El frío ya no dolía; ahora era una quemadura sorda que adormecía los pensamientos de Lía. Miró hacia abajo, a la oscuridad insondable del Ojo de Mar, y luego a la silueta de Bruno, cuya cabeza empezaba a caer hacia el pecho. Sus ojos, antes dos ascuas de rabia, estaban velados por una neblina de agotamiento.
—Bruno... hay una corriente —le susurró al oído, agitando el agua con las piernas—. Siento que el agua se mueve hacia esa grieta. Tiene que haber una conexión con el pozo de al lado.
Él levantó la vista con un esfuerzo agónico. Sus labios estaban de un color violáceo terrorífico.
—Es... es un sifón, Lía. Si nos metemos ahí y no hay salida... moriremos ahogados en sal.
—Si nos quedamos aquí, Varga nos verá en cuanto el sol baje un poco más. O moriremos congelados. —Lía le tomó el rostro con sus manos entumecidas—. Confía en mí. Una vez más. Solo una.
Bruno asintió débilmente. No tenía fuerzas para discutir, solo para dejarse guiar por la mujer que había transformado su desierto en una batalla compartida.
Lía tomó una bocanada de aire, llenando sus pulmones hasta que le dolió el pecho. Agarró a Bruno por la chaqueta de cuero y, con un impulso desesperado, se sumergió en el abismo azul.
El mundo desapareció. El agua hipersalina era tan densa que se sentía como nadar en mercurio líquido. La sal le quemaba los ojos y la nariz, pero Lía mantuvo los párpados abiertos, buscando el rastro de la corriente. Vio una abertura estrecha, una boca de roca y sal que succionaba el agua hacia la oscuridad.
Se lanzaron al túnel. El espacio era claustrofóbico; las paredes de sal áspera les rozaban los hombros, desgarrando lo que quedaba de sus ropas. Bruno luchaba por moverse, sus movimientos eran espasmódicos, una lucha ciega contra la densidad del agua que quería hundirlos. Lía sentía que sus pulmones iban a estallar. El deseo de abrir la boca y dejar entrar el agua era una tentación casi insoportable.
Un segundo más. Solo un segundo más, se repetía mentalmente, mientras sus dedos buscaban un agarre en la roca resbaladiza.
De repente, la oscuridad se rompió. Un haz de luz plateada descendió desde arriba. Lía pateó con sus últimas fuerzas, arrastrando el cuerpo pesado de Bruno hacia la superficie. Emergieron en un pequeño pozo secundario, a unos treinta metros del principal, oculto tras una duna de sal que se alzaba como una muralla natural.
Lía arrastró a Bruno hacia la orilla, saliendo del agua con un gemido de puro agotamiento. Se desplomaron sobre la sal seca, jadeando, escupiendo agua amarga y sintiendo cómo el sol, que antes era su enemigo, ahora empezaba a evaporar la humedad de sus cuerpos, dejando una costra blanca de cristales sobre su piel.
—Lo... lo hicimos —logró decir Lía, tiritando de forma incontrolable.
Se asomó con cautela por encima de la cresta de la duna. A lo lejos, vio el todoterreno de Varga estacionado frente al primer pozo. Julián seguía allí, una figura pequeña y arrogante, vigilando un espejo de agua que ya no contenía a nadie. Él pensaba que el tiempo jugaba a su favor, sin saber que sus presas habían escapado por las venas de la tierra.
Bruno se incorporó lentamente, apoyándose en sus brazos. La costra de sal cubría su herida, actuando como un cauterio natural, pero su rostro seguía siendo una máscara de dolor. Miró a Lía, y por primera vez en todo el viaje, no hubo rastro de duda en su mirada.
—Varga ha cometido un error —dijo Bruno, y su voz recuperó un filo de acero que hizo que Lía se estremeciera—. Se ha quedado quieto. Y en este desierto, el que se queda quieto, muere.
Lía le devolvió la mirada. Estaban cubiertos de sal, heridos y sin vehículo, pero el equilibrio de poder había cambiado. Ya no estaban huyendo. Estaban esperando el momento de devolver el golpe.
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó ella.
Bruno señaló hacia el sur, donde el mapa de Samuel indicaba la ubicación de un antiguo depósito de herramientas de la mina.
—Vamos a buscar algo más que un mapa, Valverde. Vamos a buscar una forma de que Varga nunca salga de estas salinas.