«A veces basta un instante para que toda una vida se incline en otra dirección.»
La casa de Dan era enorme. De esas que te hacen preguntarte qué hacen los padres de alguien para vivir así. Las luces estaban tenues, estratégicamente colocadas, y la música golpeaba desde algún lugar con un bajo que vibraba en el pecho.
Había gente por todas partes. En la sala bailando, en la cocina jugando a algo con vasos rojos, en el jardín alrededor de la piscina iluminada con luces azules. Era caótico, juvenil, ruidoso de esa forma en que solo las fiestas de adolescentes pueden serlo.
Noa se adentró sin dudarlo, saludando a medio mundo. Steven la siguió con esa energía post-victoria. Heather iba pegada a Gavin, hablándole de algo.
Y Gavin... Gavin iba con las manos en los bolsillos, la mandíbula un poco tensa, los ojos escaneando el lugar. Parecía más presente que en el coche, pero seguía habiendo algo en él que no encajaba. Como si estuviera actuando un papel sin creérselo del todo.
—Voy por algo de beber —dijo de repente, sin mirar a nadie en particular.
Heather lo siguió con la mirada, pero él ya se había alejado hacia la cocina antes de que ella pudiera decir nada. Ella dudó un segundo y luego se giró hacia Noa.
—Voy al baño. ¿Vienes?
Noa asintió y ambas desaparecieron escaleras arriba.
Steven vio a alguien al otro lado de la sala y salió disparado en esa dirección con un "¡ya vuelvo!" que sonó más a despedida permanente.
Y así, en menos de tres minutos, me quedé sola.
Genial.
Miré a mi alrededor, intentando no parecer tan fuera de lugar como me sentía. La mayoría de la gente aquí se conocía. Había esa comodidad que solo viene de años de compartir clases, partidos, dramas adolescentes. Yo era la anomalía.
Me moví hacia un rincón menos concurrido y saqué mi teléfono.
Había un mensaje de Clara.
Clara: ¿cómo va la fiesta? ¿ya conociste a algún chico guapo?
Rodé los ojos, pero sonreí.
Yo: la fiesta está bien. y sí, pero es complicado.
Clara: ¡cuenta!
Yo: luego. ahora estoy en modo supervivencia social.
Guardé el teléfono y levanté la vista, justo a tiempo para ver a una pareja besándose sin vergüenza alguna contra la pared del otro lado de la sala. Aparté la mirada, sintiéndome como una intrusa en un momento que claramente no era mío.
—¿Escondiéndote?
La voz me hizo dar un pequeño salto. Me giré y ahí estaba Dan, con su sonrisa tierna y dos vasos en las manos.
—No me estoy escondiendo —dije, aunque ambos sabíamos que era mentira.
—Claro que no. —Me ofreció uno de los vasos—. Ten. No sé qué te gusta, así que solo puse refresco. Pero si quieres algo más fuerte, puedo conseguirlo.
—No, esto está bien. Gracias.
Tomé el vaso y bebí un sorbo.
Dan se apoyó contra la estantería a mi lado, mirando la fiesta.
—¿Qué tal? ¿Cumple con las expectativas?
—Honestamente, no sabía qué esperar.
—Bueno, te prometo que no son todas así —dijo, señalando vagamente alrededor—. A veces son peores.
Reí.
—Qué motivador.
—Es mi especialidad. —Bebió de su vaso y luego me miró de reojo—. ¿Te están tratando bien? Noa, Steven, los demás.
—Sí. Han sido... buenos. Muy buenos, de hecho.
—Bien. Porque si alguien se pasa de la línea, solo dime y yo me encargo.
Lo dijo con tanta seriedad que por un momento no supe si hablaba en serio o si era parte de su personaje de "capitán protector".
—Gracias —no sabía qué más decir.
Nos quedamos ahí un rato, viendo a la gente. Dan señalaba a personas de vez en cuando y me contaba pequeñas historias sobre ellos: quién había salido con quién, quién había hecho qué en el último partido, quién había reprobado el examen de matemáticas de forma espectacular. No era chisme malicioso, solo... información. Contexto. Una forma de hacerme sentir menos ajena.
—Ese de allá es Marcus —dijo, señalando a un chico alto que intentaba hacer malabares con limones—. Es un desastre, pero es divertido. Y esa es Jenny, la del cabello rosa. Es la mejor en química y la peor en todo lo demás.
—¿Cómo sabes tanto de todo el mundo?
Se encogió de hombros.
—Llevo aquí toda mi vida. Después de un tiempo, simplemente absorbes información.
Antes de que pudiera responder, Steven apareció de la nada.
—¡Ahí están! —gritó, como si nos hubiera estado buscando por horas—. Tienen que venir. Estamos jugando beer pong en el jardín y necesitamos más gente.
Dan y yo intercambiamos una mirada.
—No sé si... —empecé.