En un mercadillo de segunda mano, Tomás encontró una vieja radio roja de los años 50.
Era hermosa.
Pesada.
Perfectamente conservada.
Lo extraño era el precio.
Costaba apenas un dólar.
—¿Funciona? —preguntó.
El vendedor evitó mirarlo a los ojos.
—Si la compras, no la enciendas después de medianoche.
Tomás soltó una carcajada y pagó.
Aquella noche colocó la radio en su habitación.
Funcionaba perfectamente.
Transmitía música antigua y programas de noticias.
Nada raro.
Hasta que llegó la medianoche.
La radio se encendió sola.
Un ruido de estática llenó la habitación.
—Qué extraño...
Tomás intentó apagarla.
No funcionó.
Entonces una voz masculina habló entre la interferencia.
—Tomás, no mires detrás de ti.
Tomás se quedó inmóvil.
La voz conocía su nombre.
—¿Quién es?
La radio respondió:
—No hay tiempo. No mires detrás de ti.
Tomás giró de todos modos.
No había nadie.
Cuando volvió a mirar la radio, la voz sonó desesperada.
—¡Te dije que no lo hicieras!
La transmisión se cortó.
Silencio.
A la mañana siguiente pensó que había sido una broma.
Pero la noche siguiente ocurrió otra vez.
12:00 a.m.
La radio se encendió sola.
Esta vez la voz sonaba aterrorizada.
—Escúchame. Soy tú.
Tomás sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué?
—Soy tú. Dentro de tres días encontrarás algo detrás de la pared del sótano. No lo abras.
La señal desapareció.
Durante tres días Tomás intentó olvidar aquello.
Hasta que una tarde escuchó un golpe hueco en el sótano.
Al revisar, descubrió una sección falsa de la pared.
Exactamente donde la radio había dicho.
Detrás había una vieja caja metálica cerrada con candado.
Tomás recordó la advertencia.
Pero la curiosidad ganó.
La abrió.
Dentro encontró fotografías.
Decenas de fotografías.
De él.
Durmiendo.
Comiendo.
Mirando televisión.
Tomadas desde dentro de la casa.
Algunas parecían haber sido tomadas apenas horas antes.
Y debajo de las fotos había una grabadora.
Con una cinta etiquetada:
"NO ESCUCHAR".
Tomás la reprodujo.
Se escuchó su propia voz.
Llorando.
—Si encontraste esta grabación, ya es demasiado tarde.
La cinta terminó.
Esa noche la radio volvió a encenderse.
La voz sonaba agotada.
—Abriste la caja.
—¿Quién eres?
Hubo unos segundos de silencio.
Luego respondió:
—Soy lo que quedó de ti.
Y entonces Tomás escuchó algo.
Un ruido.
Muy suave.
Justo detrás de él.
Como una respiración.
Lenta.
Paciente.
Esperando.
La radio emitió un último mensaje:
—No te gires.
Tomás sintió el aliento en la nuca.
Y cometió el mismo error por segunda vez.
A la mañana siguiente, la casa estaba vacía.
Solo encontraron la radio roja.
Encendida.
Y cada medianoche, quienes viven allí ahora aseguran escuchar una voz atrapada entre la estática, repitiendo una sola frase:
"No te gires..." 📻😨🌑