Mi habitación ha visto cosas que nadie más ha visto.
Ha visto mis mejores días, pero sobre todo ha visto mis peores noches.
Aquí he llorado hasta quedarme dormida.
Aquí he pensado demasiado.
Aquí he escrito mensajes que nunca envié.
Aquí he escuchado canciones que parecían describir exactamente lo que estaba sintiendo.
A veces me acuesto y abrazo una almohada imaginando que es alguien que realmente me entiende.
Puede sonar triste.
Pero hay momentos en los que un abrazo imaginario parece suficiente para sobrevivir una noche difícil.
Después llega la mañana.
Me levanto.
Me arreglo.
Hago mis cosas.
Y vuelvo a ser la persona que todos conocen.
Nadie sabe lo que ocurrió unas horas antes.
Nadie sabe que mientras ellos dormían, yo estaba intentando convencerme de que todo estaría bien.
Quizás esa es una de las cosas más extrañas de la tristeza:
El mundo continúa.
Afuera sale el sol.
Las personas siguen con sus vidas.
Los teléfonos siguen sonando.
La gente sigue riendo.
Y tú estás intentando encontrar fuerzas para levantarte de la cama.
Pero aun así me levanto.
Aunque me cueste.
Aunque haya llorado.
Aunque no tenga ganas.
Me levanto.
Y quizás eso también sea una forma de valentía.