Donde nos alcanzan las estrellas

CAPÍTULO 4: El filo del amanecer (Parte 2)

El zumbido del dron no era el de un insecto molesto; era un sonido quirúrgico, rítmico, que parecía rebotar en las paredes de granito amplificándose hasta llenar el valle. Bruno tiró de Lía hacia una saliente rocosa, obligándola a pegarse contra la piedra húmeda.

—¡No te muevas! —le siseó él contra el cuello.

Vieron pasar la sombra mecánica sobre sus cabezas. Una luz roja intermitente barría el suelo, buscando el calor de la vida en un mundo de roca muerta. El haz de luz pasó a escasos dos metros de las botas de Lía, iluminando el polvo plateado antes de seguir su camino hacia la cima.

—Tienen sensores infrarrojos —susurró Bruno, y su voz temblaba levemente por la tensión—. Si detectan el calor de nuestra piel contra el frío del entorno, estamos acabados.

Corrieron el último tramo, un esprint desesperado que les quemó los muslos y les dejó el sabor de la sangre en la boca por el esfuerzo. La entrada de la cueva era apenas una grieta vertical, oculta tras una cortina de arbustos secos y espinosos. Bruno entró primero, arrastrando a Lía hacia una oscuridad que olía a tierra antigua, humedad y al amoníaco penetrante del guano de murciélago.

Se adentraron unos diez metros, hasta que la luz de la luna fue solo un recuerdo borroso a sus espaldas. El frío allí dentro era diferente al del exterior; no era un frío de viento, sino un frío de tumba, uno que se metía en los huesos y ralentizaba el corazón.

—Aquí —dijo Bruno, dejando caer las mantas en un rincón donde el techo de roca bajaba hasta casi tocar el suelo—. Tenemos que cubrirnos. Todo.

Lía temblaba tan violentamente que sus dientes castañeteaban con un sonido rítmico. El contraste entre el calor de la carrera y la gélida quietud de la cueva estaba enviando a su cuerpo a un estado de shock.

—Bruno... no puedo... no siento las manos —logró decir, abrazándose a sí misma.

Él no perdió el tiempo con palabras. Extendió una de las mantas térmicas en el suelo y la otra sobre ellos. Se sentó y atrajo a Lía hacia su regazo, envolviéndola con sus brazos y sus piernas, creando un capullo de calor humano en medio del hielo.

—Pégate a mí, Lía. Piel con piel si hace falta. No es momento para el orgullo —ordenó él.

Ella no opuso resistencia. Se hundió en el pecho de Bruno, escondiendo el rostro en el hueco de su cuello. Podía sentir el latido de su corazón, rápido y potente, como un tambor de guerra. Bruno rodeó su espalda con sus manos grandes, frotándola con firmeza para activar la circulación.

Poco a poco, el temblor de Lía empezó a ceder, sustituido por una calidez pesada y sedante. En la penumbra absoluta de la cueva, los sentidos se agudizaron. Lía era consciente de cada detalle registrado de Bruno: la dureza de sus hombros, el roce de su barba contra su frente y esa fragilidad oculta bajo capas de cinismo.

—Dijiste que el testigo no sobrevivió —murmuró Lía, rompiendo el silencio que solo era interrumpido por el goteo de agua lejana—. ¿Quién era, Bruno?

Él guardó silencio durante tanto tiempo que ella pensó que no respondería. Sintió cómo sus músculos se tensaban bajo su tacto.

—Era un chico —dijo finalmente, y su voz sonó como si viniera de un pozo muy profundo—. No tenía más de diecinueve años. Había visto a los hombres de Varga descargar barriles químicos en un acuífero que alimentaba a tres pueblos. Le pagaron para que se callara, pero no pudo vivir con eso. Cuando intentó hablar, me mandaron a "encargarme".

Lía levantó la cabeza, buscando sus ojos en la oscuridad. Sus rostros estaban tan cerca que sus alientos se mezclaban.

—Pero no lo hiciste.

—Intenté sacarlo del país. Estábamos en una carretera como esta, en una van como la nuestra. Pero nos tendieron una emboscada. Él murió en mis brazos mientras yo intentaba tapar el agujero de bala en su pecho con mi propia chaqueta. —Bruno apretó el agarre sobre Lía, como si temiera que ella también pudiera desvanecerse—. Por eso, cuando te vi en esa estación, con esa mirada de animal acorralado... supe que no iba a dejar que esta vez el final fuera el mismo.

Lía sintió una lágrima rebelde rodar por su mejilla. La soledad de Bruno era un espejo de la suya, pero cargada con el peso de la culpa. Se estiró y buscó sus labios, no con la urgencia del deseo de antes, sino con una ternura devastadora. Fue un beso largo, lento, que sabía a perdón y a una promesa silenciosa que ninguno de los dos se atrevía a poner en palabras.

—No eres un asesino, Bruno —susurró ella contra su boca—. Eres el hombre que me mantiene viva.

Él no respondió, pero hundió los dedos en el cabello oscuro de Lía, manteniéndola cerca, como si ella fuera su única conexión con un mundo que todavía valía la pena salvar.

Afuera, el zumbido del dron regresó, pasando justo por encima de la grieta de la cueva. Dentro, bajo la manta y el peso de sus verdades, dos manchas de calor se fundieron en una sola, engañando a la tecnología y al destino por una noche más.



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En el texto hay: aventura, amor

Editado: 26.02.2026

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