Donde nos alcanzan las estrellas

CAPÍTULO 2: La luz de los náufragos (Parte 1)

El amanecer en el desierto no tiene piedad. No es una transición suave, sino un estallido de tonos ocres y anaranjados que golpean el metal de la furgoneta como si quisieran fundirlo. Lía despertó con el cuerpo agarrotado, encogida en el asiento del copiloto con su propia chaqueta como única protección contra el frío que se filtraba por las juntas de las puertas.

Lo primero que registró fue el sonido de una respiración acompasada. Giró la cabeza con lentitud, sintiendo el crujido de su cuello. Bruno estaba allí, a menos de un brazo de distancia. Se había quedado dormido en el asiento del conductor, con la cabeza apoyada contra la ventanilla y los brazos cruzados sobre el pecho.

Sin la armadura de su mirada gélida, Bruno parecía diferente. La luz del alba se filtraba por el parabrisas sucio, iluminando los detalles que la noche había ocultado: las líneas de expresión que nacían en las comisuras de sus ojos —surcos tallados por años de fruncir el ceño al sol o a la vida— y la barba de varios días que ensombrecía su mandíbula. En ese estado de vulnerabilidad absoluta, Lía se permitió observarlo. Había algo en la estructura de su rostro que hablaba de una nobleza perdida, de alguien que no siempre había sido un fugitivo de carretera.

Lía se movió con cuidado para alcanzar su bolso, pero el roce de su tela contra el cuero del asiento fue suficiente.

En un parpadeo, Bruno estaba despierto. No hubo bostezo, ni confusión de vigilia. Sus ojos se abrieron de golpe y su mano derecha se disparó instintivamente hacia el compartimento de la puerta, como si buscara algo para defenderse. Al ver a Lía, sus hombros bajaron apenas un centímetro, pero la tensión no abandonó su rostro.

—Tienes el sueño ligero —murmuró Lía, con la voz rota por el desuso.

—Dormir profundamente es un lujo que no puedo permitirme, Valverde —respondió él, frotándose la cara con las manos. Sus dedos eran largos y callosos—. ¿Has chequeado afuera?

—No me he atrevido a abrir la puerta todavía.

Bruno asintió, estirando sus largos miembros dentro del espacio reducido de la cabina. Abrir la puerta fue como romper un sello al vacío. El aire seco de la mañana entró de golpe, trayendo consigo el olor a salvia y tierra vieja.

Salieron de la van y se encontraron con la realidad de Valle Estrellado bajo la luz del sol. Si de noche parecía una pesadilla, de día era un cementerio de esperanzas. Las casas de adobe se estaban desmoronando, convirtiéndose de nuevo en el polvo del que salieron. El antiguo almacén frente al que habían aparcado conservaba un cartel de madera podrida donde apenas se leía: "Provisiones".

Bruno caminó hacia la parte trasera de la van y sacó un pequeño hornillo de gas y una cafetera de metal abollada. Sus movimientos eran mecánicos, propios de alguien que ha convertido la carretera en su hogar.

—¿Qué vamos a hacer con lo de anoche? —preguntó Lía, acercándose a él. Se sentía expuesta en medio de ese espacio abierto, como si los faros del coche negro pudieran aparecer en cualquier momento en la cresta de la colina.

Bruno no levantó la vista mientras encendía el fuego.

—Lo de anoche fue una advertencia. Si ese coche te busca a ti, ya saben qué dirección tomaste. Si me buscan a mí... —hizo una pausa, y por un segundo, el fuego del hornillo se reflejó en sus pupilas—. Bueno, si me buscan a mí, deberías haberte quedado en la estación de servicio. Tu coche fundido era más seguro que mi compañía.

Lía lo miró fijamente. Su piel, bajo el sol implacable, recuperaba ese tono cálido que la caracterizaba, resaltando la profundidad de sus ojos. No era una mujer que se asustara fácilmente, o al menos, había aprendido a esconder el miedo debajo de capas de una dignidad férrea.

—No creo que me busquen a mí —dijo ella, aunque su tono no fue del todo convincente—. Mi salida fue... discreta. Nadie debería saber que tomé la Ruta 40.

—"Debería" es una palabra muy peligrosa, Lía —Bruno se puso de pie, quedando a escasos centímetros de ella. La diferencia de altura la obligó a inclinar la cabeza hacia atrás—. En este mundo, o eres el cazador o eres la presa. Y por la forma en que mirabas el retrovisor anoche, sé que no eres la que lleva el arma.

El silencio que siguió fue interrumpido por el gorgoteo del café. El aroma era intenso, casi violento en medio de tanta aridez. Bruno vertió el líquido oscuro en dos tazas de plástico descascarilladas y le tendió una.

—Tómalo. Lo vamos a necesitar. Tenemos que decidir si seguimos por el ripio hacia la frontera o si intentamos volver a la civilización.

Lía aceptó la taza. El calor le reconfortó las manos, pero sus palabras la dejaron helada.

—Si volvemos atrás, me encontrarán.

—Y si seguimos adelante, es posible que nos perdamos para siempre —replicó él, mirándola con una intensidad que la hizo apartar la vista—. Dime la verdad, Valverde. ¿Qué hay en esa maleta que vale tanto como para arriesgarse a morir de sed en este agujero?

Lía apretó la taza entre sus dedos. Los secretos que guardaba pesaban más que cualquier equipaje físico, y por primera vez desde que subió a esa van, se preguntó si Bruno era su salvador o simplemente el siguiente capítulo de su tragedia.



#5148 en Novela romántica
#1484 en Chick lit
#1262 en Novela contemporánea

En el texto hay: aventura, amor

Editado: 26.02.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.