El Paso de las Sombras hacía honor a su nombre. Era un tajo profundo en la tierra, una cicatriz geológica donde las paredes de roca caliza se alzaban tan alto que el sol apenas lograba tocar el suelo durante una hora al día. El aire allí abajo era rancio, cargado de un polvillo blanco que se pegaba a la garganta y hacía que cada respiración de Bruno fuera un silbido de agonía.
—Un poco más, Bruno. Solo un poco más —susurró Lía, pasando el brazo de él sobre sus hombros.
Él era una masa de músculo y voluntad, pero su cuerpo estaba empezando a rendirse. Cojeaba ostensiblemente y su cabeza caía hacia adelante, rozando el cabello de Lía. La sangre de su sien ya se había secado, creando una costra oscura que le cerraba casi por completo el ojo izquierdo.
—Déjame... aquí —logró articular él, y su voz sonó como grava chocando contra metal—. Vete a la valla, Lía. Todavía... todavía puedes llegar.
Lía se detuvo en seco, obligándolo a mirarla. Sus ojos, profundos y ahora inyectados en una determinación feroz, se clavaron en los de él.
—No he quemado media montaña y desafiado a Julián Varga para dejarte tirado en una zanja, Álvarez. O caminamos los dos, o nos quedamos los dos. Tú eliges.
Bruno soltó una risa que terminó en una tos seca.
—Eres... una mujer testaruda, Valverde.
—Aprendí del mejor.
Siguieron avanzando por el desfiladero hasta que el mapa de Samuel indicó una abertura casi invisible tras una cascada de piedras secas. Era la entrada a una cueva de sal. Al entrar, el ambiente cambió drásticamente. Las paredes brillaban con un resplandor blanquecino, casi fantasmal, y el suelo estaba cubierto de cristales que crujían bajo sus botas como cristales rotos. El aire era gélido, pero extrañamente puro.
Lía ayudó a Bruno a sentarse contra una pared de sal cristalizada. Él soltó un gruñido de dolor que resonó en la bóveda natural. Ella no perdió tiempo. Abrió la mochila de suministros que Bruno había rescatado de la van antes de la tormenta y que ella había recuperado del suelo durante el caos.
—Tengo que ver esas heridas —dijo ella, arrodillándose entre sus piernas.
Le quitó la chaqueta de cuero con cuidado. La camiseta negra de abajo estaba empapada en sangre en el costado derecho. Al levantarla, Lía contuvo el aliento. No era un agujero de bala, gracias a Dios, pero tenía un corte profundo y limpio, probablemente de un fragmento de metal de la explosión o de un roce con un arma blanca durante la captura.
—Está feo —comentó Bruno, observando su propio costado con una indiferencia que a Lía le resultaba aterradora—. Necesito que lo limpies. Hay alcohol en el botiquín... y aguja.
Lía buscó el pequeño neceser médico. Sus manos, que antes temblaban por el frío, ahora estaban extrañamente quietas. El miedo se había transformado en una fría competencia.
—Va a doler —advirtió ella, destapando la botella de alcohol isopropílico.
—He tenido dolores peores, Lía. El problema no es el corte. El problema es que Varga no va a esperar a que cicatrice. Sus lobos ya deben estar olfateando el rastro de azufre que dejamos en el arroyo.
Lía vertió el líquido sobre la herida. Bruno apretó los dientes de tal forma que sus músculos del cuello se marcaron como cuerdas de piano, pero no emitió ni un solo sonido. Sus dedos se enterraron en el suelo de sal, triturando los cristales hasta convertirlos en polvo.
—¿Por qué Varga te odia tanto? —preguntó Lía, intentando distraerlo mientras empezaba a limpiar la zona con una gasa—. No es solo por el libro de cuentas. Hay algo personal en la forma en que te miraba.
Bruno abrió su ojo derecho y la miró fijamente. La luz de la sal le daba un aire místico a su rostro herido.
—Porque yo era su mejor herramienta, Lía. Y las herramientas no deben tener conciencia. Cuando me fui, no solo me llevé sus secretos; me llevé su invulnerabilidad. Él cree que si me mata, recupera el control de su propia leyenda.
Lía se detuvo un segundo, con la aguja ya enhebrada en la mano.
—Él no va a matarte, Bruno. Porque esta vez, la herramienta no está sola.