«No me estoy expresando bien, pero tú me entiendes.»
—Vale, esta no.
Lancé la camiseta azul sobre la cama, donde ya se acumulaba una pila considerable de ropa descartada. Liam, mi hermano menor, estaba sentado en medio del caos con las piernas cruzadas, jugando con su consola portátil como si mi crisis existencial fuera el mejor entretenimiento del sábado.
—¿Y esta? —pregunté, sosteniendo una camiseta blanca contra mi pecho.
Él ni siquiera levantó la vista.
—Igual que la otra.
—No es igual —repliqué, dejándola caer para tomar una negra—. ¿Esta?
—Igual.
—Liam, ni siquiera estás mirando.
Finalmente alzó los ojos de la pantalla, me echó un vistazo rápido y volvió a su juego.
—Te ves igual con todas. No sé por qué haces tanto drama.
Suspiré, frustrada, y me giré hacia el espejo. La verdad es que tenía razón, pero admitirlo en voz alta me parecía una derrota personal. Todas las camisetas se veían... bien. Normal. Nada especial. Y eso era justamente el problema.
No es que me importara impresionar a nadie. Solo quería verme decente para mi primer partido del instituto. Era mi debut social oficial, y aunque la idea no me emocionaba tanto como debería, tampoco quería parecer que acababa de salir de la cama.
—¿Es por un chico? —soltó Liam de repente, con esa sonrisa molesta que solo los hermanos menores saben perfeccionar.
—¿Qué? No.
—Ajá. Por eso llevas una hora cambiándote.
—Han sido veinte minutos —mentí.
—Una hora —insistió, sin apartar la vista de su juego—. Papá ya preguntó dos veces si te habías quedado dormida.
Rodé los ojos y volví a mirar las opciones. La camiseta blanca era segura. La negra, más... no sé, interesante. La azul hacía que mis ojos se vieran más claros, pero tal vez era demasiado obvio.
—La negra —dije finalmente, más para mí misma que para él.
—Perfecto. ¿Ya puedo irme?
—Nadie te pidió que te quedaras.
—Mamá sí. Dijo que te acompañara para que no te sintieras sola en tu «momento de chica» —hizo comillas con los dedos, imitando la voz de nuestra madre.
—Qué considerada —murmuré mientras me ponía la camiseta.
Me miré en el espejo. Bien. Se veía bien. Nada espectacular, pero tampoco desastroso. Combiné con unos jeans y una chaqueta ligera porque, aunque hacía calor, algo me decía que por la noche iba a necesitarla.
Justo cuando estaba acomodándome el cabello, el sonido de una bocina rompió el aire de la habitación.
Liam dejó la consola de inmediato y corrió hacia la ventana como si le hubieran avisado que había un incendio.
—¡Tu amiga guapa ya llegó!
—¿Qué? —me acerqué a la ventana, apartándolo de un empujón.
Efectivamente, ahí estaba Noa. Parada junto a un coche que reconocí al instante, no por el modelo ni el color, sino porque lo había visto estacionado en la casa de enfrente demasiadas veces esta semana.
El coche de Gavin.
Por supuesto.
Desde aquel día en la cafetería, no había vuelto a hablar con él. Lo veía de lejos en los pasillos, a veces en clase, aunque él parecía más interesado en mirar por la ventana que en cualquier otra cosa, pero nada más. Sin intercambios sarcásticos, sin comentarios molestos. Solo... existíamos en el mismo espacio sin cruzarnos realmente.
Pensé que sería un alivio. Resultó ser raro.
—¿Gavin es su novio? —preguntó, pegando la nariz al cristal.
—No es su novio —respondí automáticamente.
—Pues está en su coche.
—Porque la está llevando, genio. Eso no significa nada.
Liam me miró con esa cara de «ajá, claro» que me hizo querer lanzarlo por la ventana.
—¿Tú también vas a subir a ese coche?
—Sí.
—Con el chico.
—Sí, Liam. Con el chico. Y con Noa. Y probablemente con Steven. No es un complot romántico, es solo un transporte compartido.
—Mamá dice que los transportes compartidos son peligrosos.
—Mamá dice muchas cosas.
La bocina sonó otra vez, más insistente esta vez. Agarré mi bolso de la silla y revisé rápidamente que tuviera todo: celular, cartera, llaves. Todo en orden.
—Mamá tal vez esté en su habitación, dile que ya me fui.
—¿Y qué gano yo?
Lo miré incrédula.
—¿Perdón?
—Si le digo, ¿qué me das?
—La satisfacción de ser un buen hermano.
—Eso no sirve.
Suspiré, sacando un billete arrugado del bolsillo de mis jeans.
—Toma. Cómprate algo y no me delates si llego tarde, no le digas a Logan.