Donde nace el miedo

El hospital maldito

Samuel trabajaba como guardia nocturno en un hospital abandonado a las afueras de Loja.
El lugar había cerrado años atrás después de un incendio en el área de maternidad.
Oficialmente, murieron siete personas.
Extraoficialmente…
nadie sabía el número real.
Samuel aceptó el trabajo porque pagaban bien y solo tenía que vigilar que nadie entrara.
La primera noche fue tranquila.
La segunda también.
Pero la tercera, exactamente a las 3:06 a.m., escuchó el sonido de un bebé llorando.
Pensó que eran gatos.
Hasta que volvió a escucharlo.
Más cerca.
Un llanto débil… desesperado.
Venía del tercer piso.
El área de maternidad.
Samuel tomó su linterna y subió.
Mientras avanzaba por el pasillo oscuro notó algo raro: las paredes estaban negras por el humo… pero había pequeñas huellas mojadas en el suelo.
Huella tras huella.
Como si alguien hubiera caminado descalzo.
O algo muy pequeño hubiera gateado.
El llanto continuó.
Samuel llegó a la antigua sala de recién nacidos.
La puerta estaba entreabierta.
Empujó lentamente.
Adentro solo había cunas quemadas y equipos oxidados.
Y en una esquina…
una incubadora encendida.
La luz parpadeaba suavemente.
Samuel sintió el corazón acelerarse.
El hospital no tenía electricidad desde hacía años.
Se acercó.
Dentro de la incubadora había un bebé envuelto en mantas blancas.
Moviéndose.
Llorando.
—Dios mío…
Samuel abrió la tapa rápidamente.
Vacía.
El llanto se detuvo de golpe.
Silencio total.
Entonces escuchó algo detrás de él.
Respiración.
Lenta.
Caliente.
Pegada a su nuca.
Samuel giró con la linterna.
Y vio a una enfermera parada al fondo de la sala.
Uniforme quemado.
La piel derretida en partes.
Pero lo peor era que sostenía algo en brazos.
No era un bebé.
Era una masa negra y retorcida llena de pequeñas manos moviéndose debajo de la piel.
La enfermera sonrió.
—¿Quieres cargarlo?
Samuel salió corriendo.
Mientras escapaba, todas las puertas del pasillo comenzaron a abrirse solas.
¡CLACK!
¡CLACK!
¡CLACK!
Y desde cada habitación comenzaron a escucharse llantos.
Decenas de bebés llorando al mismo tiempo.
Samuel llegó hasta las escaleras, pero al mirar abajo sintió que las piernas dejaban de responderle.
En el primer piso…
había personas.
Pacientes.
Doctores.
Niños.
Todos quemados.
Todos inmóviles.
Mirándolo.
Y al mismo tiempo levantaron lentamente la cabeza.
Entonces el altavoz viejo del hospital cobró vida con un ruido estático.
Y una voz femenina anunció:
—Hora de visitas.




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