El beso no fue una promesa de amor eterno, sino un pacto de náufragos. Sabía a la sal de la tormenta y al hierro de la desesperación. Cuando Bruno se separó apenas unos milímetros, sus frentes quedaron unidas, y el calor que compartían era lo único que mantenía a raya el frío glacial que empezaba a brotar de las piedras del refugio.
Lía deslizó sus dedos por la sien de Bruno, siguiendo la línea de la cicatriz que nacía cerca de su ojo y se perdía en el nacimiento del cabello. Sus rasgos, que bajo la luz de las estrellas registradas antes parecían inalcanzables, ahora eran tangibles bajo su tacto.
—¿Cómo te hiciste esto? —susurró ella, su voz apenas un aliento en la penumbra.
Bruno cerró los ojos, dejando que la caricia de Lía apaciguara fantasmas que llevaban años gritando.
—Fue en la última entrega que hice para Varga. No era un libro de cuentas lo que querían que protegiera; era un testigo. Alguien que sabía demasiado sobre las fosas en el norte. Cuando me di cuenta de lo que estaba pasando, intenté sacarlo de allí. —Él soltó una risa amarga—. El testigo no sobrevivió. Yo me quedé con este recordatorio de que algunas deudas solo se pagan con la vida.
Lía apretó su mano. La vulnerabilidad de Bruno la golpeó más fuerte que cualquier amenaza externa. Él no era un villano, era un hombre intentando redimirse en un mundo que no perdona los errores.
De pronto, el aullido del viento cesó.
No fue una disminución gradual; fue un corte seco, como si alguien hubiera cerrado una puerta gigante. El silencio que siguió fue absoluto, pesado y más aterrador que el rugido de la arena. Bruno se tensó al instante. Sus sentidos, afinados por meses de huida, detectaron el cambio en la presión del aire.
Se puso en pie con un movimiento fluido y se acercó a la pequeña rendija de la ventana de piedra. Lía lo siguió, manteniendo la respiración contenida.
Afuera, la tormenta de arena se había asentado, dejando un paisaje lunar cubierto de un polvo fino y plateado bajo la luz de una luna que empezaba a asomar entre las nubes dispersas. Pero no estaban solos. A unos doscientos metros, tres pares de linternas potentes barrían el terreno, moviéndose con una cadencia táctica. Eran hombres que sabían cómo buscar.
—Nos han encontrado —dijo Bruno. Su voz era ahora una herramienta de precisión, fría y desprovista de emoción—. Vieron la furgoneta contra la pared del refugio.
—¿Qué hacemos? —Lía sintió que el pánico intentaba subirle por la garganta, pero miró a Bruno y vio su determinación. Se obligó a tragar el miedo.
—Si nos quedamos aquí, nos rodearán en diez minutos. Si intentamos arrancar la van, el motor nos delatará antes de que podamos poner primera. —Él se giró hacia ella y le tomó el rostro con ambas manos. Sus ojos oscuros ardían con una intensidad feroz—. Tenemos que dejarla, Lía.
—¿La van? —ella miró hacia afuera. La Volkswagen era su único refugio, su hogar improvisado, el lugar donde sus mundos habían colisionado—. Es todo lo que tenemos.
—Es un ataúd de metal si nos quedamos en ella. Tenemos que subir por el cerro de piedra. Es terreno escarpado; sus vehículos no podrán seguirnos y las linternas tienen puntos ciegos entre las rocas. Si logramos cruzar la cresta antes del amanecer, hay un antiguo sendero de pastores que lleva hacia la frontera.
Lía asintió. No había otra opción. Agarró su bolso y la pequeña mochila con suministros que Bruno había preparado. Él tomó su chaqueta de cuero y un cuchillo de monte que guardaba bajo el asiento del banco, asegurándolo en su cinturón.
Salieron del refugio por una pequeña abertura trasera, moviéndose como sombras entre las sombras. El aire era gélido y puro tras la tormenta. Cada crujido de la grava bajo sus botas sonaba como una explosión en el silencio de la noche.
Caminaron encorvados, usando las formaciones de piedra como cobertura. Lía sentía el esfuerzo en sus pulmones y el ardor en sus piernas, pero la presencia de Bruno, siempre a un paso de ella, le daba una fuerza que no sabía que poseía.
A mitad de la subida, Lía se detuvo un segundo para mirar hacia atrás. Abajo, en la llanura, las luces de las linternas ya habían llegado a la cabaña. Vio cómo una de las figuras golpeaba la puerta de la van con la culata de un arma.
—No mires atrás —le susurró Bruno, tomándola de la mano y tirando de ella hacia la oscuridad del desfiladero—. El pasado ya no tiene nada para nosotros. Solo queda lo que tenemos delante.
Se adentraron en las entrañas del cerro, dejando atrás la seguridad del motor y el metal, para confiar únicamente en sus instintos y en el calor de sus manos entrelazadas. El Capítulo 1 había sido el encuentro; el Capítulo 2, el reconocimiento; y ahora, en el cierre del Capítulo 3, la huida se volvía total. Ya no eran dos desconocidos compartiendo un viaje; eran dos fugitivos compartiendo un destino.