Donde nos alcanzan las estrellas

CAPÍTULO 2: La luz de los náufragos (Parte 3)

Bruno reaccionó con la velocidad de un resorte. Agarró a Lía por el brazo y la empujó suavemente, pero con firmeza, detrás de una columna de madera carcomida por las termitas. Puso un dedo sobre sus labios, exigiéndole un silencio que ella apenas podía mantener; el latido de su corazón era tan fuerte que temía que los tablones del techo lo amplificaran.

—¿Quién anda ahí? —la voz que bajó desde el piso superior no era la de un matón de ciudad. Era una voz cascada, seca como el desierto, pero con un filo de autoridad militar que hizo que Bruno cerrara los ojos un segundo, como si reconociera el fantasma que lo llamaba.

Un hombre apareció en lo alto de la escalera desvencijada. Vestía un poncho raído y sostenía un rifle de caza con la naturalidad de quien sostiene un tenedor. Sus ojos eran dos pozos de sombra bajo un sombrero de ala ancha.

—Baja el arma, Samuel —dijo Bruno, saliendo de las sombras con las manos a la vista, pero manteniendo el cuerpo en una postura que protegía el ángulo donde estaba escondida Lía.

El hombre, Samuel, entornó los ojos. El rifle no bajó ni un milímetro.

—Vaya, vaya. El perro que huyó de la jauría ha vuelto a casa. O al menos a lo que queda de ella.

—Solo estamos de paso. Necesitamos agua y seguir hacia el norte —respondió Bruno. Su voz había recuperado esa dureza de granito, pero Lía notó un temblor casi imperceptible en su mandíbula.

Samuel bajó los escalones lentamente. Sus botas crujían con una cadencia deliberada. Cuando llegó al último peldaño, su mirada se desvió hacia la columna donde estaba Lía.

—¿Y ella? No parece el tipo de compañía que sueles frecuentar, Álvarez. Demasiado... limpia. Demasiado Valverde.

Lía salió de su escondite. No iba a permitir que hablaran de ella como si fuera un bulto en la maleta. Se irguió, dejando que la luz que entraba por las grietas del techo iluminara sus rasgos: esa mirada desafiante y la línea firme de sus labios.

—Me llamo Lía. Y si conoce mi apellido, sabrá que no me gusta que me hagan esperar. Especialmente cuando tengo sed.

Samuel soltó una carcajada ronca que terminó en una tos seca. Bajó el rifle, apoyándolo contra el mostrador de madera.

—Tiene agallas, Bruno. Casi tantas como tú tenías antes de que te volvieras un fantasma.

Bruno no se relajó. Se acercó a Lía y le puso una mano en la espalda, un gesto que ella interpretó como una señal para moverse hacia la salida.

—El radio, Samuel. ¿Para quién estás escuchando? —preguntó Bruno, señalando el aparato que seguía parpadeando en la oficina.

El viejo se encogió de hombros, pero su mirada se volvió sombría.

—Hay mucho ruido en las frecuencias, muchacho. Los hombres de tu antiguo "patrón" están peinando la zona. No buscan a una heredera fugitiva, buscan al hombre que les robó el libro de cuentas y desapareció en una Volkswagen arena.

Lía sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura. Miró a Bruno. Él no la miró a ella. Sus ojos estaban fijos en el horizonte que se veía a través de la puerta abierta.

—Entonces tenemos que irnos. Ya.

—El agua está en el pozo de atrás —dijo Samuel, dándoles la espalda como si ya no le importaran—. Llenen lo que necesiten y lárguense. Si se quedan hasta el anochecer, las estrellas no serán lo único que los alcance.

Caminaron hacia la parte trasera en un silencio asfixiante. Mientras llenaban los bidones de plástico con el agua fresca del pozo, Lía rompió el hielo.

—¿Un libro de cuentas, Bruno? ¿Me dijiste que nadie te buscaba y resulta que eres un ladrón?

Bruno cerró el bidón con un golpe seco. Se giró hacia ella, y la cercanía fue tan súbita que Lía pudo ver las motas doradas en sus ojos oscuros.

—No robé dinero, Lía. Robé pruebas. Pruebas de que el hombre para el que trabajaba estaba usando estos pueblos olvidados para enterrar cosas que nunca deberían salir a la luz.

—Como nosotros —susurró ella.

—Exacto. Como nosotros —concedió él, y por un instante, su mano rozó la mejilla de Lía, limpiando finalmente la mancha de grasa que ella misma se había hecho antes. Fue un toque suave, casi una caricia, que contrastaba con la violencia de sus palabras—. Ahora sube a la van. Si Samuel escuchó por el radio lo que creo que escuchó, el coche negro de anoche era solo la avanzadilla.

Regresaron al vehículo y Bruno arrancó con una furia contenida. Los neumáticos derraparon sobre el ripio, levantando una nube de polvo que ocultó por completo lo que quedaba de Valle Estrellado. Mientras se alejaban, Lía miró por el retrovisor. Samuel seguía allí, una silueta solitaria frente al almacén, observando cómo se perdían en la inmensidad del desierto.

Lía se hundió en su asiento. El mapa físico seguía sobre sus rodillas, pero ahora las líneas parecían más borrosas. Ya no era solo su pasado el que la perseguía; ahora estaba ligada al de un hombre que era mucho más peligroso de lo que ella había imaginado.

—¿A dónde vamos ahora? —preguntó ella, mirando la carretera que se extendía como una cinta interminable frente a ellos.

Bruno cambió de marcha, y la furgoneta ganó velocidad, devorando los kilómetros hacia el norte.

—A un lugar donde las estrellas no tengan nombre, Valverde. A un lugar donde nadie nos encuentre.



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En el texto hay: aventura, amor

Editado: 26.02.2026

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