Donde mueren las promesas.

2-La promesa que nunca fue suya.

-Capítulo 2-

La habitación permanecio en silencio incluso después de que Henri abandonará el despacho.

Giselle seguía inmovil, sosteniendo el sobre entre las manos como si quemara.

Italia.

La palabra resonaba una y otra vez en su cabeza.

No tenía sentido; su vida estaba en París, su familia estaba en París.

Con manos temblorosas rompió el sello de cera.

Dentro encontró una sola hoja.

"Tu viaje a sido acordado para el día trece de abril. La familia de Santis te recibirá en la villa Santis, Toscana.

Nada más.

Ni una explicación.

Ni un nombre.

Ni una razón.

Solo un destino.

-No... -Susurro.

Salió del despacho casi sin darse cuenta.

Recorrió los pasillos de la mansión con el corazón desbocado hasta encontrar a su padre en la biblioteca.

-!Padre!

Henri levanto la vista del libro que sostenía.

Sabia que aquel momento llegaría.

-No iré.

La voz de Giselle temblo, aunque intentaba parecer firme.

-No puedes decidir mi vida por una promesa que hiciste hace veinte años.

Henri cerro lentamente el libro.

-Si existiera otra solución...

-!Entonces encuentrala!

El hombre guardo silencio.

-No existe...

Los ojos de Giselle comenzaron a humedecerse.

-¿Qué hice yo para merecer esto?

Henri dio un paso hacia ella, quiso acariciarle el rostro.

Ella retrocedió.

Era la primera vez en su vida que rechazo un gesto de su padre.

Y a Henri le dolió más de lo que estaba dispuesto a admitir.

-No lo entiendes ahora -dijo en voz baja- Pero algún día sabrás por qué debo hacerlo.

-¿Debo?

Giselle soltó una risa amarga.

-¿Ni siquiera me preguntas que quiero yo?

Henri no respondió, por que sabía la respuesta.

Y precisamente por eso no podía darle opción.

Con los ojos llenos de lágrimas, Giselle salió corriendo de la biblioteca.

No dejó que nadie la viera llorar.

No a una señorita Debussy.

No en aquella casa.

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Esa misma tarde, un carruajes se detuve frente a la residencia Debussy.

Un joven de cabello rubio abrió la puerta antes de que el cochero pudiera anunciarlo.

-¿Se encuentra la señorita Debussy?

-Sí, señor Clement.

Felix sonrío.

Llevaba un pequeño ramo de rosas blancas.

Era una costumbre; cada jueves visitaba a Giselle.

Y cada jueves encontraba un motivo distinto para quedarse unas horas más.

No sabia que aquella tarde...su vida también estaba a punto de cambiar.

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Toscana, Italia.

El sol caía sobre los interminables viñedos de la villa De Santis.

Un hombre defendió de su caballo y le entrego una carta al mayordomo.

-Es urgente.

Minutos después la carta llego al despacho del patriarca de la familia.

El anciano rompió el sello.

Leyó apenas una líneas...y sonrió.

-Ha llegado la hora.

Levanto la vista hacia el hombre que permanecia junto a la ventana.

Alto.

De traje oscuro.

Su expresión era imposible de desifrar.

-Alessio.

El joven volvió lentamente el rostro.

-La hija de Henri Debussy viene a Italia.

Hubo un largo silencio.

Alessio no pregunto por qué.

Solo respondió con una calma inquietante.

-Entonces el pasado a regresado.




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