El mundo exterior se convirtió en un borrón de sombras y luces agresivas. Los faros del vehículo que los acechaba golpeaban el espejo retrovisor con la precisión de un escalpelo, cegando a Bruno. Lía hundió las uñas en el tapizado del asiento, sintiendo cómo el relleno de espuma cedía bajo su peso.
—¡Están ganando terreno! —gritó ella, con la voz quebrada por un pánico que no lograba esconder.
Bruno no respondió. Sus manos, antes tensas, ahora se movían con una calma gélida sobre el volante. Era la calma de alguien que ha estado en el centro del huracán demasiadas veces. Redujo una marcha, haciendo que el motor de la furgoneta emitiera un lamento metálico que pareció retumbar en los pulmones de Lía, y luego, sin previo aviso, apagó las luces delanteras.
La oscuridad total los tragó.
—¡¿Qué haces?! —exclamó Lía, cerrando los ojos con fuerza, esperando el impacto contra una roca o el vacío de un barranco.
—Confía en el mapa que dijiste tener, Valverde —gruñó Bruno entre dientes—. Hay un desvío de ripio a trescientos metros. Si no lo veo, estamos muertos. Si lo veo, ellos pasarán de largo.
Fueron los diez segundos más largos en la vida de Lía. El silencio dentro de la cabina era absoluto, roto solo por el siseo del viento contra las ventanas mal selladas. De pronto, Bruno dio un volantazo violento a la derecha. La furgoneta saltó, las ruedas derraparon sobre la grava suelta y el chasis crujió como si fuera a partirse en dos. Lía salió despedida hacia adelante, pero el brazo de Bruno, sólido como una barra de hierro, se interpuso entre ella y el tablero, frenando el impacto de su pecho.
Él mantuvo el brazo allí un segundo más de lo necesario, sintiendo los latidos desbocados del corazón de Lía a través de su abrigo, antes de soltarla y frenar en seco detrás de una formación rocosa que se alzaba como un gigante dormido.
A través de la luneta trasera, vieron cómo los faros del otro vehículo pasaban a toda velocidad por la carretera principal, perdiéndose en la distancia hacia el norte.
Bruno soltó un suspiro largo y pesado, dejando caer la cabeza contra el respaldo. El sudor le perillaba la frente. Lía, temblando de forma incontrolable, se llevó las manos a la cara.
—¿Quiénes eran? —preguntó Bruno. Esta vez no fue una orden, sino una pregunta cargada de un cansancio infinito.
—No lo sé... No estoy segura —mintió ella, aunque la imagen de un sedán negro con vidrios polarizados se repetía en su mente como una pesadilla—. Pero gracias. Me has salvado.
—No te he salvado de nada —la cortó él, volviendo a encender las luces, esta vez en su posición más baja—. Solo he pospuesto lo inevitable. Nadie corre así por la Ruta 40 a estas horas a menos que esté cazando algo. O a alguien.
Conducieron veinte minutos más por el camino de ripio, alejándose de la arteria principal hasta que las señales de civilización desaparecieron por completo. Finalmente, llegaron a los límites de lo que alguna vez fue Valle Estrellado. No era un pueblo; eran apenas cuatro o cinco construcciones de adobe y madera, devoradas por la arena y el olvido. En el centro, una vieja iglesia con el techo hundido parecía vigilar las ruinas.
Bruno detuvo la van frente a lo que parecía ser un antiguo almacén de ramos generales, ahora vacío. El motor se detuvo con un último suspiro de alivio.
—Dormiremos aquí —sentenció él—. Mañana, cuando salga el sol, decidiremos si seguimos siendo socios o si cada uno tira por su lado.
Lía bajó de la furgoneta. Sus piernas se sentían como gelatina. Al levantar la vista, el aire se le escapó de los pulmones. Sobre ellos, el cielo se abría en una exhibición obscena de estrellas. Eran tantas y tan brillantes que parecían querer caer sobre la tierra, asfixiando la oscuridad con su luz fría y distante.
—Es hermoso —susurró ella, abrazándose a sí misma para combatir el frío que ahora superaba los cero grados.
Bruno bajó también y se apoyó contra el capó caliente, encendiendo un cigarrillo. La brasa roja iluminó momentáneamente sus ojos, que por un instante perdieron su dureza al mirar hacia arriba.
—Las estrellas son mentirosas, Valverde —dijo él, soltando el humo con parsimonia—. Lo que ves es luz de algo que probablemente ya murió hace millones de años. Miramos el pasado creyendo que es el presente.
Lía se giró para mirarlo. La luz plateada de la noche caía sobre él, suavizando sus rasgos y revelando la profunda soledad que habitaba en el rincón de sus labios.
—Quizás por eso nos gustan tanto —respondió ella—. Porque nos recuerdan que, aunque algo se haya roto, su luz puede seguir viajando.
Bruno no contestó. Simplemente tiró la colilla al suelo y la aplastó con la bota.
—Entra en la van. El frío de la madrugada no perdona, y tus ojos me dicen que si no cierras los párpados ahora, te desmayarás antes de que pueda ofrecerte una manta.
Lía asintió en silencio. Esa noche, encerrados en el pequeño cubículo de metal, rodeados por el silencio sepulcral de un pueblo muerto y bajo el peso de un cielo infinito, Lía Valverde y Bruno Álvarez durmieron a menos de un metro de distancia. Dos extraños unidos por el miedo, la gasolina y una carretera que no figuraba en ningún mapa, pero que empezaba a dibujarse bajo sus pies.