El café era amargo, cargado de sedimentos, pero quemaba de una forma que devolvía la sensación de realidad a las venas de Lía. Se sentó en el parachoques trasero de la van, observando cómo Bruno inspeccionaba el motor. Él se había quitado la chaqueta de cuero, revelando una camiseta negra de algodón que se ajustaba a sus hombros anchos y evidenciaba la tensión de sus músculos mientras manipulaba una llave inglesa.
—La correa del alternador está pidiendo clemencia —masulló él sin mirarla—. Si se corta en mitad de la salina, seremos comida para los buitres antes de que pase el próximo camión de contrabando.
Lía dejó su taza a un lado. El sol ya empezaba a picar en su piel, resaltando ese tono cálido y dorado que mencionaban sus rasgos registrados. Se acercó a él, invadiendo ese espacio personal que Bruno defendía como una trinchera.
—Déjame ayudar —dijo ella. No era una pregunta.
Bruno soltó una risa seca, pero no la apartó.
—¿Sabes algo de mecánica, Valverde? ¿O solo sabes leer mapas que no existen?
—Sé seguir instrucciones. Y tengo las manos más pequeñas que las tuyas; puedo alcanzar ese tornillo que estás intentando aflojar sin éxito desde hace cinco minutos.
Él se detuvo. La miró de reojo, evaluando la determinación en su rostro: la nariz recta, la barbilla alzada con un orgullo que no encajaba con su situación de fugitiva. Finalmente, le tendió la llave inglesa. Sus dedos se rozaron; la piel de Bruno estaba caliente y áspera, llena de pequeñas cicatrices de trabajos manuales, mientras que la de Lía era suave pero firme. El contacto eléctrico hizo que ella contuviera el aliento por un segundo.
—Abajo a la izquierda, junto al bloque térmico —indicó él, su voz bajando un octavo de tono, volviéndose más ronca—. Gira hacia la derecha. Con fuerza.
Lía se inclinó sobre el motor abierto. El calor que emanaba de la máquina y el cuerpo de Bruno, que se mantenía cerca para vigilar su movimiento, la rodeaban por completo. Podía oler el metal, el aceite y ese aroma a hombre y carretera que empezaba a resultarle peligrosamente familiar. Con un esfuerzo que le hizo apretar los dientes, giró la herramienta hasta que escuchó el clac de la pieza cediendo.
—Hecho —dijo ella, irguiéndose y limpiándose una mancha de grasa en la mejilla, lo que solo consiguió extenderla sobre su pómulo.
Bruno la observó en silencio durante un latido demasiado largo. Había algo en la forma en que ella no se quejaba de la suciedad ni del calor que empezaba a resquebrajar su desconfianza.
—No eres una niña rica jugando a perderse, ¿verdad? —preguntó él, tomando un trapo para limpiarse las manos.
Lía suspiró, caminando hacia su maleta, que seguía en el suelo. La abrió con lentitud. Encima de la ropa cuidadosamente doblada, había un sobre de cuero desgastado. Lo sacó y se lo extendió a Bruno.
—No soy rica. Pero lo que dejé atrás sí lo es. Mi padre no acepta un "no" por respuesta, Álvarez. Especialmente cuando ese "no" rompe una alianza comercial que lleva planeándose diez años. Me querían vender como una propiedad más de la empresa.
Bruno tomó el sobre y extrajo una fotografía vieja. En ella se veía a una Lía más joven, con el mismo rostro magnético pero con una luz en los ojos que ahora parecía apagada. Estaba junto a un hombre de aspecto severo en un evento de gala.
—Valverde... —repitió Bruno, uniendo los puntos—. El imperio logístico del sur. Si te encuentran, no solo te llevarán de vuelta. Me enterrarán a mí por "secuestrarte".
—Por eso necesito el mapa —dijo ella con urgencia—. Por eso necesito cruzar la frontera. No por el dinero, sino por el aire. Necesito aire que no le pertenezca a él.
Bruno le devolvió la fotografía. Sus ojos se encontraron, y por primera vez, no hubo sarcasmo en los de él, sino una especie de reconocimiento mutuo de dos personas que han sido asfixiadas por las expectativas ajenas.
—Cierra la maleta —dijo él, volviendo a ponerse la chaqueta—. Vamos a ver si el almacén tiene algo de agua embotellada. Necesitamos llenar los bidones antes de salir de aquí.
Caminaron hacia la estructura de madera que crujía bajo el viento seco. La puerta del almacén estaba entreabierta, colgando de una sola bisagra oxidada. Al entrar, el aire se volvió pesado y fresco, cargado de olor a serrín y tiempo detenido. Las estanterías estaban vacías, excepto por algunos botes de conserva oxidados que nadie se atrevería a abrir.
Lía se adelantó hacia la parte trasera, donde una oficina de madera acristalada permanecía intacta. Sobre el escritorio, cubierto por una capa de polvo de años, había algo que no encajaba con el abandono general del pueblo.
—Bruno... mira esto —susurró ella.
Sobre la mesa había un receptor de radio de onda corta, moderno, de esos que usan los militares o los servicios de rescate. Estaba encendido. Una pequeña luz roja parpadeaba rítmicamente en la penumbra. Junto a él, había un cenicero con tres colillas de cigarrillos. Aún olían a tabaco fresco.
Bruno se tensó al instante, su mano derecha bajando de nuevo hacia su cintura, donde Lía intuyó que ocultaba algo más que herramientas.
—El motor de la van... —murmuró Bruno con voz de alarma—. El ruido. Si alguien estaba aquí, nos escuchó llegar hace una hora.
En ese momento, el suelo de madera sobre sus cabezas crujió. Un paso. Luego otro. Lento y deliberado. No estaban solos en Valle Estrellado.