Correr sobre las Salinas Grandes bajo fuego era como intentar escapar de un incendio en un salón de espejos. Cada paso de Lía levantaba una nube de cristales que brillaban como diamantes antes de volver a caer. A sus espaldas, el estruendo de los disparos era rítmico, metódico. El tirador no buscaba matarlos de inmediato; estaba arreándolos como ganado, obligándolos a gastar sus últimas energías en una carrera desesperada hacia ninguna parte.
—¡Ahí! —gritó Bruno, señalando una mancha de un azul cobalto que rompía la monotonía blanca.
Era el Ojo de Mar. Un pozo circular perfecto, de unos diez metros de diámetro, donde la costra de sal se hundía en un abismo de agua hipersalina que conectaba con acuíferos subterráneos. El agua estaba tan quieta que parecía un cristal sólido.
Llegaron al borde justo cuando una bala impactaba en la sal a milímetros del talón de Bruno, lanzando esquirlas que le cortaron el tobillo. Se deslizaron por la pendiente resbaladiza de la orilla, cayendo al agua con un impacto que les robó el aliento.
El frío fue un choque eléctrico. El agua saturada de sal era densa, pesada, y envolvía sus cuerpos como una mortaja de hielo. Lía sintió que sus pulmones se contraían violentamente, pero Bruno la agarró del brazo y la arrastró hacia el saliente inferior, una cavidad socavada por la erosión justo debajo de la costra de sal de la superficie.
—No... te muevas —jadeó Bruno. Sus labios estaban volviéndose azules en cuestión de segundos, pero la fiebre que antes lo consumía parecía haberse congelado bajo el impacto del agua.
Se quedaron sumergidos hasta el pecho, ocultos por la visera de sal que sobresalía del pozo. Arriba, el rugido de los motores se detuvo. El silencio que siguió fue más pesado que el frío.
Lía cerró los ojos, apoyando la espalda contra la pared de roca y sal húmeda. Podía escuchar el goteo constante del agua volviendo al pozo desde sus ropas empapadas. Y entonces, escuchó el sonido que más temía.
Crunch. Crunch. Crunch.
Botas de cuero caro caminando sobre la sal, justo encima de sus cabezas.
Julián Varga se detuvo en el borde del Ojo de Mar. Lía podía ver la sombra de su figura proyectada sobre el agua azul profundo frente a ella. Si Varga se asomaba solo un poco más, los vería.
—Sé que están aquí —la voz de Varga bajó como un veneno sutil, rebotando en las paredes del pozo—. Puedo oler el miedo mezclado con la sal, Lía. Es una combinación fascinante.
Lía sintió que Bruno tensaba el brazo. Su mano derecha, sumergida bajo el agua, sostenía el cuchillo de monte con un agarre que hacía que sus nudillos blancos resaltaran en la penumbra. Ella le puso una mano sobre el pecho, sintiendo el latido errático de su corazón. Negó con la cabeza, una orden silenciosa: todavía no.
—Álvarez —continuó Varga, y se escuchó el clic metálico de un encendedor—. Siempre fuiste un hombre de gestos inútiles. ¿Crees que salvarla compensa lo que hiciste en el norte? No hay redención en el desierto, solo hay supervivencia. Y tú ya has gastado todas tus vidas.
Un pequeño objeto cayó desde arriba, impactando en el centro del pozo con un chapoteo suave. Era la colilla del cigarrillo de Varga. Lía observó cómo se hundía lentamente en el abismo azul, deshaciéndose en la densidad del agua.
—Tienen dos opciones —sentenció Varga—. Salir ahora y morir con algo de dignidad, o quedarse ahí hasta que el frío les detenga el corazón. Me sentaré a esperar. Me gusta ver cómo el blanco lo consume todo al final.
Varga se alejó unos pasos, pero Lía sabía que no se había ido. Podía imaginarlo sentado en el capó de su todoterreno, bajo una sombrilla, observando el pozo como un pescador paciente.
El frío empezó a pasar de ser un pinchazo a ser un entumecimiento peligroso. Lía miró a Bruno. Sus ojos estaban empezando a cerrarse. La hipotermia estaba haciendo lo que las balas no pudieron.
—Bruno... mírame —susurró ella, pegando su rostro al de él para compartir el poco calor que les quedaba—. No te atrevas a dejarme sola ahora.
—El agua... es pesada —murmuró él, su voz apenas un susurro—. Siento que... me arrastra hacia abajo.
Lía lo abrazó con todas sus fuerzas, sintiendo cómo la sal del agua empezaba a cristalizarse en sus pestañas. Estaban atrapados entre un verdugo que los esperaba arriba y un abismo helado que los reclamaba abajo. Pero en medio de esa desesperación, Lía sintió algo en el fondo del pozo, una corriente suave que movía sus pies.
No era agua estancada. Había una salida.