El nombre de Elena quedó vibrando en las paredes de sal, una confesión que pesaba más que la propia montaña sobre los hombros de Bruno. Lía no hizo más preguntas; el dolor en los ojos de él era una respuesta suficiente y devastadora. Le apretó la mano con fuerza, un ancla en medio de la oscuridad que empezaba a tragárselos conforme se internaban en las profundidades de la cueva.
—Camina —susurró Bruno, con la voz quebrada por el esfuerzo—. Si nos quedamos quietos, el frío nos matará antes que sus balas.
Avanzaron a tientas. La linterna de Lía emitía un haz mortecino, revelando formaciones caprichosas de sal que colgaban del techo como colmillos de cristal. Detrás de ellos, el eco de las botas de los rastreadores contra el suelo cristalino empezó a rebotar en los túneles. No gritaban; se movían con la eficiencia silenciosa de quienes saben que su presa no tiene a dónde ir.
—Están en la cámara principal —masulló Bruno, deteniéndose para recuperar el aliento. Sus dedos buscaron la pared de sal para no desplomarse—. Lía... no vamos a llegar al fondo a este paso.
Lía miró hacia atrás. El resplandor de las linternas tácticas de los rastreadores ya empezaba a lamer las paredes del túnel que acababan de abandonar. Su mente, acelerada por el miedo y la adrenalina, buscó una salida en los rasgos del entorno. Vio un gran bloque de cristal de sal, casi transparente y del tamaño de un escudo, que se proyectaba desde una de las fisuras.
—Dame la linterna —le dijo ella a Bruno, con una chispa de ingenio iluminando sus ojos profundos.
—¿Qué vas a hacer?
—Dales algo que perseguir.
Lía colocó la linterna encendida detrás del bloque de sal, orientándola hacia un túnel lateral que no llevaba a ninguna parte, sino a una grieta sin salida. El cristal actuó como un prisma, multiplicando la luz y proyectando sombras que parecían figuras en movimiento hacia el fondo del callejón. Luego, agarró a Bruno y lo arrastró hacia una pequeña oquedad en la pared opuesta, cubriéndolos a ambos con la manta térmica, del lado oscuro hacia afuera.
Se quedaron inmóviles. El cuerpo de Bruno, ardiendo por la fiebre, era lo único que mantenía a Lía caliente. Sintió el metal frío del cuchillo que él sostenía en su mano derecha, listo para un final que esperaba no tener que ver.
Dos rastreadores pasaron a menos de tres metros de su escondite. Eran sombras mecánicas, con visores nocturnos y fusiles de asalto. Se detuvieron frente al reflejo del cristal.
—¡Ahí! ¡Hacia el sector B! —gritó uno de ellos por el comunicador, señalando el túnel falso donde la luz de Lía seguía bailando.
Los hombres corrieron hacia la trampa, sus pasos alejándose rápidamente. Lía esperó diez segundos antes de soltar el aire que tenía atrapado en los pulmones.
—Ahora —dijo, ayudando a Bruno a levantarse—. Corramos mientras buscan fantasmas.
El túnel final se estrechó hasta que tuvieron que avanzar de lado, con el pecho rozando la sal áspera que les desgarraba la ropa. Bruno soltó un gruñido ahogado cuando su herida chocó contra una saliente, pero no se detuvo. Finalmente, el aire cambió. Ya no olía a encierro y amoníaco, sino a una pureza absoluta y mineral.
Salieron de la grieta y se desplomaron sobre el suelo. Pero no era tierra. Era una costra blanca, infinita y dura como el mármol.
Habían llegado a las Salinas Grandes.
Frente a ellos, el mundo se había vuelto plano. Bajo la luz de la luna, el desierto de sal se extendía como un mar congelado de un blanco cegador que hería la vista. No había árboles, ni rocas, ni sombras. Solo una inmensidad plateada que parecía el fin del mundo.
—Es... increíble —susurró Lía, ayudando a Bruno a ponerse de pie.
—Es una trampa de cristal, Lía —respondió él, mirando hacia el horizonte donde el cielo y la sal se fundían en una línea perfecta—. En este lugar no hay dónde esconderse cuando salga el sol. Si los hombres de Varga nos ven aquí fuera, seremos como manchas de tinta en un papel blanco.
Bruno miró a Lía. Sus rasgos —esa nariz decidida y sus ojos llenos de una luz nueva— eran lo único real en medio de ese vacío níveo. Por un instante, la presencia de la muerte que los acechaba pareció menos pesada que la conexión que los unía.
—Tenemos que cruzar —sentenció Bruno—. El paso fronterizo de Sico está al otro lado. Si logramos llegar antes del mediodía, el reflejo de la sal quemará las cámaras térmicas de sus drones.
Se adentraron en la blancura infinita, dos náufragos caminando sobre un espejo de sal, dejando atrás el refugio de las sombras para enfrentarse a la luz más peligrosa de todas.