En un pequeño pueblo de montaña, cerca de Cantuca, había una vieja carretera que todos evitaban después de medianoche.
La llamaban “La curva de la mujer blanca”.
No aparecía en mapas.
Pero todos conocían la historia.
Decían que si manejabas solo a las 12:47 a.m., una mujer vestida de blanco aparecería al borde del camino pidiendo que la llevaras.
Y si aceptabas…
Nunca llegabas a tu destino.
Valeria no creía en supersticiones.
Volvía tarde del trabajo, cansada y molesta porque su celular no tenía señal. La neblina cubría la carretera y apenas podía ver unos metros adelante.
Entonces la vio.
Una mujer parada junto a la vía.
Vestido blanco.
Cabello negro mojado.
Descalza.
Tenía la cabeza inclinada hacia abajo.
Valeria frenó.
—¿Necesita ayuda?
La mujer levantó lentamente el rostro.
Tenía la piel demasiado pálida… pero sonrió.
—Solo hasta la siguiente curva.
Su voz sonaba extraña, como si varias personas hablaran al mismo tiempo.
Valeria dudó unos segundos, pero abrió la puerta.
La mujer subió al asiento trasero.
El auto se llenó de un olor húmedo, parecido a tierra mojada.
Siguieron avanzando en silencio.
Valeria intentó verla por el espejo retrovisor.
Pero no aparecía.
El asiento estaba vacío en el reflejo.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
—¿Se encuentra bien…?
La mujer respondió desde atrás:
—No mires el espejo.
Valeria apretó el volante.
La carretera parecía interminable.
Ni una casa.
Ni una luz.
Solo neblina.
Entonces notó algo peor.
La mujer ya no estaba detrás.
Estaba sentada en el asiento del copiloto.
Y Valeria jamás la había visto moverse.
La cabeza de la mujer seguía inclinada, pero ahora sonreía más.
Demasiado.
Hasta que la piel de las mejillas comenzó a romperse lentamente por las comisuras.
—Aquí fue donde morí —susurró.
El auto empezó a apagarse solo.
Las luces parpadearon.
Y entonces Valeria vio algo en el parabrisas.
Personas.
Decenas de personas quietas en medio de la carretera.
Todas mojadas.
Todas mirando el auto.
Y todas tenían los ojos completamente negros.
La mujer levantó lentamente una mano huesuda y señaló adelante.
—Ellos también me recogieron.
Las puertas del auto se bloquearon.
Los vidrios comenzaron a empañarse desde adentro.
Y afuera… las figuras empezaron a acercarse.
Paso a paso.
Sonriendo.