Donde nacen las pesadillas

CAPÍTULO TRES

CAPÍTULO TRES

Nada más levantarme, y verme mi madre, me preguntó qué tal había pasado mi primer día de trabajo. Le dije que bien salvo por el horrible homicidio que presenciamos Francis y yo en la finca de la ciudad. Se quedó helada. Hasta que reaccionó para decirme tuviera cuidado, tanto yo como Francis, dado que no quería enterrarnos. Yo le dije jocosamente que el único que me enteraría sería un sepulturero. No la hizo gracia. Fue tan poca la gracia que la hizo que sus ánimos se desplomaron un poco. ¿A quién se le ocurría hacer esa clase de bromas y auna madre? No era muy buena con las bromas. De hecho, casi la hago llorar. Se lo noté en el brillo de los ojos. Es por eso que la di un abrazo. Para cambiar de tema, cuando nos separamos, me preguntó si había podido descansar algo. Le respondí que sí. Aunque le fui sincera y le dije que me costó por el cambio de horario, al cuál estaba empezando a acostumbrar. Tras estas palabras, me pidió que le hiciera un favor, que fuera a la verdulería a comprarle unos cuantos tomates y plátanos macho. Le dije que con gusto iría a comprarlos. Ella me dio un billete de diez. Y tras repetirme qué no me no me demorara mucho, salí de casa.

La verdulería no quedaba lejos de casa. Había una al lado de casa. Sin embargo, de vez en cuando, me gustaba caminar de más no solo para tomar el aire, sino también, para ver qué a quién me encontraba por el camino, si es que me encontraba a alguien. No era un chico que tuviera muchos amigos. Pero de vez en cuando me gustaba tentar a la fortuna para ver si volvía a ver a alguno de mis antiguos compañeros. No vi a ninguno. De todas formas, tampoco era un placer que digamos para mí verlos, ya que en mi vida se atrevieron a hablarme como un igual. Tal vez se debiera a que no nací ahí. O pero aún, a mí color de piel. Algunas veces pensaba si mi suerte estaba ligado a la pigmentación de mi piel. Mas la mayoría de las veces, lo rechazaba. Solo porque hayaba comprensión.

Ya en la frutería, le dije al vendedor:

—Hola. ¿Dónde tenéis los plátanos machos?

—Ahí, debajo. ¿Lo ves?

—No.

—¿Cómo no lo vas a ver? Mira —dijo señalando ahora, estaba atendiendo a un cliente—, ¿ves los tomates? Pues están delante, al otro lado.

—¡Ah, ya los veo! Gracias.

Me acerqué a los plátanos no antes sin coger una bolsa y unos guantes. Cogí cinco. Cuando a mis espaldas, escuché la voz de alguien.

—Hola, Gregor.

—¡Hola, Palíria! ¿Qué haces tú por aquí?

—Te he visto y he decidido saludarte.

Quise preguntarle qué tal se encontraba pero no me atreví en absoluto. Es por eso que me quedé mudo durante un rato.

—¿Qué estás comprando?

—Plátanos macho. Y tomates, los cuales ahora cogeré. ¿Qué vas a comprar tú?

—No voy a comprar nada. No aquí.

—¿Entonces?

—Nada, quería saludarte como ya te he dicho.

—Entiendo.

—Oye, ¿ya eres oficialmente un desterrador?

—Sí. Y no he tenido la oportunidad de hacer nada acerca de lo de tu tío. Pero lo vi el otro día.

—¡Ah, viste a ese hijo de puta!

—Sí. Estaba hablando con una compañera y…

—Oye, tengo una idea.

—¿Cuál?

—¿Me acompañas a comprar pan?

—Claro que sí.

Dichas estad palabras, fui a la caja a pagar. Salimos de la frutería y nos dirigimos a la panadería. Durante un breve lapso de tiempo, no estuvimos hablando de nada más. Hasta que ellos dijo:

—¿Has visto las noticias?

—No. ¿Por qué?

—Porque han asesinado a dos personas.

—Lo sé. Francis y yo fuimos quiénes lo reportamos.

—¿Francis y tú estuvisteis en la zona del crimen?

—Así es.

—¡Qué horrible! ¿Visteis a alguien sospechoso?

—No. Pero vi algo. O eso creo, porque iba saltando entre la rama de los árboles.

—¿Entre las ramas de los árboles?

—Sí.

—Pues ten mucho cuidado, Gregor. No quisiera que te pasara nada. Eres mi único amigo sin contar a Durmónia y me pondría muy triste si te pasara algo. Me prometes que te vas a cuidar.

—Sí.

—Dejando esto a un lado: ¿Tienes novia?

—¿Quién? ¿Yo? No. ¿Por qué te preguntaste eso?

—¿Desde hace cuanto tiempo no tienes novia?

—Nunca he tenido novia —dije bromeando.

—¡No digas eso! —exclamó—. Tú y yo fuimos novios cuando éramos pequeños. ¿O te has olvidado que me quitabas el chupete para ponértelo en la boca?

—Eso no eran besos, Palíria —dije tiernamente.

Ella se detuvo.

—¿Qué ocurre?

—Te has olvidado de tu promesa, ¿verdad?

—¿Qué promesa? A ver qué haga memoria…




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