«No siempre recordamos los días, pero sí los momentos.» — Cesare Pavese, "El oficio de vivir"
Las gradas estaban medio llenas, algunos alumnos mirando sus teléfonos, otros hablando de todo menos del entrenamiento en curso. Noa estaba sentada a mi lado, con las piernas cruzadas y una botella de agua en la mano. Desde ahí veíamos a Steven correr bases, mientras el entrenador gritaba instrucciones que parecían amenazas.
A unos metros, Gavin estaba encorvado sobre la baranda, la capucha medio subida, esa postura suya que decía me da igual todo. Y, como si fuera parte del paquete, Heather estaba con él. Se reían de algo que no alcancé a escuchar. Ella le dio un leve empujón en el brazo, y él, en vez de apartarse como cualquier persona normal, sonrió.
Heather era irritantemente perfecta. Alta, atlética, de esas que parecen encajar en cualquier lugar. Lo peor era que, desde que la conocí, no había sido otra cosa que amable conmigo, la chica nueva que no sabía dónde sentarse en el almuerzo. En cualquier otro contexto, probablemente me caería bien.
—Heather es un encanto, ¿verdad? —comentó Noa, sin apartar la vista del campo.
—Sí... —admití, sin mucho entusiasmo—. Es linda.
—Demasiado linda, de esas personas que parece imposible odiar. Una anomalía —añadió, sonriendo como si encontrara gracioso leerme la mente.
Gavin se inclinó hacia Heather para decirle algo y ella rió. Parecían cómodos juntos, como si compartieran un idioma que los demás no entendíamos.
—¿Siempre son así?
—Depende del día —Noa bebió de su botella, indiferente—. Ya te dije: Gavin tiene sus días.
El silbato del entrenador cortó el aire, anunciando el final de la práctica. Heather recogió su mochila y se giró hacia el chico a su lado.
—¿Vienes?
Él negó.
—Espero a Steven.
Noa también se puso de pie.
—Bueno, yo me voy, si no llego antes que la profesora, me gano su mirada asesina.
Así fue como, en cuestión de segundos, terminé sola con él.
Guardé silencio mientras él se acomodaba contra la baranda. Y, antes de poder detenerme, solté:
—Tu novia es muy linda.
Ni siquiera me miró de inmediato; solo sonrió.
—No es mi novia.
—Claro. Porque sentarse juntos, reírse y mirarse así es totalmente platónico.
Su sonrisa se agrandó.
—No sabía que te gustaba analizar gestos. ¿Es nuevo o siempre has sido así?
—Solo cuando algo me parece obvio.
—¿Y te parece obvio? —preguntó, inclinándose apenas hacia mí, como si quisiera desafiarme.
—Mucho —crucé los brazos.
Él rió por lo bajo, como si eso le pareciera entretenido.
—Sabes, Elodie...
—¿Puedes dejar de decirme así?
—¿Prefieres Ellie, como los demás?
—Sí.
—No. No te pega.
Lo miré incrédula.
—¿Y quién te dio derecho a decidir eso?
—Considera que es un privilegio.
—Eres insoportable.
—Solo contigo, Elodie.
Rodé los ojos y aparté la mirada, intentando ignorarlo. Ni siquiera mis padres me llamaban así, escuchar mi nombre completo en su voz me sonaba extraño.
—Deberías dejar de pensar tanto en lo que hago —su voz volvió a sonar.
—No pienso en ti.
—Claro que no. Por eso acabas de llamarme novio de alguien.
Lo ignoré y me di la vuelta, dispuesta a irme antes de perder la poca paciencia que me quedaba. Su voz me detuvo.
—La profesora esa es insoportable igual. Hiciste bien en quedarte un rato.
Lo miré por encima del hombro.
—¿Tú también te la saltaste?
—No necesito escuchar por vigésima vez algo que ya sé —se encogió de hombros—. Mejor el aire libre que una hora de alguien leyendo diapositivas.
Me mordí el labio, conteniendo la réplica que quería lanzarle. En lugar de irme, terminé apoyándome también contra la baranda, a su lado.
Tras varios minutos de silencio, decidí hablar.
—¿Y tú por qué no juegas?
—¿Béisbol? —levantó una ceja, como si la idea le resultara absurda—. No es lo mío.
—¿Y qué es «lo tuyo»? ¿Sentarte a mirar cómo los demás se cansan?
—Exacto. Y leer, y no correr detrás de una pelota como si me fuera la vida en ello.
Rodé los ojos.
—Steven parece divertirse.
—Steven es... Steven. A él le gusta esto —se encogió de hombros—. A mí me gusta no hacerlo.
—Increíble filosofía de vida.