He dicho “estoy bien” tantas veces que a veces hasta yo misma quiero creerlo.
“Estoy bien.”
Una frase pequeña.
Dos palabras.
Pero detrás de ellas puede esconderse una historia completa.
Cuando alguien me pregunta cómo estoy, muchas veces respondo automáticamente.
“Bien.”
Y sonrío.
Porque es más fácil sonreír que explicar.
Es más fácil decir que no pasa nada que contar todo lo que pasa dentro de mí.
Porque ¿cómo explicas una tristeza que no sabes de dónde viene?
¿Cómo explicas que puedes estar teniendo un día aparentemente normal y aun así sentir un vacío en el pecho?
¿Cómo dices que quieres llorar sin saber exactamente qué necesitas?
Por eso digo que estoy bien.
No porque realmente lo esté.
Sino porque muchas veces no sé qué pasaría si dijera la verdad.
Quizás nadie sabría qué responder.
Quizás cambiarían de tema.
Quizás pensarían que soy demasiado sensible.
Entonces prefiero callar.
Pero una parte de mí todavía espera que algún día alguien mire más allá de mi sonrisa.
Que note mis ojos cansados.
Que se dé cuenta cuando mi voz cambia.
Que me pregunte una segunda vez.
No quiero que alguien me obligue a hablar.
Solo quisiera sentir que, si algún día decido hacerlo, habrá alguien dispuesto a escucharme.