El blanco no era un color; era un ataque. A las diez de la mañana, las Salinas Grandes se habían transformado en un espejo cóncavo que atrapaba la luz del sol y la lanzaba de vuelta con una saña eléctrica. Lía caminaba con los ojos entrecerrados, protegiéndose con el antebrazo, sintiendo cómo los cristales de sal crujían bajo sus botas con un sonido seco, como si estuviera pisando huesos triturados.
A su lado, Bruno era una sombra que se desvanecía. La fiebre de la infección, alimentada por el esfuerzo y la deshidratación, estaba empezando a cobrarle factura. Sus pasos eran erráticos, y su piel, antes curtida por el clima, ahora tenía una palidez traslúcida que asustaba a Lía.
—Bebe un poco —le ordenó ella, deteniéndolo y pasándole la cantimplora. Solo quedaba un cuarto de litro. El agua estaba caliente y sabía a plástico, pero era lo único que los mantenía unidos a la vida.
Bruno bebió con avidez, dejando que unas gotas rodaran por su barba descuidada. Sus ojos oscuros, inyectados en sangre, recorrieron el horizonte infinito.
—El aire... vibra —masulló él, señalando hacia el norte—. No sé si es el calor o si son ellos.
Lía miró en la misma dirección. Sobre la superficie nívea, el calor creaba ondas que hacían que el cielo y la sal se fundieran. De repente, una mancha oscura apareció en la distancia. Luego otra. No eran espejismos. Eran los todoterrenos de Varga, moviéndose en paralelo, barriendo la llanura de sal como si fueran barcos en un océano blanco.
—Nos han visto —dijo Lía, y su voz sonó pequeña en medio de tanta inmensidad.
—Todavía no —replicó Bruno, recuperando un destello de su antigua lucidez—. El reflejo es demasiado fuerte a esta hora. Ven manchas, no personas. Pero si nos quedamos de pie, somos blancos de tiro. ¡Abajo!
Se desplomaron sobre la costra de sal, que estaba tan caliente que quemaba a través de la ropa. Lía sintió el sabor mineral en sus labios. Estaban en el centro exacto de la nada. Sin rocas, sin árboles, sin sombras. Solo ellos y un enemigo que tenía tecnología y combustible de sobra.
—Bruno, si nos encuentran aquí... —Lía se interrumpió, mirando la herida de su costado. La gasa estaba manchada de un suero amarillento. La infección estaba ganando.
—Escúchame, Valverde —Bruno la tomó de la mano, y sus dedos estaban ardiendo—. El mapa de Samuel... hay un "ojo de mar" a unos quinientos metros de aquí. Son pozos naturales de agua hipersalina, muy profundos. Si logramos llegar, podemos meternos en la cavidad de la orilla. El agua fría bajará mi fiebre y la estructura del pozo nos ocultará de sus radares térmicos.
Lía asintió, aunque sabía que caminar quinientos metros bajo el fuego del sol y con los vehículos acercándose era una misión suicida.
—Vamos —dijo ella, ayudándolo a incorporarse.
Empezaron a avanzar a gatas, arrastrándose sobre la sal áspera que les lijaba las rodillas y los codos. El dolor era constante, una nota aguda en medio del silencio del desierto. Lía miraba hacia atrás cada pocos segundos. Los vehículos de Varga habían acelerado. Podía escuchar el rugido de los motores V8 rompiendo la paz mineral de las salinas.
De pronto, un destello metálico brilló en el techo de uno de los todoterrenos.
—¡Francotirador! —gritó Bruno, empujando a Lía hacia el suelo justo cuando un proyectil impactaba en la sal a pocos centímetros de su cabeza, levantando una nube de polvo blanco.
El sonido del disparo llegó un segundo después, un trueno seco que rodó por la llanura. El juego de sombras se había acabado. Varga ya no quería capturarlos; quería borrarlos del mapa.
Lía sintió que el pánico le cerraba la garganta, pero entonces miró a Bruno. A pesar del dolor y la fiebre, él estaba sonriendo. Una sonrisa salvaje, de alguien que ya ha estado en el infierno y conoce todos sus rincones.
—Bienvenido al baile, Julián —susurró Bruno, sacando el cuchillo y clavándolo en la sal para impulsarse hacia adelante—. ¡Corre, Lía! ¡Corre hacia el azul!