Donde mueren las promesas.

4-Promesas que condenan.

-Capítulo 4-

La lluvia golpeaba con suavidad los ventanales de la residencia Debussy.

En el despacho, el fuego crepitaba la chimenea, pero ni siquiera el calor lograba disipar el ambiente de inquietud que llenaba la habitación.

Henri Debussy permanecía de pie frente a la ventana, observando cómo las gotas resbalaban por el cristal. Hacía años que no se sentía tan intranquilo.

Tres golpes suaves interrumpieron sus pensamientos.

-Adelante.

Bernard abrió la puerta con discreción.

-Señor, el joven Felix Clement desea hablar con usted.

Henri cerro los ojos por un instante; había esperado ese momento desde que anunció el viaje de Giselle.

Sabía exactamente porque Felix estaba ahí.

Y también sabía que al terminar aquella conversación, rompería el corazón de un hombre inocente.

-Hazlo pasar.

-Si, señor.

Segundos después, Félix entro al despacho.

-Buenas noches, señor Debussy.

Henri respondio con una leve inclinación de cabeza.

-Buenas noches, Felix. Toma asiento.

El joven obedeció; durante unos instantes ninguno hablo.

Henri sirvió dos copas de coñac.

-¿Un poco?

-Gracias.

Felix acepto la copa, más por cortesía que por deseo. Aquel silencio comenzaba a pesar.

Henri tomo asiento frente a el.

-Entonces...¿que asunto tan importante te trae esta noche?

Felix respiro hondo.

Había ensayada aquellas palabras durante semanas, frente a espejo, mientras cabalgaba incluso antes de dormir...pero ahora sentía que todas habían desaparecido.

-Señor Debussy...antes que nada quiero agradecerle todo lo que ha echo por mi.

Henri arqueo ligeramente la ceja.

-No tienes nada que agradecer.

-Si lo tengo, siempre me recibió en su casa como si fuera parte de la familia...nunca me trató como a un extraño.

Henri sonrio.

-Por que nunca lo fuiste.

Felix bajo la mirada unos segundos, aquellas palabras le dieron el valor que necesitaba.

-Conozco a Giselle desde que eramos niños, cuando la vi por primera vez...llevaba un vestido blanco lleno de barro por que insistía en plantar flores con sus propias manos.

Henri solto una pequeña risa.

-Termino destruyendo medio jardin.

-Y aun asi se aseguro de que las rosas crecieran más bonitas gracias a ella.

Ambos sonrieron al recordar, por un instante la conversación pareció ligera.

Pero Felix volvío a ponerse serio.

-Desde entonces no ha habido un solo dia en el que no quisiera verla sonreír.

Henri sintió un nudo en la garganta.

El joven continuo.

-La eh visto crecer...he visto como aprendió a tocar el piano, como lloro cuando murió su caballo, la conozco mejor que a nadie y precisamente por eso sé que...la amo.

El despacho quedo completamente en silencio.

Henri sostuvo la copa en las manos sin atreverse a beber.

-No es un cariño pasajero, tampoco un capricho...la amo con todo mi corazón; y si usted me lo permite quiero dedicar el resto de mi vida a hacerla feliz.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

Henri cerro lentamente los ojos, durante un breve instante imagino otra realidad.

Una donde no existieran promesas.

Ni pactos.

Ni deudas.

Solo dos jóvenes enamorados, en esa realidad habría respondido que si...pero esa realidad nunca existió.

Respiro profundamente.

-Felix...si pudiera te habría entregado la mano de mi hija sin dudarlo.

El joven frunció el seño.

-No entiendo.

Henri se levantó y se acercó a la ventana sin apartar la vista de la lluvia.

-Llegaste demasiado tarde.

El silencio volvio a llenar el despacho, Felix sintió un vacío en el pecho.

-¿Hay alguien más?

Henri permanecio inmóvil.

-¿Señor?

-Hace muchos años, prometí el futuro de mi hija.

Felix sintió que el mundo se detenía.

-¿La prometió...?

Henri asintió con los ojos cerrados.

-Cuando ella ni siquiera había nacido.

-!Eso es imposible!

La voz de Félix resonó en todo el salon, era la primera vez que levantaba la voz frente a Henri.

-Nadie puede decidir la vida de una persona antes de que siquiera aprenda a caminar.

Henri giro lentamente hacia el.

-Si pudiera cambiarlo...lo haría, créeme que lo haría.

-Entonces hágalo...rompa esa promesa.

Henri nego con la cabeza.

-No puedo.

-¿Por qué?

-Por que hay vidas que dependen de que la cumpla.

Felix dio un paso hacia el.

-¿Y la vida de Giselle no cuenta?

Aquella pregunta atravesó a Henri como una espada y su voz se quebró por primera vez.

-Es precisamente por ella que debo cumplirla...

Felix permanecio inmóvil, comprendió que ya no había más que decir.

Toda esperanza había desaparecido, dejo lentamente la copa sobre la mesa.

-Nunca imagine que al hombre al que más respetaba me enseñaría que una promesa vale más que la felicidad de una hija.

Henri acepto aquellas palabras sin defenderse porque en el fondo...pensaba exactamente lo mismo.

Félix hizo una leve reverencia, ya no por protocolo...sino para ocultar el dolor que amenazaba con quebrarlo.

-Con su permiso...

Cuando abrió la puerta, encontró a Giselle al otro lado del pasillo. Ella había llegado hacia apenas unos segundos, no había escuchado toda la conversación solo las últimas palabras.

"Prometi el futuro de mi hija"

Sus ojos buscaron los de Félix.

-¿Qué ocurrió?

El intento sonreír, pero fue incapaz.

Se acercó despacio, tomo una de sus manos y la beso caztamente.

-Hay personas que pierden lo que aman por culpa de las promesas y otras que lo pierden por culpa de las promesas -la miro por última vez y se marcho bajo la lluvia-

Giselle permanecio inmóvil, sin comprender todo lo ocurrido.

Pero una certeza comenzó abrirse paso en su corazón.




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