Lía se movió con la precisión de una sombra. Sus manos, que una vez solo habían sostenido copas de cristal y plumas de firma, ahora agarraban con fuerza el asa de un bidón de gasolina de veinte litros. Pesaba, pero la adrenalina hacía que sus músculos se sintieran de hierro. Vertió el líquido inflamable creando un rastro que nacía desde la vieja vagoneta de la mina —llena de maderos secos y residuos de azufre— y terminaba en una grieta profunda de la roca, justo a espaldas del todoterreno más alejado de Varga.
El olor era penetrante, mareante bajo el sol, pero Lía no se detuvo. Sabía que Varga no esperaba un ataque; esperaba una rendición. Y en esa arrogancia residía su única oportunidad.
—¡Lía! —el grito de Varga resonó en la hondonada, cargado de una impaciencia cruel—. ¡Cinco minutos! Álvarez ya ha perdido el primer clavo de su mano. ¿Quieres que siga con el resto?
Lía apretó los dientes hasta que sintió un sabor metálico en la boca. Sacó el mechero de Bruno de su bolsillo. Sus dedos temblaban, no de miedo, sino de una furia gélida que la recorría de pies a cabeza. Accionó la piedra. Una chispa. Dos. A la tercera, la llama bailó ante sus ojos, reflejando ese brillo indomable que Bruno había visto en ella desde el principio.
—Esto es por la libertad, Julián —susurró, y dejó caer el mechero sobre el rastro de gasolina.
El fuego corrió como una serpiente naranja por la tierra, rápido y hambriento. Cuando llegó a la vagoneta, el azufre residual reaccionó con un rugido sordo. Una columna de humo espeso, amarillento y acre empezó a elevarse, envolviendo el campamento de Varga en una niebla tóxica y cegadora.
—¡¿Qué demonios?! —gritó uno de los guardias, cubriéndose el rostro.
El estallido de un neumático del todoterreno, alcanzado por el calor, sonó como un cañonazo. En medio del caos, Lía no corrió hacia la valla. Corrió hacia el centro del infierno.
Se envolvió la boca con el pañuelo que Bruno le había dado en la cueva y se lanzó a través del humo. Sus ojos ardían, pero no perdió de vista la silueta de Bruno, que seguía arrodillado, tosiendo violentamente pero intentando ponerse de pie.
Lía llegó a él como un fantasma surgido de las llamas. Se lanzó al suelo a su lado, sacando el cuchillo de monte que le había quitado a Bruno antes del sacrificio.
—¡Lía! ¡Vete! —logró jadear él, con los ojos inyectados en sangre.
—Ni hablar, Álvarez —respondió ella, cortando las cuerdas de sus muñecas con un movimiento desesperado.
La cuerda cedió. Bruno gimió de dolor cuando la circulación regresó a sus manos entumecidas, pero antes de que pudieran levantarse, una sombra alta y elegante se recortó a través del humo amarillo. Julián Varga estaba allí, con un pañuelo de seda cubriéndose la nariz y una pistola automática apuntando directamente a la cabeza de Lía.
Su traje gris estaba manchado de ceniza, y por primera vez, la máscara de perfección se había roto. Sus ojos ardían con un odio puramente animal.
—Has arruinado un traje muy caro, Lía —dijo Varga, y su voz, aunque amortiguada por el pañuelo, era un siseo letal—. Y has sellado el destino de tu amigo.
—Atrás, Varga —amenazó Bruno, intentando interponerse entre la pistola y Lía, a pesar de que apenas podía mantenerse en pie.
—¿Con qué me vas a detener? ¿Con tus manos rotas? —Varga rió, una carcajada seca y sin alegría—. Se acabó el juego.
En ese momento, el suelo volvió a temblar. El fuego de la vagoneta había alcanzado un depósito de aire comprimido olvidado en la entrada de la mina. La explosión fue masiva, lanzando una onda expansiva que derribó a Varga y arrojó a Lía y Bruno hacia el lecho seco del arroyo.
—¡Ahora! —gritó Lía, agarrando a Bruno por la chaqueta.
No miraron atrás. No esperaron a ver si Varga se levantaba. Se lanzaron por la pendiente del arroyo, usando el humo como cobertura definitiva. Bruno cojeaba, pero la mano de Lía en la suya parecía insuflarle una vida que el dolor intentaba arrebatarle. Corrieron no hacia la frontera, sino hacia el interior del laberinto de cañones que Samuel había marcado en el mapa como "El Paso de las Sombras".
Habían sobrevivido al encuentro, pero Lía sabía que Varga no se detendría. Ahora ya no era solo una cuestión de negocios o de orgullo. Ahora, era una cacería personal.