-Capítulo 3-
El reloj del gran salon marcaba las cuatro de la tarde cuando el mayordomo anunciaba la llegada de felix Clement.
Como cada jueves.
Como durante los últimos diez años.
Giselle levanto la vista del libro que intentaba leer sin éxito.
Desde la conversación con su padre, ninguna palabra lograba permanecer en su mente.
-El señor Felix Clement señorita.
Por primera vez sonrió son sinceridad.
-Hazlo pasar.
Un instante después, Félix apareció en el salón con un ramo de rosas blancas que sostenia en sus manos.
-Para la mujer que insiste en decir que las rosas rojas son demasiado presumidas.
Giselle soltó una pequeña risa.
-Y lo seguiré diciendo.
Tomo el ramo con cuidado y aspiro su delicado perfume.
-Gracias, Félix.
El la observó unos segundos; había algo distinto en ella.
No era su vestido color Marfil ni el peinado impecable.
Era su mirada, como si hubiera llorado.
-¿Ocurre algo?
Giselle desvió la mirada.
-Nada importante.
Felix la conocía bastante bien para creer aquella respuesta.
Sin insistir le ofreció el brazo.
-¿Me concedería un paseo por el jardin, señorita Debussy?
Ella sonrio con suavidad.
-Creo que puedo hacerle ese favor, señor Clement.
Los jardines de la residencia Debussy, eran el orgullo de Henri.
Rosales, magnolias y senderos de piedra blanca que rodeaban una elegante fuente de mármol.
Mientas caminaban, el silencio entre ambos resultaba cómodo.
No necesitaban hablar para entenderse.
Habian crecido juntos.
Aprendido a leer en la misma biblioteca.
A montar a caballo en los mismos campos.
Y a bailar en los mismos salones...
-¿Recuerdas cuando intentaste enseñarme esgrima? -pregunto Giselle de pronto.
Felix soltó una carcajada.
-¿Intente? Me golpeaste con la espada de madera y luego dijiste que era culpa mía.
-Por que así lo era.
-Claro...
Ella volvió a reír y durante unos minutos olvido por completo la carta que seguía guardando en el bolsillo de su vestido.
Felix la contemplo en silencio.
Había imagino ese momento cientos de veces.
Desde niño había sabido que la amaba.
Y cada día estaba más convencido de que había llegado el momento de pedir la bendición de Henri Debussy.
-Giselle..
-¿Sí?
El respiro profundamente.
-Hay algo que deseo decirte desde hace mucho tiempo.
Antes de que pudiera continuar el sonido de unos pasos acercándose intereumpio el momento.
Henri Debussy se acercaba acompañado de Colette; su expresión era seria, demasiado seria.
-Lamento interrumpirlos.
-Señor Debussy
Henri observó primero a su hija y luego al joven.
Durante un segundo parecio debatirse entre hablar o callar.
Hasta que finalmente hablo.
-Felix...me temo que tus visitas deberán esperar.
El joven frunció el seño.
-¿Ha ocurrido algo?
Henri miro a Giselle.
Ella sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
-Mi hija partirá hacia Italia en dos semanas.
El silencio fue absoluto.
Felix creyó no haber escuchado bien
-¿Italia?
-Así es.
-¿Por qué?
Henri respondió con una serenidad que ocultaba demasiadas cosas.
-Es un asunto familiar.
Felix busco la mirada de Giselle.
Ella bajo los ojos.
Y ese pequeño gesto basto para comprender que no era una decisión suya.
-¿Cuando volverás? -pregunto en voz baja.
Giselle sintió un nudo en la garganta.
-No lo se.
Por primera vez desde que tenia memoria...
Felix sintió miedo de perderla...
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Aquella misma noche.
A cientos de kilómetros de París.
Un hombre permanecia de pie en el balcón de una antigua villa italiana.
El viento agitaba su oscuro cabello mientras observaba los viñedos iluminados por la luna.
-¿Es cierto? -preguntó sin apartar la vista del paisaje.
El anciano que estaba detrás de él asintió.
-La hija de Henri Debussy llegara antes de que termine el mes.
Alessio guardo silencio.
Después de unos segundos, hablo con una calma inquietante.
-Espero que Henri le haya dicho la verdad.
El anciano desvió la mirada.
Porque ambos sabían que eso era imposible.
No después de veinte años...