El sonido del portazo metálico fue como un latigazo en la oscuridad. Bruno reaccionó antes de que Lía pudiera soltar el grito que se le agolpaba en la garganta. En un movimiento fluido y depredador, se abalanzó sobre ella, rodeándola con un brazo y presionando su palma contra la boca de la joven. La empujó contra la pared de piedra fría, usando su propio cuerpo como escudo y ancla.
—Ni un suspiro, Valverde —le siseó al oído. Su aliento cálido rozó el lóbulo de la oreja de Lía, mandando una descarga eléctrica que la hizo estremecerse.
Se quedaron petrificados. El único sonido era el aullido del viento filtrándose por las rendijas de la paja y el golpeteo rítmico de la arena contra la piedra. Pero debajo de eso, Lía pudo escucharlo: pasos pesados sobre el ripio, justo al otro lado de la pared. Alguien estaba rodeando el refugio, tanteando la estructura en la ceguera de la tormenta.
La cercanía de Bruno era abrumadora. Lía podía sentir la dureza de su pecho contra sus propios senos, el latido potente de su corazón y el olor a cuero viejo y adrenalina que desprendía. Sus ojos se encontraron en la penumbra. Los de ella estaban dilatados por el terror; los de él eran dos rendijas de acero, fijos en la puerta de madera.
El desconocido forcejeó con la manija exterior. El travesaño de madera que Bruno había colocado crujió, pero aguantó. Hubo una maldición ahogada afuera, una voz masculina que el viento se llevó a medias. Tras unos segundos que parecieron horas, los pasos se alejaron, perdiéndose en el rugido de la arena.
Bruno no la soltó de inmediato. Su mano seguía sobre la boca de Lía, y sus dedos, largos y fuertes, acariciaban inconscientemente el contorno de su mandíbula. Lentamente, bajó la mano, pero no se alejó. Sus rostros estaban a escasos centímetros.
—Se han ido —susurró ella, aunque su voz era apenas un hilo de seda—. Pero volverán cuando aclare.
—Lo sé —respondió él, y su mirada descendió por un segundo a los labios de Lía antes de volver a sus ojos—. Están buscándonos por separado, pero la tormenta los ha obligado a refugiarse en sus propios vehículos. Tenemos un par de horas antes de que la visibilidad vuelva y nos convierta en blancos fáciles.
Bruno se separó finalmente, dándole a Lía el espacio que sus pulmones reclamaban. Se sentó en el suelo de tierra, apoyando los codos en las rodillas. Lía se deslizó por la pared hasta quedar sentada frente a él. La oscuridad del refugio se sentía ahora como un confesionario.
—Dijiste que huías de una alianza comercial —dijo Bruno, rompiendo el silencio—. Pero nadie manda a hombres armados por una simple rabieta de una heredera. ¿Quién es él, Lía?
Lía abrazó sus rodillas, ocultando su rostro por un momento. Cuando levantó la vista, sus rasgos registrados —esa nariz fina y decidida, esos ojos que guardaban galaxias de tristeza— estaban bañados por la mínima luz que entraba por una rendija.
—Se llama Julián Varga —dijo ella, y el nombre pareció amargarle la boca—. Mi padre lo eligió porque es el dueño de la mayor flota de carga aérea del país. La boda era en tres días. Pero Julián... Julián no solo quiere los camiones de mi padre. Quiere el control total. Lo vi, Bruno. Vi cómo trataba a la gente que no podía defenderse. Vi documentos en su despacho que hablaban de "limpieza" de rutas. No es un empresario, es un carnicero con traje de tres piezas.
Bruno tensó los hombros. La mención de Varga pareció resonar en las cicatrices de sus propios nudillos.
—Varga... —repitió él—. He oído ese nombre en los círculos donde yo solía moverme. Es un hombre que no deja cabos sueltos. Si te casabas con él, desaparecías. Si huías, te convertías en una afrenta a su orgullo. Y Julián Varga prefiere una viuda a una desertora.
Lía sintió un nudo en la garganta.
—Por eso no puedo volver. Prefiero que la arena me trague en este refugio a ser su trofeo.
Bruno se inclinó hacia adelante, acortando la distancia de nuevo. Esta vez no era para protegerla de un enemigo externo, sino de sus propios demonios. Tomó la mano de Lía entre las suyas. Sus palmas eran un contraste de seda y lija.
—Nadie va a llevarte de vuelta —prometió él. No era una promesa de caballero andante; era la declaración de un hombre que ya lo había perdido todo y que no tenía miedo de quemar el resto del mundo para proteger lo único que le quedaba de humanidad—. Yo también tengo sangre en las manos, Lía. No soy el héroe de esta historia. Pero soy el que sabe cómo desaparecer.
Lía entrelazó sus dedos con los de él. En la quietud de la tormenta, el deseo que había estado latente desde la estación de servicio comenzó a arder. No era un romance de cuento; era la necesidad visceral de aferrarse a algo vivo mientras todo afuera olía a muerte y olvido.
—Enséñame —susurró ella, acercando su rostro al de él—. Enséñame a desaparecer contigo.
Bruno no respondió con palabras. Su mano subió por el cuello de Lía, su pulgar acariciando el pulso acelerado en su carótida. El viento golpeó la cabaña con una furia renovada, pero dentro, el tiempo se detuvo cuando sus labios finalmente se encontraron en un beso que sabía a ceniza, a miedo y a una esperanza desesperada.