Donde nos alcanzan las estrellas

CAPÍTULO 5: El peso del silencio (Parte 1)

El aire en la base del cerro era distinto al de la cima; aquí abajo, el oxígeno pesaba. Lía corría con los pulmones ardiendo, ocultándose tras los matorrales de jarilla y las formaciones de salitre que blanqueaban el suelo como si hubiera nevado fuego. Cada vez que una piedra rodaba bajo su bota, se quedaba inmóvil, con el corazón golpeando sus costillas como un animal enjaulado, esperando el grito de "¡Ahí está!" que terminara con todo.

Pero el grito no llegaba para ella. Llegaba para él.

A lo lejos, hacia el este, escuchó el eco de un disparo. Fue un sonido seco, un latigazo que rasgó el silencio de la mañana. Lía se detuvo en seco, hundiéndose en la sombra de una roca inmensa. Sus dedos se enterraron en la tierra fría.

—No, Bruno... no —susurró, y las lágrimas que había estado conteniendo finalmente trazaron surcos limpios en su rostro manchado de polvo y ceniza.

Desde su posición, vio cómo los dos todoterrenos negros convergían en un punto bajo la ladera. Las luces de freno brillaron como ojos de demonio en la claridad del alba. Vio figuras bajarse, moviéndose con la eficiencia de los lobos que han acorralado a su presa. No hubo más disparos, lo que significaba una sola cosa: Bruno estaba vivo, pero capturado. O herido. O ambas.

Lía miró hacia el oeste. La valla de la frontera estaba allí, a menos de ochocientos metros. Podía ver el brillo del sol reflejado en el alambre de espino y, más allá, una carretera pavimentada que llevaba a una ciudad donde nadie conocía el apellido Valverde. Era la puerta de salida. Era el "lejos" que siempre había buscado.

Dio un paso hacia la valla. Luego otro.

Sus rasgos, esos que Bruno había trazado con la mirada en la cueva, estaban ahora fijos en el horizonte. Pero sus pies se sentían de plomo. Se detuvo de nuevo, mirando sus manos. Todavía podía sentir el calor de las manos de Bruno entrelazadas con las suyas. Podía oler el tabaco y el cuero en su propia ropa.

Si cruzaba esa línea ahora, Julián Varga ganaba. No porque la recuperara a ella, sino porque destruiría lo único que Lía había elegido por voluntad propia en toda su vida: a Bruno Álvarez.

—Maldita sea, Bruno —gruñó entre dientes, y la rabia empezó a sustituir al miedo.

Se sentó en el suelo, ocultándose por completo. Abrió su bolso y sacó el mapa físico de Samuel. Sus manos temblaban, pero su mente empezó a trabajar con una claridad fría. El mapa no solo mostraba rutas; tenía anotaciones a mano, círculos rojos en lugares que Samuel llamaba "puntos ciegos". Uno de esos círculos estaba justo detrás de donde los vehículos de Varga estaban apostados. Era una antigua mina de azufre abandonada, un laberinto de túneles que conectaba la base del cerro con la llanura.

Lía recordó lo que Bruno le dijo: "Eres la única cosa en esta carretera que no parece una mentira".

Si ella huía, se convertía en la mentira más grande de todas. Se convertía en la heredera protegida que deja que otros mueran por ella. Y Lía Valverde ya no era esa mujer.

Cerró el mapa con un golpe seco. Sus ojos, profundos y ahora cargados de una determinación peligrosa, se fijaron en los vehículos negros. Julián Varga pensaba que estaba cazando a una gacela asustada y a un perro callejero. No sabía que la gacela acababa de aprender a morder.



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En el texto hay: aventura, amor

Editado: 26.02.2026

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