Retroceder fue más difícil que avanzar. Cada paso que Lía daba alejándose de la frontera se sentía como una traición a su instinto de supervivencia, pero un acto de fidelidad a su propia alma. Se arrastró por el lecho seco de un arroyo, donde las piedras blancas y el polvo de salitre le servían de camuflaje natural. Sus manos, antes cuidadas y suaves, estaban ahora ennegrecidas por la tierra y los cortes, pero ya no le importaba.
El terreno descendía hacia una hondonada donde la vegetación era un poco más densa, un grupo de espinillos raquíticos que ofrecían una cobertura precaria. Desde allí, a menos de cincuenta metros, la escena se desplegaba ante ella con una nitidez aterradora.
Los dos todoterrenos negros estaban estacionados formando una "V" defensiva. En el centro, arrodillado sobre la grava y con las manos atadas a la espalda, estaba Bruno.
Lía ahogó un sollozo. Bruno tenía la cabeza baja, y un hilo de sangre corría desde su sien —justo sobre la antigua cicatriz— hasta su mandíbula. Su chaqueta de cuero estaba rasgada y su respiración, incluso desde esa distancia, parecía costosa, como si tuviera las costillas rotas. Pero cuando levantó la vista, no había ruego en sus ojos oscuros, solo un desafío gélido dirigido al hombre que estaba de pie frente a él.
Julián Varga era exactamente como Lía lo recordaba, y ese era el problema. Lucía un traje de lino gris impecable que parecía repeler el polvo del desierto, y sus zapatos de cuero brillaban bajo el sol de la mañana. Su rostro era de una simetría perfecta, una máscara de civilización que ocultaba la podredumbre interna. Sostenía un cigarrillo fino entre sus dedos largos, observando a Bruno con la curiosidad de un entomólogo diseccionando un insecto molesto.
—¿Dónde está, Álvarez? —la voz de Varga llegó a oídos de Lía, nítida y desprovista de emoción—. No me hagas perder más tiempo. La paciencia no es una de las virtudes que me llevaron a donde estoy.
Bruno escupió sangre a los pies de Varga. Una sonrisa sangrienta se dibujó en su rostro.
—Se ha ido, Julián. Para cuando tus hombres crucen la valla, ella estará a cien kilómetros de aquí, riéndose de lo poco que valen tus amenazas.
Varga no se inmutó. Le dio una calada al cigarrillo y soltó el humo lentamente, mirando hacia el cerro por donde Lía había escapado.
—Lía es una Valverde. Puede que tenga fuego en la sangre, pero no tiene el estómago para dejar que alguien muera por ella. No es como nosotros, Álvarez. Ella cree en esas cosas sentimentales que tú y yo enterramos hace años.
Varga se inclinó, reduciendo la distancia con Bruno hasta que sus rostros quedaron a pocos centímetros.
—Ella está mirando ahora mismo, ¿verdad? Puedo sentir su miedo desde aquí. Es un aroma dulce, casi embriagador.
Lía se pegó más a la roca, sintiendo que el corazón se le detenía. ¿Podía verla? No, era un juego psicológico. Varga la conocía, sabía cómo manipular su culpa.
—Si no aparece en diez minutos —continuó Varga, volviendo a erguirse y haciendo una señal a uno de sus guardias, un hombre macizo que sostenía una pistola con silenciador—, voy a empezar por tus dedos. Uno por uno. Y grabaremos el sonido para que ella tenga un recuerdo sonoro de su "libertad".
Lía cerró los ojos, apretando los dientes hasta que le dolió la mandíbula. Tenía que hacer algo. Miró a su alrededor, buscando cualquier ventaja. A unos pocos metros de su posición, vio los restos de la vieja mina de azufre que mencionaba el mapa de Samuel. Había una vagoneta oxidada volcada y, lo más importante, varios bidones de combustible que los hombres de Varga habían bajado de uno de los vehículos para aligerar peso durante la persecución.
El plan se formó en su mente de manera instintiva, casi violenta. No tenía armas, pero tenía el desierto y el conocimiento de que Varga, a pesar de toda su sofisticación, odiaba el caos.
Se deslizó hacia los bidones, moviéndose con la agilidad de quien ya no tiene nada que perder. Sus dedos registraron el metal caliente. Estaban llenos. Si lograba crear una distracción lo suficientemente grande, si lograba convertir ese valle en un infierno de humo y ruido, tendría una oportunidad de llegar hasta Bruno.
"No soy una gacela", se repitió a sí misma, recordando el peso del mechero que le había quitado a Bruno antes de separarse en el cerro. "Soy el incendio".