Donde nos alcanzan las estrellas

CAPÍTULO 4: El filo del amanecer (Parte 1)

El ascenso era un suplicio de piedra suelta y aire escaso. Lía sentía que sus pulmones, acostumbrados al aire viciado de las oficinas de cristal y las cenas de gala, ardían con cada bocanada de oxígeno gélido. Sus botas, elegantes pero poco prácticas para el senderismo extremo, resbalaban en la pizarra, y más de una vez sintió el roce agudo de la roca contra sus palmas al intentar no caer.

Bruno iba delante, marcando un ritmo que rozaba lo inhumano. Se movía con la fluidez de un animal nocturno, deteniéndose cada pocos metros para escuchar el silencio. No usaban linternas. La única guía era el resplandor plateado de una luna que parecía observar su huida con indiferencia cósmica.

—Un poco más, Valverde —susurró Bruno, extendiendo su mano hacia atrás sin girarse.

Lía la tomó. La mano de Bruno estaba helada, pero el agarre era firme, una ancla en medio de la negrura. Al llegar a una pequeña saliente protegida por dos rocas inmensas que formaban una especie de "V", él la detuvo.

—Descansa aquí. Cinco minutos. Si te exiges más, tus músculos se bloquearán y tendré que cargarte, y eso nos hará lentos.

Lía se desplomó contra la piedra, abrazándose las rodillas. Su respiración era un silbido errático en la quietud de la altura. Miró hacia abajo, hacia el valle que acababan de abandonar. A lo lejos, muy lejos, se veían tres puntos de luz blanca moviéndose erráticamente alrededor del refugio de piedra. Parecían hormigas luminosas, pero Lía sabía que eran depredadores con nombres y apellidos.

—¿Crees que subirán a pie? —preguntó ella, intentando controlar el temblor de su mandíbula.

Bruno se agachó a su lado, vigilando el sendero inferior. La luz lunar esculpía sus rasgos registrados con una dureza casi irreal: el pómulo marcado, la nariz recta y esa mirada que siempre parecía estar calculando la distancia hasta la siguiente amenaza.

—No son montañistas, Lía. Son tipos de ciudad con sueldos altos. Esperarán a que aclare para usar drones o pedir refuerzos por radio. Creen que nos tienen acorralados porque no saben que este sendero existe. Samuel no solo me dio agua; me dio una salida que no está en los registros de Varga.

Él sacó una pequeña cantimplora y se la tendió. Lía bebió apenas un sorbo, sintiendo el agua como fuego líquido en su garganta seca. Al devolvérsela, sus dedos se demoraron sobre los de él.

—Bruno... si esto sale mal... —empezó ella, pero él le puso un dedo sobre los labios.

—No va a salir mal. No he llegado tan lejos para dejar que un tipo como Varga gane —su voz bajó de volumen, volviéndose más íntima—. Además, todavía me debes el final de tu historia. Me dijiste por qué huías de él, pero no me has dicho qué es lo primero que harás cuando seas libre.

Lía esbozó una sonrisa triste, una que iluminó sus ojos profundos a pesar del cansancio.

—Nunca he pensado en el "después". Siempre he pensado en el "lejos". Supongo que... buscaré un lugar donde el cielo sea tan grande como este, pero donde no tenga que esconderme para mirarlo. Un lugar donde pueda volver a usar mi nombre sin sentir que le pertenece a una empresa.

Bruno la observó en silencio. Por un instante, la máscara de fugitivo se resquebrajó y Lía pudo ver al hombre que existía antes de las cicatrices y los libros de cuentas robados. Un hombre que también deseaba ese lugar, aunque no se atreviera a nombrarlo.

—Lo encontraremos —dijo él, y por primera vez, no usó el "yo", sino el "nosotros".

Se puso en pie y le ofreció ambas manos para levantarla. El contacto físico, en esa cornisa olvidada de la mano de Dios, se sintió más sólido que cualquier promesa anterior. Pero justo cuando Lía se erguía, un sonido agudo y mecánico cortó el aire. Un zumbido rítmico, persistente, que venía desde el este.

Bruno se tensó. Sus ojos buscaron el cielo.

—Drones —masulló—. Han empezado antes de lo que pensaba. Tienen cámaras térmicas, Lía. Si nos quedamos aquí, nos verán como dos manchas de calor contra el frío de la piedra.

—¿A dónde vamos? —el pánico volvió a asomar, pero esta vez fue sustituido por la adrenalina.

—Hay una cueva de pastores un kilómetro más arriba. Es profunda y tiene depósitos de guano; el olor y el grosor de la roca ocultarán nuestro calor corporal. Pero tenemos que correr.

Agarró la mano de Lía y empezaron a correr por el sendero inclinado, mientras el zumbido metálico del dron se hacía cada vez más fuerte a sus espaldas, como el eco de un futuro que se negaba a dejarlos ir.



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En el texto hay: aventura, amor

Editado: 26.02.2026

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