Donde nacen las pesadillas

CAPÍTULO CUATRO

CAPÍTULO CUATRO

Estaba durmiendo en mi habitación cuando alguien entró. Me pregunté quién podía ser. Subió las persianas.

—Hora de levantarse, Gregor —dijo mi padre.

Entre cerré los ojos.

—¿Qué hora es? —pregunté con un ojo abierto.

—Lamentablemente, la hora de trabajar.

—Si es una broma, no tiene gracia, papá —dije apoyándome sobre los codos—. Y, no tengo la ropa de trabajo.

—No importa. Date prisa. Lo que tenemos que hacer, lo tenemos que hacer nosotros, los desterradores —dijo poniendo sus manos en cada lado de la cintura—. !Vamos, levántate, nos están esperando! —comentó mientras salía de mi habitación.

—¿Quién nos espera? —quise saber.

—¡Sal de una vez, puñetas! —vociferó.

—Hay que joderse.

Me incorporé. Estaba molido. Me puse a mirar la hora. Era muy pronto para mí, pues ni me dio tiempo a descansar ocho horas, sino seis. Mi padre volvió a llamarme para salir del cuarto. Al principio no le hice caso, principalmente, porque me estaba desperezando. Sin embargo, cuando comencé a escuchar que venía a mi habitación, me levanté.

Me acerqué a la puerta principal. Y ahí le vi. Con aquella cara que ponía cuando llegaba tarde a algún lugar.

—¿Adónde vamos? — pregunté.

—A la playa —dijo—. Vámonos.

Él y yo salimos al pasillo.

—¿Volveréis a venir para cenar, cariño? —preguntó mi madre mientras cortaba yuca.

—No. Cenaremos fuera.

—Vale —dijo ella saliendo de la cocina para darle un beso—. Tened cuidado.

—Descuida —dijo mi padre—. Nos vamos, Solíria.

—¡Que os sea leve! —expresó mi madre cuando abrí la puerta.

Fui a llamar al ascensor.

Y cuando me di la vuelta, les vi abrazados como si estuvieran ambos bailando bajo la luz de la luna. En ocasiones, mis padres se ponían tiernos el uno con el otro. Se despedían como si no volvieran a verse nunca. Era tierno. No me daban envidia, pero cuanto más lo pensaba, me entraban unas ganas insospechadas de tener lo mismo que ellos tenían: amor. Pero no un amor cualquiera, sino uno constante y estable. Casi infantil. Un amor puro. Como el que tuve con Palíria hace años, si es que fue verdad. ¿Tendría alguna vez un amor como aquel? Ciertamente, dada mi soledad, lo dudaba.

—Papá.

—Nos vemos, Soliria

Entré al ascensor. Luego mi padre. Pulsé el bajo. Y descendimos.

Dentro del ascensor, me quedé mirando a mi padre a través del espejo. No porque quisiera admirarlo, sino porque quería saber si tenía algún desperfecto.

—¿Adónde vamos? —pregunté tras darme la vuelta.

—A la playa. Debemos limpiarla —respondió.

—¿Limpiarla de qué? —pregunté cuando llegamos a la planta baja.

—De camarones. Hay miles y miles en la playa.

—¿Han vuelto a caer camarones? —pregunté pasando.

—Así es.

—¿Y cabezas de hiena?

—No. Murciélagos. Pero no estaban cayendo. Algo raro está pasando de nuevo.

—¿Y luego por la noche tendré que trabajar?

—Sí.

—Vaya… —dije.

Mi padre y yo llegamos a la playa. Estaba repleto de camarones, y compañeros.

Hasta ese momento, jamás en mi vida había visto tantos crustáceos. Y eso que en mi vida había visto muchos. Estaban realmente buenos. Sin embargo, nos los comía desde que tenía catorce años por lo menos. Quería probarlos de nuevo. Pero hasta entonces, tendría que aguantarme.

—¿Ves las palas que hay ahí a lo lejos? —preguntó mi madre señalándolas con la mano.

—Sí —respondí.

—Pues ve a por ellas para meter los camarones en la red que hay en la tierra cavada.

—Vale.

Me iba a ir. Pero antes pregunté:

—¿Nos vas a ayudar tú también?

—No. Debo hablar con Fran sobre algo muy serio. Esto que está pasando…Me voy.

—¿Fran está aquí?

—No, él está con su madre.

—Antes de irte: ¿Podría saber de qué vais a hablar?

—¡Qué gracioso!

Él se fue hacia Fran, quien dijo algo extraño relacionado con las nubes. Algo como una brecha.

Quise oír de qué iban a hablar pero no podía estar ahí. Me echarían. O pero aún, me preguntarían.

Me fui.

Nada más llegar a la playa, cogí la pala y me puse a coger los camarones, los cuales llevaba hasta e hoyo.

Me pregunté por qué mi padre decía que algo extraño estaba pasando.

Quise preguntarle más acerca del tema. Pero sabía de antemano que no diría nada. Ciertamente, durante estos últimos días ocurrieron ciertas cosas extrañas, pero debían de tener explicación científica seguro. Aunque no descartaba la idea que pudieran tener un significado oculto, que fuera algo paranormal. Cosa de la que no era partidaria. Ya no. Porque no era un niño.




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