Donde nos alcanzan las estrellas

CAPÍTULO 6: Territorio de lobos (Parte 2)

El silencio en la cueva de sal era denso, interrumpido solo por el goteo rítmico de una filtración lejana y la respiración entrecortada de Bruno. Lía sostuvo la aguja de sutura con una mano que no reconocía como propia; era la mano de alguien que ya no temía a la sangre, sino a la pérdida.

—Hazlo de una vez, Valverde —gruñó Bruno. Su piel estaba pálida, bañada en un sudor frío que hacía que los cristales de sal se pegaran a su torso como diamantes triturados.

Lía se inclinó sobre él. El espacio era tan reducido que podía sentir el calor febril que emanaba de su herida. Introdujo la aguja. El músculo de Bruno se contrajo violentamente, un espasmo de puro instinto, y sus dedos se hundieron en el hombro de Lía con una fuerza que le dejó marcas, pero ella no se movió.

—Mírame, Bruno. Mírame a los ojos —le ordenó ella con una voz que no admitía réplicas.

Él levantó la vista. Sus pupilas estaban dilatadas, oscuras como el fondo de un pozo. Lía dio el primer punto, luego el segundo. El sudor le resbalaba por la frente a ella también, mezclándose con el polvo de la cueva. Cada vez que la aguja atravesaba la piel, Bruno soltaba un aire caliente y sibilante contra su cuello.

—Elena... —murmuró él de repente. Su voz ya no era la del hombre duro de la carretera, sino la de un niño perdido en la niebla—. Elena, no cierres los ojos. Todavía no.

Lía se quedó paralizada con el hilo a medio tensar. ¿Elena? El nombre flotó en el aire frío de la cueva como un fantasma. Bruno cerró los ojos y su cabeza cayó pesadamente contra la pared de sal. Estaba entrando en ese estado de duermevela que precede al shock o a la fiebre alta.

—Bruno, soy Lía. Quédate conmigo —le dio un pequeño golpe en la mejilla, pero él seguía en otro lugar, en otra época.

—Le dije que la sacaría —continuó él, delirando mientras Lía terminaba el cuarto punto con manos frenéticas—. Varga... él no se detiene, Elena. Las flores de azufre... huelen a muerte.

Lía terminó la sutura y cortó el hilo con los dientes, un gesto salvaje que nació de la pura necesidad. Limpió la zona con lo último que quedaba de antiséptico y cubrió la herida con una gasa limpia. Se sentó a su lado, dejando que él apoyara la cabeza en su regazo. Le acarició el cabello revuelto, tratando de bajar la temperatura de su piel con sus manos frías.

¿Quién era Elena? ¿La hermana que no pudo salvar? ¿La mujer que amó antes de que el mundo se volviera cenizas? Lía sintió una punzada de algo que se parecía a los celos, pero que en realidad era una compasión devastadora. Bruno no solo cargaba con su propia vida; cargaba con un cementerio entero a sus espaldas.

De pronto, un sonido cortó el aire estático de la cueva.

No era el viento. Era el rugido agudo y metálico de motores de dos tiempos. Motos de cross.

—Maldita sea —susurró Lía, poniéndose en alerta.

Se arrastró hacia la entrada de la cueva, ocultándose tras una saliente de cristal. Abajo, en el fondo del cañón de sal, vio las luces de dos motocicletas que se movían con una agilidad diabólica sobre el terreno irregular. Los conductores vestían equipos tácticos oscuros y cascos integrales que los hacían parecer insectos gigantes. No eran los hombres de traje de Varga; eran sus rastreadores de élite, los que Samuel llamaba "los lobos de la arena".

Se movían en círculos, olfateando el aire, deteniéndose justo donde el rastro de azufre y sangre que habían dejado al entrar se volvía más evidente bajo la luz de sus potentes focos.

Lía regresó al lado de Bruno. Él había abierto los ojos, la lucidez regresando a ellos con una violencia dolorosa. El nombre de "Elena" se había evaporado, sustituido por el instinto de supervivencia que lo mantenía vivo.

—Están aquí —dijo él, intentando incorporarse. Soltó un quejido cuando los puntos tiraron de su piel—. Dame... dame el cuchillo.

—No puedes ni mantenerte en pie, Bruno. No vamos a pelear contra dos motos y armas automáticas en este estado.

—Entonces tenemos que irnos por el fondo —señaló él hacia la oscuridad absoluta de la cueva de sal—. Samuel dijo que estas cuevas son un queso suizo. Hay una salida que da directamente a las Salinas Grandes. Si llegamos allí antes que el sol, el reflejo de la sal cegará sus drones.

Lía lo ayudó a levantarse. Bruno se tambaleó, apoyándose pesadamente en ella. El dolor era evidente en cada una de sus facciones, pero su mandíbula estaba tan tensa que parecía hecha de la misma piedra que los rodeaba.

—¿Quién es Elena? —preguntó Lía mientras empezaban a caminar hacia la negrura total.

Bruno se detuvo un segundo. La miró a los ojos, y por un instante, la dureza desapareció, dejando ver la herida abierta en su alma.

—Elena era mi hija, Lía. Y Varga no solo se llevó su vida. Se llevó la razón por la que yo creía que este mundo merecía un final feliz.



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En el texto hay: aventura, amor

Editado: 26.02.2026

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