Nunca pensé que se podía sentir tanta soledad estando rodeada de personas.
Mi casa tiene voces. Hay personas que caminan de un lado a otro, conversaciones, risas, puertas que se abren y se cierran. A veces incluso hay momentos en los que todos están juntos. Y, sin embargo, hay una parte de mí que se siente completamente sola.
Es extraño explicarlo.
Porque cuando digo que me siento sola, quizás alguien podría pensar: “Pero si estás en tu casa, ¿cómo puedes estar sola?”
Y esa es precisamente la parte que más duele.
No estoy sola físicamente.
Estoy sola emocionalmente.
Hay días en los que quisiera contar cómo me siento, pero no encuentro las palabras. O quizás las encuentro, pero me da miedo decirlas. Miedo de que piensen que exagero. Miedo de que me digan que hay personas que están peor. Miedo de que mi tristeza sea una molestia para alguien.
Entonces me quedo callada.
Me encierro en mi habitación.
Y dejo que el silencio hable por mí.
A veces me siento en mi cama y simplemente miro alrededor. Veo mis cosas, mis paredes, mi teléfono, mi ropa, todo aquello que forma parte de mi pequeño espacio. Y pienso en lo extraño que es tener un lugar al que puedo llamar hogar y, aun así, no sentir que tengo un refugio.
Mi habitación se ha convertido en el lugar donde escondo todo lo que no puedo mostrar.
Aquí están mis lágrimas.
Aquí están mis pensamientos.
Aquí están las conversaciones que nunca tuve.
Aquí están todas las veces que quise decir “me duele” y terminé diciendo “no pasa nada”.
Quizás por eso escribo.
Porque cuando escribo no tengo que fingir.
No tengo que sonreír.
No tengo que decir que estoy bien.
Puedo simplemente ser yo.
Una persona que algunas veces se siente cansada.
Una persona que necesita cariño.
Una persona que quisiera sentirse importante para alguien.
Una persona que también quiere ser escuchada.
Y aunque todavía no sé cómo dejar de sentirme así, al menos encontré un lugar donde mis sentimientos pueden existir sin que nadie me diga que están mal.
Este libro es ese lugar.