Donde nace el miedo

La casa

La casa llevaba vacía más de veinte años.
Nadie en el barrio de Loja quería acercarse a ella después del anochecer. Las ventanas estaban cubiertas por tablas podridas y el techo parecía a punto de colapsar. Pero lo que más incomodaba era el sonido.
Todas las noches, exactamente a las 2:13 a.m., se escuchaban pasos dentro.
No golpes.
No madera crujiendo.
Pasos.
Lentos.
Arrastrando algo pesado.
Mateo, un repartidor de 28 años, no creía en historias viejas. Decía que eran inventos de ancianos aburridos. Así que cuando perdió una apuesta, aceptó entrar solo a la casa y grabar un video para demostrar que todo era mentira.
Entró con la linterna del celular encendida.
—¿Ven? No hay nada —dijo grabando las paredes húmedas—. Solo polvo y…
Entonces escuchó un golpe arriba.
Seco.
Como si alguien hubiera dejado caer algo grande.
Mateo se quedó quieto.
La pantalla del celular empezó a llenarse de interferencia.
—¿Hola?
Silencio.
Luego… pasos.
Uno.
Dos.
Tres.
Arriba, justo sobre él.
Mateo tragó saliva y enfocó las escaleras. La oscuridad parecía más espesa allí, como si la luz no pudiera entrar.
Subió lentamente.
Cada escalón crujía bajo sus pies.
Cuando llegó al segundo piso encontró un pasillo largo. Al final había una puerta entreabierta.
Y detrás…
Se escuchaba alguien respirando.
No era una respiración normal.
Era húmeda.
Profunda.
Como si tuviera los pulmones llenos de agua.
Mateo intentó retroceder, pero escuchó otro sonido detrás de él.
Pasos.
En el pasillo.
Muy cerca.
Giró rápido con la linterna.
Nada.
Volvió a mirar la puerta.
Ahora estaba completamente abierta.
La habitación estaba vacía.
Excepto por una silla de ruedas oxidada en el centro.
La silla empezó a moverse sola.
Muy despacio.
Chiiiiii…
Las ruedas chirriaban mientras giraba hacia él.
Mateo quiso correr.
Pero algo le sujetó el tobillo.
Miró abajo.
Una mano negra y delgada salía del suelo de madera.
Después otra.
Y otra.
Decenas de manos comenzaron a emerger entre las tablas, agarrándole las piernas mientras voces susurraban:
—Quédate…
—Tenemos frío…
—No nos dejes solos…
Mateo gritó y logró soltarse.
Corrió escaleras abajo casi cayéndose.
La puerta principal estaba abierta.
Podía escapar.
Pero antes de salir vio algo en el reflejo de la ventana.
Alguien estaba parado detrás de él.
Muy alto.
Demasiado alto.
Con la cabeza torcida hacia un lado y una sonrisa imposible.
Mateo salió corriendo y jamás volvió.
A la mañana siguiente, la policía encontró su celular dentro de la casa.
El video seguía grabando.
Los últimos segundos mostraban el pasillo vacío.
Luego la cámara apuntó lentamente hacia arriba… aunque Mateo ya no estaba sosteniéndola.
Y una voz, pegada al micrófono, susurró:
—Él sigue aquí.




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