Donde nace el miedo

El mensaje de la mañana

Daniel tenía la costumbre de dejar su celular cargando en la mesa de noche.
Una madrugada, a las 4:17 a.m., el teléfono vibró.
Despertó molesto y miró la pantalla.
Había recibido un mensaje.
Lo extraño era el remitente.
Daniel.
Su propio número.
Pensó que era un error.
Abrió el mensaje.
No salgas de casa hoy.
Se quedó confundido.
Intentó responder.
¿Quién eres?
La respuesta llegó al instante.
Soy tú.
Y solo me quedan unas horas.
Daniel sintió un escalofrío.
Era una broma, pensó.
Guardó el celular y siguió con su día.
A las 11:30 a.m. recibió otro mensaje.
Acabas de derramar café sobre tu camisa.
Miró hacia abajo.
En ese preciso momento, el vaso se volcó.
El café manchó su ropa.
Daniel se quedó inmóvil.
A las 2:15 p.m. llegó otro.
En cinco minutos sonará el teléfono.
No contestes.
Exactamente cinco minutos después, sonó.
Número desconocido.
Daniel no respondió.
Cuando buscó el número en internet, descubrió que pertenecía a una persona fallecida hacía años.
Esa noche recibió otro mensaje.
Mañana a las 8:43 p.m. morirás.
Daniel dejó caer el celular.
Durante horas intentó convencerse de que alguien lo estaba engañando.
Pero todos los mensajes anteriores se habían cumplido.
Desesperado, pasó el día siguiente encerrado en casa.
Puertas cerradas.
Ventanas bloqueadas.
Nada podía pasar.
A las 8:30 p.m. sonrió por primera vez.
—Lo logré.
Faltaban trece minutos.
Entonces recibió un último mensaje.
No entendiste.
No estoy intentando asustarte.
Daniel escribió con manos temblorosas:
¿Entonces qué intentas hacer?
La respuesta tardó unos segundos.
Intento advertirte de mí.
En ese instante alguien llamó a la puerta.
Toc. Toc. Toc.
Daniel se quedó congelado.
Miró el reloj.
8:41 p.m.
Toc. Toc. Toc.
Se acercó lentamente a la mirilla.
Y sintió que el corazón se detenía.
Del otro lado estaba él.
La misma cara.
La misma ropa.
Pero más viejo.
Más pálido.
Con profundas ojeras.
El hombre levantó el celular.
El suyo vibró al mismo tiempo.
Llegó el último mensaje.
Ya llegué.
Las luces de la casa se apagaron.
Y los vecinos, al día siguiente, encontraron la puerta abierta.
La casa estaba vacía.
Solo había un teléfono sobre la mesa.
Con un mensaje nuevo enviado a un número desconocido:
No abras la puerta mañana a las 8:41 p.m.
Atentamente, tú. 📱😨🌑
👁️ Y desde entonces, cada persona que recibe ese mensaje descubre algo aterrador:
El número del remitente siempre es el suyo propio.




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