En una tienda de antigüedades, Andrés encontró un viejo reloj de bolsillo plateado.
Era hermoso, aunque estaba detenido.
Las agujas marcaban siempre la misma hora:
11:11
Cuando preguntó por él, el dueño se puso nervioso.
—No lo compres.
—¿Por qué?
—Porque muestra cuánto tiempo te queda.
Andrés se rió y lo compró igual.
Esa noche, mientras lo examinaba, escuchó un clic.
El reloj empezó a funcionar solo.
Las agujas avanzaron lentamente.
11:12.
11:13.
11:14.
Pensó que simplemente se había reparado.
Pero a medianoche despertó sobresaltado.
El reloj estaba sonando.
Tic... tac... tic... tac...
Mucho más fuerte de lo normal.
Lo tomó entre las manos.
Las agujas habían retrocedido.
Ahora marcaban:
11:10
A la mañana siguiente recibió una llamada.
Un antiguo compañero de trabajo había sufrido un accidente grave.
La noticia lo dejó inquieto.
Esa noche el reloj volvió a retroceder.
11:09
Y al día siguiente ocurrió otra tragedia.
Luego otra.
Y otra.
Cada vez que alguien cercano sufría un accidente o desaparecía, el reloj perdía un minuto.
Andrés empezó a llevar la cuenta.
Cuando llegó a 11:00, comprendió algo aterrador.
No estaba contando el tiempo de otras personas.
Estaba contando el suyo.
Desesperado, intentó deshacerse del reloj.
Lo tiró a un río.
Al día siguiente apareció sobre su mesa.
Lo enterró.
Volvió.
Lo vendió.
Regresó.
Finalmente decidió romperlo con un martillo.
El cristal se hizo añicos.
Pero las agujas siguieron moviéndose.
10:59
10:58
10:57
Pasaron semanas.
El reloj continuó bajando.
Hasta que una noche marcó:
00:01
Andrés no durmió.
Se sentó frente al reloj esperando.
Nada ocurrió.
Miró la hora una y otra vez.
El reloj seguía marcando un minuto.
Entonces escuchó que alguien llamaba a la puerta.
Toc. Toc. Toc.
—¿Quién es?
Nadie respondió.
Los golpes continuaron.
Toc. Toc. Toc.
Miró por la mirilla.
Y vio a un hombre.
Era él mismo.
Pero más pálido.
Más delgado.
Con los ojos completamente negros.
El extraño levantó lentamente el reloj que llevaba en la mano.
Marcaba:
00:00
Y sonrió.
En ese instante, el reloj de Andrés también llegó a cero.
La casa quedó en silencio.
A la mañana siguiente, los vecinos encontraron la puerta abierta.
La casa estaba vacía.
Solo había un reloj roto sobre la mesa.
Y cuando la policía lo examinó, descubrió algo imposible.
Dentro de la tapa había cientos de nombres grabados.
Uno debajo de otro.
Fechas incluidas.
La última inscripción había aparecido recientemente.
Decía:
Andrés — 00:00
Y debajo había espacio para un nombre más.
Como si el reloj todavía estuviera esperando a su próximo dueño.