Donde nacen las pesadillas

CAPÍTULO UNO

DIMENSIÓN DEL CUBO

REALIDAD

CAPÍTULO UNO

Días antes de que terminara el verano, recibí una carta del Colegio de Desterradores. Me la entregó mi madre. Una parte de mí, no quería abrirla por no llevarme un chasco. Pero por otra parte, si no la abría, nunca descubriría si sería un desterrador. Me latía fuerte el corazón. Con ella en la mano, me dirigí al cuarto. Pero mi querida madre, me preguntó si tenía pensado guardarme la noticia para mí solo. Sonreí. Ella también sonrió. Luego dijo que fuera al salón, en dónde podíamos leer la carta juntos. Le hice caso.

—Espero haber aprobado —dije tras suspirar.

—Seguro que sí has aprobado, cariño. Si no, tienes otra oportunidad el año que viene.

Yo no quería tener una segunda oportunidad, quería entrar a la primera, como muy probablemente haría Francis.

—Abre la carta.

—Voy.

La abrí y comencé a leer de arriba abajo. Pero antes de que pudiera darme cuenta de que había sido admitido, mi madre, soltó un grito ensordecedor. Casi me explota el tímpano. Mi niño es un desterrador

como su padre, dijo. Y me abrazó de tal manera que pude sentir sus cálidas mejillas. Habría gritado como ella de haber estado con Francis, que, seguramente, había sido aceptado. Pero no lo hice. Cuando mi querida madre terminó de abrazarme, le dije que tenía que hacer una llamada. Ella me preguntó si iba a llamar a mi padre. Le dije que no.

—¿Estás dentro, Francis? —pregunté tras levantarme del sillón.

—¿Y tú? —preguntó él.

—Sí.

—Yo no…

—¿Cómo dices?

Francis no era una persona que se dedicara a hacer bromas. La única broma que me había hecho en toda su vida no era una broma, sino una ilusión que consistía en cortarse el dedo con el pulgar.

Fue tal el silencio que reinó en el salón, que mi madre me preguntó qué ocurría. No la contesté.

—Gregor, ¿estás ahí?

—Sí, estoy aquí.

—Es una broma.

Menuda broma me había hecho. Por un momento, pensé en renunciar ese año a ser desterrador. Pero cuando me reveló que todo había sido una broma, no tuve más remedio que lanzarle un improperio mientras me alejaba lo máximo posible de mi madre para que no lo oyera. No sirvió de nada. Aun así, me llamó la atención. Me preguntó con quién estaba hablando. Le dije que con Francis. Ella se alegró de oír su nombre y me preguntó qué tal le había ido. Le contesté que había pasado las pruebas. Le dio la enhorabuena. Él contestó gracias. Al cabo de unos segundos, mi padre llamó a mi madre por teléfono. Me dijo que debíamos ir a casa de Francis, en donde estaba él. Antes de irnos, mi madre cogió una bolsa de su habitación. Parecía un regalo.

Cuando llegamos, nos recibió Matrierca. Ella me dio la enhorabuena, un fuerte abrazo, y nos invitó a pasar.

Fui al salón, en donde me encontré sentados a Fran, padre Francis, y a mi padre. Estaban bebiendo. Ellos me dieron la enhorabuena. Más todavía mi padre, quien se levantó para darme un beso y un abrazo. Nunca había hecho tal cosa. Cuando se separó, le pregunté por Francis. Me respondió que estaba fuera, en la terraza. Tuve intenciones de ir a verlo, pero antes de que sucediera tal cosa, Fran le llamó. Francis apareció por la puerta. Y dijo:

—Desterrador Gregor.

Sonreí. Y contesté:

—Así es, desterrador Francis. Lo hemos conseguido.

Durante unos segundos, el salón permaneció en silencio. Seguramente, por nosotros. Éramos una familia de desterradores unida más que por lazos de sangre de amistad. Era fabuloso. La madre de Francis dijo que ahora volvía, que quería hacernos un par de fotos. Mi madre le dijo a Matrierca que pensaba en todo.

Al volver de la habitación, ella nos dijo que saliéramos fuera. Nos dijo que nos pusiéramos bien juntos. Él y yo nos pegamos y nos rodeamos el cuello. Como estábamos muy serios, nos dijo de sonreír. No lo hicimos. Las fotos salieron sosas, pero estaban cargadas de significado.

Terminada la sesión de fotos, nuestras madres nos entregaron un regalo. Los dos nos miramos. Francis preguntó qué era. Pero nadie dijo nada. Salvo abrirlo. Nuestros padres dijeron que nos iba a encantar, mucho más nuestras madres, que fueron quienes lo prepararon todo. Inmediatamente, comenzamos a desenvolverlos. Eran las pistolas oficiales de los desterradores. Pero estas eran especiales: tenían nuestros nombres grabados a la derecha. No podía creer lo que nos habían regalado, como tampoco pudo hacerlo Francis, al principio.

—Gracias —dijimos a la vez.

—¡Ahora sí que sois oficialmente desterradores! —exclamó mi padre—. ¡Y tenéis vuestras propias armas! ¡Y con vuestro nombre! Ni nosotros, chavales.

—Sí —dijo Fran sin añadir nada más.

—Una pregunta, papá. ¿Gregor y yo seremos compañeros?

—Claro.

—¿Patrullaremos juntos?

—¡Ah, eso! ¡Sí, sois compañeros de patrulla! —Francis y yo estrechamos nuestras manos—. Me encargué de eso hace mucho tiempo. Recuerda que soy el fundador de los Desterradores.




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