Donde nos alcanzan las estrellas

CAPÍTULO 1: El eco de los motores rotos (Parte 1)

El cielo sobre la Ruta 40 no era negro; era de un violeta hematoma, un color que dolía a la vista y que parecía presagiar que algo estaba a punto de quebrarse. Lía Valverde apretó los dedos contra el volante de su viejo sedán gris hasta que sus nudillos se volvieron blancos, mimetizándose con la palidez de su piel. Llevaba diez horas huyendo de un código postal, de un apellido y de una sensación de asfixia que se le instalaba en la base de la garganta cada vez que miraba por el retrovisor.

No es que alguien la estuviera siguiendo físicamente —o al menos eso quería creer—, pero el pasado tiene una forma muy particular de correr más rápido que un motor de cuatro cilindros.

Lía se miró un segundo en el espejo. Sus rasgos, que siempre habían tenido una elegancia natural y casi aristocrática, estaban ahora afilados por el agotamiento. Su nariz, recta y decidida, parecía apuntar hacia un horizonte que no terminaba de llegar, y sus labios, que solían curvarse en una sonrisa que iluminaba habitaciones enteras, estaban ahora apretados en una línea de amargura. Sus ojos, de ese tono profundo y magnético que guardaba la luz de las estrellas que aún no habían salido, estaban inyectados en sangre por la falta de sueño.

De pronto, un sonido metálico, un clac-clac-clac rítmico y siniestro, empezó a emanar del capó.

—Ahora no, por favor. Ahora no —susurró, y su voz sonó pequeña en la inmensidad del desierto.

El coche tosió una última vez y se detuvo por inercia justo frente a los surtidores de "El Último Refugio", una estación de servicio que parecía un set de filmación abandonado. El letrero de neón, que alguna vez debió ser rojo vibrante, parpadeaba con un zumbido eléctrico, iluminando intermitentemente el rostro de Lía como si fuera una fotografía antigua de una escena del crimen.

Bajó del coche y el aire gélido de la meseta le golpeó el rostro, recordándole que estaba sola. O eso pensaba.

A menos de cinco metros, una furgoneta Volkswagen de los años ochenta, color arena y cubierta de una costra de polvo y sal, ocupaba el único surtidor que parecía estar en condiciones. Junto a ella, un hombre peleaba con la manguera de gasolina como si estuviera luchando con una serpiente.

Bruno Álvarez no era el tipo de hombre que pasaba desapercibido, incluso en la oscuridad. Era alto, de hombros anchos que parecían sostener el peso de una estructura invisible, y vestía una chaqueta de cuero desgastada que había visto mejores décadas. Su mandíbula estaba tan tensa que Lía juraría haber escuchado el crujir de sus dientes desde donde estaba.

—Maldita chatarra —gruñó él. Su voz era barítono, una vibración baja que cortó el viento.

Lía se quedó inmóvil junto a su puerta abierta. Observó los movimientos de Bruno: eran precisos pero cargados de una frustración contenida. Él no estaba simplemente enfadado con el surtidor; estaba enfadado con el mundo. Cuando él finalmente se rindió y soltó la manguera con un golpe seco, sus miradas se cruzaron.

Fue un impacto silencioso. Bruno la recorrió con la vista, no con la lascivia de un extraño en la carretera, sino con la suspicacia de un animal herido que encuentra a otro de su especie. Se fijó en su postura defensiva, en la forma en que ella protegía su bolso contra el costado, y en esos ojos que, a pesar del miedo, le devolvían la mirada sin parpadear.

—Si esperas llenar el tanque, mejor busca un milagro —dijo Bruno, rompiendo el hechizo. Se pasó una mano por el cabello revuelto, revelando una cicatriz apenas visible cerca de la sien—. El sistema está bloqueado. El viejo que atiende esto se quedó dormido o se murió hace dos horas, y la máquina no acepta tarjetas ni voluntad propia.

Lía tragó saliva. El frío empezaba a calar en sus huesos.

—Mi coche... creo que ha muerto definitivamente —dijo ella, señalando el humo que empezaba a filtrarse por las juntas del capó.

Bruno caminó hacia ella. Cada paso que daba era lento, evaluativo. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Lía pudo olerlo: tabaco, gasolina y algo que recordaba a la lluvia sobre tierra seca. Un olor peligrosamente masculino y extrañamente reconfortante.

—Tienes la junta de la culata fundida, Valverde —dijo él.

Ella frunció el ceño, dando un paso atrás.

—¿Cómo sabes mi nombre?

Bruno señaló con la barbilla una carpeta de documentos que asomaba por el asiento del copiloto, donde el nombre "Lía Valverde" destacaba en letras de molde.

—Soy observador. Es un defecto de fábrica.

Él regresó a su furgoneta y le dio una palmadita al lateral de metal oxidado.

—Yo tengo una van que funciona, pero no tengo ni idea de cómo salir de este sector sin meterme en la boca del lobo. Los mapas digitales no cargan y las señales de tráfico aquí son sugerencias para suicidas.

Lía miró su coche, un ataúd de metal gris, y luego miró la furgoneta de Bruno. Sabía que subir al vehículo de un extraño en mitad de la noche era el comienzo de todas las películas de terror que su madre le prohibía ver. Pero también sabía que quedarse allí era morir de otra forma: ser alcanzada por lo que había dejado atrás.

—Yo tengo un mapa físico —mintió Lía con una seguridad que no sentía, recordando el atlas ajado que guardaba en la guantera—. Y sé leer las estrellas si hace falta. Pero no tengo motor.

Bruno dejó escapar una risa corta y carente de alegría.

—Un trato justo. Tú pones la dirección, yo pongo los caballos de fuerza. Pero te advierto una cosa, Lía Valverde: no hago preguntas y no respondo ninguna. No creo en las promesas de "llegaremos bien". Solo creo en los kilómetros que quedan por delante.

—Me parece perfecto —respondió ella, caminando hacia su maletero para sacar la única maleta que contenía su vida entera—. Yo dejé de creer en las promesas antes de aprender a caminar.



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En el texto hay: aventura, amor

Editado: 26.02.2026

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