Donde nos alcanzan las estrellas

CAPÍTULO 4: El filo del amanecer (Parte 3)

El amanecer no trajo consuelo, sino una claridad despiadada. La luz se filtraba por la grieta de la cueva en láminas doradas que cortaban la penumbra, revelando el polvo en suspensión y el cansancio tallado en los rostros de Lía y Bruno. Él se separó del abrazo con una brusquedad necesaria, el cuerpo ya en alerta máxima antes de que sus ojos se terminaran de abrir.

—Escucha —susurró él, con la mano sobre el muslo de Lía para mantenerla inmóvil.

No era el zumbido del dron. Era el crujido de botas sobre la pizarra seca y el murmullo de una radio de corto alcance. Estaban cerca. Demasiado.

—...sector cuatro despejado. Seguimos hacia la cresta —una voz metálica resonó fuera, a no más de veinte metros.

Lía sintió que el aire se le quedaba atrapado en la garganta. Miró a Bruno. Sus ojos oscuros, esos que ella había aprendido a leer en la oscuridad, estaban fijos en el techo de la cueva. Él no buscaba una salida por donde habían entrado; buscaba una forma de no ser una rata en una trampa.

—Hay una chimenea natural al fondo —dijo él, señalando hacia la oscuridad absoluta de la gruta—. Si logramos subir por ahí, saldremos al otro lado del risco. Pero es estrecho, Lía. Muy estrecho.

—Iré donde tú vayas —respondió ella, y su voz no tembló. La fragilidad de la heredera Valverde se había quedado en la estación de servicio; lo que quedaba era una mujer que prefería morir en la roca que vivir en una jaula de oro.

Se arrastraron hacia el fondo de la cueva, donde las paredes se cerraban sobre ellos. Bruno ayudó a Lía a encajarse en una fisura vertical que ascendía hacia un punto de luz blanca, apenas del tamaño de una moneda. Él la seguía desde abajo, empujándola, sirviéndole de peldaño humano cuando sus fuerzas flaqueaban. El roce del granito contra sus hombros era doloroso, una fricción que amenazaba con arrancarles la piel, pero el sonido de las voces en la entrada de la cueva —ahora claras, ahora amenazantes— les daba el impulso final.

Cuando Lía finalmente emergió a la superficie, el aire puro la golpeó como una bofetada. Estaban en la cima del cerro, en una meseta de piedra barrida por un viento helado. Bruno salió tras ella, jadeando, con la camiseta desgarrada y una nueva herida sangrando en su antebrazo.

Se arrastraron hasta el borde de un precipicio y, desde allí, lo vieron.

A lo lejos, donde la tierra dejaba de ser roja para volverse de un gris ceniciento, una línea recta cortaba el horizonte: la valla de la frontera. Más allá, la libertad. O al menos, el anonimato. Pero entre ellos y esa línea, el terreno era una llanura abierta, sin un solo arbusto donde esconderse.

—Están ahí —dijo Lía, señalando hacia abajo.

Dos todoterrenos negros estaban apostados en la base del cerro, bloqueando el camino principal. Los hombres de Varga no eran estúpidos; sabían que si no estaban en la cueva, tendrían que bajar por la ladera norte.

Bruno miró la distancia que los separaba de la frontera y luego miró a Lía. Sus rasgos registrados —esa boca que él había besado bajo la manta, esa nariz que ahora apuntaba hacia el destino— estaban iluminados por un sol que no perdonaba los errores.

—Lía, escucha bien —la tomó por los hombros, obligándola a mirarlo—. No podemos correr los dos por esa llanura. Nos verán en segundos.

—No —dijo ella, adivinando su pensamiento—. No me pidas que te deje.

—No te pido que me dejes. Te pido que me des diez minutos. Voy a bajar por el flanco este, haciendo ruido, dejándome ver lo justo para que piensen que voy solo y que llevo los documentos. Ellos me quieren a mí más que a ti, Lía. Si los distraigo hacia el este, tendrás un pasillo de sombras por el oeste para llegar a la valla.

—¡Es un suicidio! —Lía le apretó los brazos, sus uñas hundiéndose en su chaqueta de cuero.

—Es la única forma de que uno de los dos llegue —Bruno le dedicó una sonrisa que no llegó a sus ojos, una mueca de despedida y de valor puro—. Además, recuerda lo que te dije: las estrellas son luz de algo que ya murió. Mi pasado ya me alcanzó hace mucho, Lía. Deja que al menos tu futuro tenga una oportunidad.

Le dio un beso rápido, casi violento, en la frente, y antes de que ella pudiera protestar, se deslizó por la ladera este, provocando una pequeña avalancha de piedras para llamar la atención de los rastreadores.

Lía se quedó sola en la cima del cerro. Vio cómo los hombres de abajo se movían, cómo los vehículos arrancaban y las linternas apuntaban hacia la dirección de Bruno. Sintió un desgarro en el pecho que dolió más que cualquier herida física. Tenía diez minutos. Diez minutos para que el sacrificio de Bruno no fuera en vano.

Se puso en pie, se ajustó el bolso y, con las lágrimas secándose en sus mejillas por el viento del desierto, empezó a bajar por el flanco opuesto.



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En el texto hay: aventura, amor

Editado: 26.02.2026

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