Donde nos alcanzan las estrellas

CAPÍTULO 1: El eco de los motores rotos (Parte 2)

El sonido del portón lateral de la furgoneta al cerrarse fue como un disparo en la quietud de la noche. Un golpe de metal contra metal que selló el pacto. Lía se vio obligada a dejar su coche atrás, abandonado a su suerte bajo la luz intermitente del neón, como una piel muerta de la que acababa de desprenderse.

—Sube. No tenemos toda la noche —ordenó Bruno desde el asiento del conductor.

Lía se acomodó en el asiento del copiloto. El interior de la van olía a una mezcla de café frío, herramientas de hierro y un rastro de algún perfume antiguo que no encajaba con la apariencia de Bruno. El tablero estaba cubierto por una fina capa de polvo, excepto en los diales, que brillaban por el uso constante. Había algo profundamente íntimo en estar dentro del vehículo de alguien; era entrar en su santuario, o en su celda.

Bruno arrancó. El motor de la Volkswagen tosió, protestó con un quejido agudo y finalmente rugió con una vibración que Lía sintió en la base de su columna vertebral. Él puso primera y la furgoneta comenzó a rodar, alejándose de la estación de servicio.

Durante los primeros diez kilómetros, el silencio fue un tercer pasajero. Un silencio denso, cargado de sospechas. Lía mantenía la espalda rígida, observando cómo los faros cortaban la negrura de la carretera, revelando arbustos secos que parecían garras saliendo de la tierra.

—¿A dónde vas realmente? —preguntó Bruno sin apartar la vista del asfalto. Su perfil, bajo la luz tenue del tablero, era una sucesión de ángulos duros: la frente prominente, los pómulos marcados y esa nariz que le daba un aire de ave de presa.

—Dijiste que no harías preguntas —respondió Lía, apretando su bolso contra su regazo.

—Dije que no haría preguntas sobre tu pasado. Pero si vas a sentarte en mi asiento derecho, necesito saber si voy a terminar en una zanja porque alguien te está buscando con una escopeta.

Lía soltó un suspiro trémulo. Se miró las manos; sus dedos eran largos y elegantes, pero ahora estaban manchados de la grasa del coche muerto.

—Nadie me busca con una escopeta, Álvarez. Al menos, no físicamente. Solo... necesito estar lejos. Donde el ruido de la ciudad no me recuerde quién se supone que debo ser.

Bruno apretó el volante. Sus manos eran grandes, con cicatrices en los nudillos que hablaban de una vida que no se había vivido precisamente en bibliotecas.

—El ruido te sigue, Valverde. Da igual a qué velocidad vayas. Puedes cruzar el continente entero y, cuando apagues el motor, el silencio te recordará exactamente lo que intentas olvidar.

Lía lo miró de reojo. Había una sabiduría amarga en sus palabras, una que solo se adquiere a base de cometer los mismos errores una y otra vez.

—Parece que hablas por experiencia.

—Hablo porque llevo seis meses sin dormir más de cuatro horas seguidas en el mismo sitio —contestó él, y por primera vez, una sombra de vulnerabilidad cruzó su rostro antes de que volviera a endurecerse—. Mira el mapa. Hay una bifurcación a unos kilómetros. Si nos equivocamos, terminaremos en las salinas, y ahí no hay nada más que sal y huesos.

Lía abrió el atlas físico sobre sus piernas. La luz del habitáculo era tan débil que tuvo que inclinarse hacia adelante. Sus movimientos hicieron que su cabello rozara el hombro de Bruno. Fue un contacto mínimo, apenas un segundo, pero ambos se tensaron. Ella sintió el calor que emanaba de él, una energía contenida que contrastaba con el frío que sentía en su propio cuerpo. Él, por su parte, apretó la mandíbula hasta que le dolió, obligándose a ignorar el aroma a jazmín y miedo que ella desprendía.

—A la izquierda —dijo ella con voz firme, señalando una línea casi invisible en el papel—. Hay un pueblo llamado 'Valle Estrellado'. No figura en los GPS modernos porque la carretera principal lo dejó de lado hace veinte años.

—Valle Estrellado... —repitió Bruno con ironía—. Suena al tipo de lugar donde la gente va a desaparecer o a que la maten.

—O a ambas cosas —susurró Lía, volviendo a mirar por la ventana.

De repente, una luz brillante apareció en el espejo retrovisor. Un par de faros potentes, demasiado altos para ser un coche común, aparecieron de la nada, ganando terreno a una velocidad alarmante.

Bruno miró el espejo y su expresión cambió. Ya no era solo frustración; era alerta máxima.

—¿Dijiste que nadie te seguía, Valverde?

Lía se giró en el asiento, con el corazón martilleando contra sus costillas como un pájaro enjaulado. Los faros del vehículo trasero los cegaron por completo.

—No debería... no puede ser él —balbuceó, y el pánico en su voz fue la respuesta que Bruno no quería escuchar.

—Sujétate —dijo él, metiendo una marcha más larga y pisando el acelerador a fondo.

La vieja furgoneta gimió bajo el esfuerzo, y el viaje que apenas comenzaba se convirtió, en un segundo, en una persecución por la supervivencia.



#5148 en Novela romántica
#1484 en Chick lit
#1262 en Novela contemporánea

En el texto hay: aventura, amor

Editado: 26.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.