-Capítulo 1-
"Dicen que el destino une a las personas, lo que nadie cuenta es cuántas vidas debe romper antes de conseguirlo."
París, Francia. Primavera 1912.
La ciudad despertaba lentamente bajo un cielo gris perla. Los primeros carruajes recorrían las calles empedradas mientras el aroma del pan recién horneado escapaba de las pequeñas boulangeries. A lo lejos, las campanas de Notre Dame marcaban las ocho de la mañana, anunciando el comienzo de un nuevo día.
Desde el balcón de la residencia Debussy, Giselle observaba el paisaje con una taza de té entre las manos.
Aquel era su momento favorito del día.
Antes de que los salones se llenarán de visitas, antes de las interminables clases de etiqueta y de las cenas donde cada sonrisa parecia cuidadosamente ensayada.
El viento levanto algunos mechones de su cabello castaño. Cerro los ojos un instante dejando que el aire fresco acariciara su rostro.
-Señorita Giselle...
La voz de Colette, su doncella desde que tenia memoria, la hizo volver la vista.
-Su padre desea verla en el despacho.
Giselle sonrió.
-¿Tan temprano? Espero que al menos haya mandado a preparar un buen café.
Colette intento sonreír, pero no lo consiguió.
Fue cuando Giselle comprendió que algo no iba bien.
Aquella mañana reinaba un silencio extraño.
Ningun criado hablaba.
Ninguna puerta se abria.
Era como si toda la casa contuviera la respiración.
Al llegar frente al despacho, Colette hizo una leve reverencia.
-La esta esperando.
Giselle respiro profundamente antes de llamar.
-Adelante.
La voz grave de Henri Debussy resonó desde el interior.
Empujó la puerta con suavidad; su padre permanecia de pie junto a la ventana, con las manos entrelazadas detrás de la espalda.
-¿Me mandaste a llamar padre?
Henri tardo unos segundos en responder.
-Cierra la puerta porfavor.
Obedeció sin decie ninguna palabra y el sonido de la cerradura rompió el silencio.
-¿Recuerdas cuando eras pequeña y decías que algún día recorrerías el mundo?
Giselle sonrio con nostalgia.
-Tenia ocho años. También decía que quería aprender a volar.
Por primera vez en toda la mañana Henri sonrio apenas, pero la sonrisa despareció casi de inmediato.
-Hay decisiones que un padre jamás debería tomar por su hija.
Ella frunció el ceño.
-¿Qué sucede?
Henri respiro hondo, parecia buscar las palabras correctas.
Finalmente se volvió para mirarla.
-Hace veinte años cometí un error.
El corazón de Giselle dio un vuelco.
Para ella, Henri era un hombre firme, respetado y seguro de cada decisión.
-¿Qué clase de error?
El guardo silencio, camino lentamente hacia el escritorio y tomo un sobre de color marfil, sellado con cera roja.
Lo sostuvo entre sus manos antes de entregárselo.
-Dentro de 2 semanas partirás hacia Italia.
Giselle lo miro confundida.
-¿Italia?
-Si.
-¿Por cuanto tiempo?
Henri bajo la mirada.
-No puedo responder a eso.
Ella sintió un nudo en la garganta.
-Padre....¿Qué esta ocurriendo?
El levanto nuevamente la vista, había tristeza en sus ojos.
-Hace veinte años hice una promesa y es momento de cumplirla.
Giselle apretó el sobre entre sus manos; no entendía nada.
Solo sabia que por primera vez en su vida, que el futuro que siempre había imaginado acababa de desmoronarse.
Y aun ignoraba que aquel viaje no solo cambiaría su destino...
También la llevaría al corazón de un secreto capaz de destruir a cuatro familias.