Donde nos alcanzan las estrellas

CAPÍTULO 3: El refugio de los vientos (Parte 1)

El horizonte ya no era una línea clara, sino un borrón sucio de color ocre que parecía devorar el asfalto. El viento, que antes era un susurro constante, se había convertido en un aullido que sacudía la Volkswagen como si fuera un juguete de hojalata. Bruno mantenía ambas manos en el volante, con los nudillos blancos y la mirada fija en los pocos metros de carretera que la arena le permitía ver.

—Está cerrándose —dijo él, y su voz apenas se escuchaba sobre el estruendo del viento golpeando el chasis—. Si no salimos de la ruta principal en diez minutos, el motor se tragará la arena y nos quedaremos varados en mitad de la nada.

Lía miró por la ventanilla del copiloto. El mundo exterior había desaparecido. Solo quedaba una neblina densa de polvo que golpeaba los cristales con un sonido metálico, como si miles de agujas invisibles intentaran entrar en la cabina.

—El mapa marca una zona de pastoreo a unos cinco kilómetros —gritó ella para hacerse oír, señalando un punto casi borroso en el papel que bailaba sobre sus rodillas—. Hay un símbolo de refugio. Podría ser una cabaña o un corral de piedra.

Bruno asintió, reduciendo la velocidad a un paso de hombre. El calor dentro de la van era sofocante; habían tenido que cerrar todas las ventilaciones para evitar que el polvo los asfixiara. El sudor perillaba en el cuello de Lía, y un mechón de su cabello oscuro se le pegaba a la frente, dándole un aire de vulnerabilidad que contrastaba con la firmeza con la que sostenía el mapa.

—¡Ahí! —exclamó ella, señalando hacia la derecha.

Una silueta oscura se recortaba contra el muro de arena. Bruno dio un volantazo, sintiendo cómo las ruedas luchaban por traccionar en el terreno blando. La furgoneta avanzó dando tumbos hasta que el morro chocó suavemente contra una pared de piedra seca.

—¡Baja! ¡Corre a la puerta! —ordenó Bruno.

Lía no lo pensó. Abrió la puerta y la fuerza del viento casi la arranca de las bisagras. El aire cargado de arena le entró en los pulmones, haciéndola toser violentamente. Se cubrió el rostro con el brazo y corrió hacia la estructura de piedra, sintiendo cómo el suelo desaparecía bajo sus pies. Bruno apareció a su lado un segundo después, cargando dos mantas y un bidón de agua.

Empujaron una puerta de madera pesada que gimió de protesta y se desplomaron en el interior. El silencio súbito fue casi doloroso.

El refugio era poco más que una habitación cuadrada de piedras apiladas, con un techo de paja y barro que goteaba polvo. El suelo era de tierra batida y el único mobiliario era un banco de madera podrida y una chimenea de piedra en un rincón que no había visto fuego en décadas.

Lía se dejó caer contra la pared, intentando recuperar el aliento. Sus ojos, profundos y ahora brillantes por la adrenalina, buscaron los de Bruno en la penumbra. Él estaba de pie junto a la puerta, asegurándola con un travesaño de madera. Estaba cubierto de una fina capa de polvo dorado, lo que hacía que sus rasgos parecieran esculpidos en roca.

—Estamos a salvo del viento —dijo él, aunque su tono no indicaba alivio—. Pero la tormenta puede durar horas. O días.

Lía se sacudió la arena de la ropa, sintiendo el frío que empezaba a calar tras el sofoco del coche.

—Al menos aquí no nos verán desde la carretera. Ni el coche negro, ni los hombres de tu "patrón".

Bruno caminó hacia el centro de la habitación. Se quitó la chaqueta y la dejó sobre el banco, revelando los tatuajes borrosos en sus antebrazos que Lía no había tenido oportunidad de ver de cerca: coordenadas, fechas, y una brújula que apuntaba hacia ninguna parte.

—No cuentes con eso, Valverde —contestó él, arrodillándose frente a la chimenea para inspeccionar si quedaba algo de leña seca—. Samuel dijo que estaban peinando la zona. Una tormenta de arena es el escondite perfecto para alguien que sabe cazar en la oscuridad.

Lía se acercó a él, atraída por la posibilidad de calor. Se sentó en el suelo, cerca de donde él trabajaba.

—¿Por qué me ayudas, Bruno? Podrías haberme dejado en esa estación. Hubieras viajado más rápido solo. Tendrías menos que explicar si te atrapan.

Bruno se detuvo. Tenía un trozo de madera seca en la mano. Se giró para mirarla, y la cercanía en ese espacio tan pequeño se volvió eléctrica. Podía ver el rastro de la grasa que él mismo le había limpiado antes, y la forma en que sus labios temblaban ligeramente, no de miedo, sino de frío.

—Tal vez porque estoy cansado de viajar solo, Lía —dijo con una honestidad que pareció costarle un esfuerzo físico—. O tal vez porque eres la única cosa en esta carretera que no parece una mentira.

Extendió la mano y, con una delicadeza que no encajaba con su apariencia ruda, le apartó el mechón de cabello de la frente. Sus dedos rozaron su piel, y Lía sintió una descarga que le recorrió la espina dorsal. No se apartó. Al contrario, se inclinó imperceptiblemente hacia él, buscando ese calor humano que era lo único que podía combatir la desolación que rugía afuera.

En ese momento, un trueno seco, el sonido de la arena golpeando algo metálico fuera, los hizo saltar. No era el viento. Era el sonido de una puerta de coche cerrándose, no muy lejos de allí.



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En el texto hay: aventura, amor

Editado: 26.02.2026

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