.

—¿Qué?

—Hoy estuviste menos insoportable —dijo con una naturalidad que casi sonaba a cumplido. Luego, sin esperar reacción, pasó de largo y salió al pasillo.

Me quedé quieta un segundo, procesando. No supe si rodar los ojos o reírme. Al final no hice ninguna de las dos cosas. Solo salí detrás de él, con esa sensación molesta de que, por alguna razón, empezaba a notar más de la cuenta sus cambios de humor.



#4902 en Novela romántica
#1471 en Chick lit

En el texto hay: juvenil, cliche, romance

Editado: 06.01.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.