Clara encontró una llave antigua en la acera mientras regresaba a casa.
Era de hierro negro, pesada y fría como el hielo.
Lo extraño era que tenía una pequeña etiqueta atada:
"No abras la puerta."
Clara miró a su alrededor.
No había nadie.
Pensó que alguien la había perdido y se la guardó en el bolsillo.
Aquella noche dejó la llave sobre su mesita de noche.
A las 2:22 a.m. despertó sobresaltada.
Había escuchado un ruido.
Clink.
Como si una llave hubiera caído al suelo.
Encendió la lámpara.
La llave ya no estaba sobre la mesa.
La encontró frente a la puerta de su dormitorio.
—Qué raro...
La recogió y volvió a acostarse.
A la mañana siguiente apareció otra vez en el mismo lugar.
Y al día siguiente también.
Siempre frente a una puerta.
Como si quisiera señalar algo.
Entonces empezó a notar algo más inquietante.
En el pasillo de su casa había una puerta.
Una pequeña puerta de madera al fondo.
Clara estaba segura de que nunca había estado allí.
No recordaba haberla visto antes.
Era vieja.
Oscura.
Y no tenía manija.
Solo una cerradura.
Exactamente del tamaño de la llave.
Esa noche escuchó susurros detrás de ella.
Voces débiles.
Como si muchas personas hablaran al mismo tiempo.
—No...
—No abras...
—Por favor...
Pero entre todas las voces había otra.
Más fuerte.
Más cercana.
—Abre.
Clara intentó ignorarla.
Durante tres noches no se acercó a la puerta.
Pero la curiosidad fue creciendo.
Hasta que, a las 2:22 a.m. de la cuarta noche, tomó la llave.
Caminó por el pasillo.
Las luces comenzaron a parpadear.
El aire se volvió helado.
Y las voces empezaron a gritar.
—¡NO ABRAS!
—¡CORRE!
—¡NO LA DEJES SALIR!
Las manos de Clara temblaban.
Pero aun así introdujo la llave.
Click.
La cerradura giró.
La puerta se abrió lentamente.
Del otro lado no había una habitación.
Ni un armario.
Ni una pared.
Solo oscuridad.
Una oscuridad tan profunda que parecía absorber la luz.
Y dentro de ella brillaban dos ojos enormes.
Observándola.
Esperando.
Entonces una mano larguísima salió de la negrura.
Después otra.
Y otra más.
Como si algo gigantesco estuviera intentando atravesar la puerta.
Clara la cerró de golpe.
¡BAM!
Las luces se apagaron.
Las voces desaparecieron.
Y el silencio llenó la casa.
A la mañana siguiente, la puerta había desaparecido.
La llave también.
Todo parecía normal.
Excepto por una cosa.
Cada noche, a las 2:22 a.m., Clara escucha tres golpes detrás de la pared de su dormitorio.
Toc.
Toc.
Toc.
Y una voz profunda que susurra:
"La próxima vez, abre un poco más."
Y lo peor es que Clara ya no vive sola.
Porque cada mañana encuentra huellas de barro en el pasillo.
Que vienen desde donde aquella puerta estuvo una vez.