Mi historia no es una de amor o fantasía, sino una de descubrimiento, en la que mi búsqueda de conocimiento me permitió entender lo pequeños que somos realmente.
El día 15 de febrero de 1996 acudí a la zona arqueológica de Teotihuacán, con el fin de aprender sobre sus estructuras y la cultura que la habitó en la antigüedad. Siempre sentí intriga sobre las pirámides que se alzan imponentes en la antigua ciudad, así como de la llamada calzada de los muertos, de las cuales pese a las múltiples investigaciones que se han realizado a lo largo del tiempo, poco se sabe.
Arribé al sitio alrededor de las siete de la tarde, cuando el lugar ya ha cerrado sus puertas al público general, con el fin de comenzar mi propio estudio. La construcción de sus monumentos y la orientación casi exacta de todo el lugar hacia los puntos cardinales siempre ha sido un misterio, y eso es lo que buscaba develar.
Me encontraba caminando por la calzada de los muertos mientras observaba las estrellas; tratando de entender la manera en que una civilización de un pasado tan lejano había conseguido tal precisión al edificar el recinto en el que ahora me encontraba.
Al llegar al final de la calzada pude ver imponente frente a mí la pirámide de la luna, sin embargo, hubo algo que llamó poderosamente mi atención; una entrada a la misma, la cual no debía existir y aun así ahí estaba, invitándome a entrar y revelar todos sus secretos.
Algo temeroso y a la vez emocionado por todo lo que allí me esperaba decidí adentrarme en aquel lugar; con linterna en mano me sumergí en las entrañas de lo que creí sería el descubrimiento que llevaría mi carrera hasta la cúspide, recorrí un pasaje inclinado por al menos cien metros hasta llegar a una cámara de aproximadamente quince metros cuadrados.
Estando ahí dentro no pude vislumbrar nada más que lo que parecía ser una mesa de piedra, que por imposible que pareciera no presentaba deterioro alguno y que en su base contenía inscripciones imposibles de entender que se encontraban acompañadas por imágenes que mostraban algún tipo de sacrificio ritual (algo común para la época en la que debió ser erigida).
Al acercarme más para poder ver aquellos grabados noté que la imposibilidad de su lectura no se debía a la distancia, sino a que no era un dialecto conocido, más bien se trataba de una lengua aún más antigua que los grandes imperios precolombinos, que debía ser el idioma que hablaron los primeros habitantes del ancestral lugar.
Aquellos símbolos e ilustraciones continuaban por toda la base de la mesa, mostrando un ritual poco comprensible, pues al contrario de mi primera impresión no se mostraba ningún sacrificio, o al menos no a simple vista, sin embargo, al agudizar más la mirada noté como lo que creí se trataba de simples grietas en la piedra se alineaban a la perfección con los cuerpos ahí plasmados. Al ver eso sentí unas nauseas incontrolables y mi cuerpo se sintió débil causando que me desvaneciera.
Al despertar me encontraba nuevamente de pie frente a la pirámide, sin poder entender lo que había pasado, era como si todo aquello hubiera sido solo una ilusión en la que horas se volvieron solo segundos, y aquellas náuseas que me habían invadido aún prevalecían. Traté de convencerme de que todo fue solo producto de mi imaginación, sin embargo, algo en el aire se sentía mal.
No pude hacer nada más allá de dar la vuelta y regresar a mi campamento, tratando de comprender lo sucedido, con la firme convicción de volver a la noche siguiente para continuar con mi investigación; al llegar a mis aposentos traté de dormir aún confundido.
Esa misma noche tuve un sueño en el que me vi recostado en la cama de piedra, rodeado por la noche estrellada, sin paredes, algunas personas y los astros contemplándome mientras yacía inmóvil, incapaz de comprender por qué estaba ahí. Fue entonces que una de aquellas personas se acercó a mí para trazar líneas en mi cuerpo con alguna tintura todas orientadas en una misma dirección.
En ese momento pude sentir como la tierra comenzó a estremecerse; observé a las estrellas agitarse como avispas listas para atacar. Entonces desperté… empapado en sudor y completamente aturdido me levanté y miré rápidamente a mi alrededor para darme cuenta de que me encontraba totalmente solo en mi casa de campaña. Pero eso no me tranquilizó.
Al ver mi cuerpo pude notar ligeros rasguños en donde aquella persona colocó las líneas. Fue como si aquellas marcas me hubieran seguido a la realidad; no podía entender cómo era posible y eso solo hizo que quisiera saber más sobre aquel lugar y los secretos que albergaba.
No pude volver a dormir esa noche debido a la inquietud que ese sueño me provocó, aunado a la necesidad casi obsesiva que ahora sentía por entender a la ciudad que hace solo unas horas había visitado, continué divagando entre pensamientos hasta el amanecer; todos ellos vinculados a la pirámide y la misteriosa cámara en la que me adentré.
Mi día transcurrió con normalidad, los rasguños que vi la noche anterior en mi cuerpo ya no se encontraban presentes y por un momento creí que todo fue producto del malestar que sentí al volver de la extraña visión frente a la pirámide. Llegada la tarde ingresé nuevamente al recinto decidido a seguir con mi trabajo, esta vez sin interrupciones; al llegar a la escalinata que me conduciría hasta la cima de la pirámide de la luna no hubo puertas ni pasadizos, únicamente las ruinas de una ciudad.
Así que comencé mi ascenso a la cima de la pirámide, ahora más convencido de que todo había sido solo una alucinación. Subí por algún tiempo hasta llegar al final de las escaleras, sin saber que no encontraría lo que esperaba.
Al dar el último paso de mi ascenso, no encontré un lugar vacío; en cambio pude contemplar frente a mí aquella mesa de piedra, con sus grabados ahora desordenados, ver aquello me hizo retroceder provocando que casi cayera por las escaleras que acababa de subir.